
Déjame pasar la vida, Madre mía, acompañando tu soledad amarga y tu dolor profundo.
Déjame sentir en el alma el triste llanto de tus ojos y el desamparo de tu corazón.
No quiero en el camino de mi vida saborear las alegrías de Belén. Adorando en tus brazos virginales el Niño Dios.
No quiero gozar en la casita de Nazaret de la amable presencia de Jesucristo.
No quiero acompañarte en tu Asunción gloriosa entre coros de ángeles.
Quiero en mi vida las burlas y mofas del calvario;
quiero la agonía lenta de tu Hijo;
el desprecio, la ignominia, la infamia de la Cruz; quiero estar a tu lado,
Virgen dolorosísima, fortaleciendo mi espíritu con tus lágrimas, consumando mi sacrificio con tu martirio, sosteniendo mi corazón con tu soledad, amando a mi Dios y tu Dios con la inmolación de mi ser. Amen.
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