sábado, enero 13, 2007

IGNACIO LARRAÑAGA

Lección -3- 13/01/2007

III. Modalidades

Lectura rezada
Se toma una oración escrita, por ejemplo un salmo u otra oración cualquiera. Atención, pues; no se trata de leer un capítulo de la Biblia o un tema de reflexión, sino de una oración.
Tomar posición exterior y actitud interior orantes.
Sosegarse e invocar al Espíritu Santo.
Comienza a leer despacio la oración.
Muy despacio. Al leerla, trata de vivenciar lo que lees.
Quiero decir, trata de asumir aquello, decirlo con toda el alma, haciendo tuyas las frases leídas, identificando tu atención con el contenido o significado de las frases.
Si te encuentras con una expresión que "te dice" mucho, parar ahí mismo.
Repetirla muchas veces, uniéndote mediante ella al Señor, hasta agotar la riqueza de la frase, o hasta que su contenido inunde tu alma.
Piensa que Dios es como la Otra Orilla; para ligarnos con esa Orilla no necesitamos de muchos puentes; basta un solo puente, una sola frase para mantenernos enlazados.
Si no sucede esto, proseguir leyendo muy despacio, asumiendo y cordializando el significado de lo que lees.
Parar de vez en cuando. Volver atrás para repetir y revivir las expresiones más significantes.
Si en un momento dado te parece que puedes abandonar el apoyo de la lectura, deja a un lado la oración escrita y permite al Espíritu Santo manifestarse dentro de ti con expresiones espontáneas e inspiradas.
Esta modalidad, fácil y eficaz siempre, ayuda de manera particular para dar los primeros pasos, para las épocas de sequedad o aridez, o simplemente en los días en que a uno no le sale nada por la dispersión mental o la agitación de la vida.

2. Lectura meditada

Es necesario escoger un libro cuidadosamente seleccionado, que no disperse sino que concentre, y de preferencia absoluta la Biblia.
Es conveniente tener conocimiento personal sobre ella sabiendo dónde están los temas que a ti te dicen mucho; por ejemplo, sobre la consolación, la esperanza, la paciencia... para escoger aquella materia que tu alma necesita en ese día.
También se puede seguir el orden litúrgico, mediante los textos que la liturgia señala para cada día.
En principio, no es recomendable el sistema de abrir al azar la Biblia, aunque sí alguna vez. En todo caso, es conveniente saber, antes de iniciar la lectura meditada, qué temas vas a meditar y en qué capítulo de la Biblia.
Toma la posición adecuada.
Pide la asistencia al Espíritu Santo y sosiégate.
Comienza a leer despacio, muy despacio. En cuanto leas, trata de entender lo leído: el significado directo de la frase, su contexto y la intención del autor sagrado.
Aquí está la diferencia entre la lectura rezada y la lectura meditada: en la lectura rezada se asume y se vive lo leído (fundamentalmente es tarea del corazón) y en la lectura meditada se trata de entender lo leído (actividad intelectual, principalmente, en que se manejan conceptos explicitándolos, aplicándolos, confrontándolos para profundizar en la vida divina, formar criterios de vida, juicios de valor, en suma, una mentalidad cristiana). Sigue leyendo despacio, entendiendo lo que lees. Si aparece alguna idea que te llama fuertemente la atención, para ahí mismo; cierra el libro; da muchas vueltas en tu mente a esa idea, ponderándola; aplícala a tu vida; saca conclusiones.
Si no sucede esto (o después que sucedió), continúa con una lectura reposada, concentrada, tranquila. Si aparece un párrafo que no entiendes, vuelve atrás; haz una amplia relectura para colocarte en el contexto; y trata de entenderlo en éste. Prosigue leyendo lenta y atentamente.
Si en un momento dado se conmueve tu corazón y sientes ganas de alabar, agradecer, suplicar... hazlo libremente. Si no sucede esto, prosigue leyendo lentamente, entendiendo y ponderando lo que lees. Es normal y conveniente que la lectura meditada acabe en oración. Procura, también tú, hacerlo así. Es de desear que la lectura meditada se concretice en criterios prácticos de vida, para ser aplicados en el programa del día.
Es de aconsejar absolutamente que durante la meditación se tenga siempre en la mano un libro, sobre todo la Biblia. De otra manera se pierde mucho tiempo. No es necesario leer todo el rato.
Santa Teresa, durante catorce años, era una nulidad para meditar, si no tenía libro en mano.

3. Pequeña pedagogía para meditar y vivir la Palabra

Hacer una lectura lenta, muy lenta, con pausas frecuentes. El alma vacía, abierta y serenamente expectante. Lectura desinteresada: no buscando algo, como doctrina, verdades... Leer "escuchando" (al Señor) de alma a alma, de persona a persona, atentamente, pero con una atención "pasiva", sin ansiedad.
No esforzarse por entender intelectualmente ni literalmente, no preocuparse de "que quiere decir esto", sino preguntarse "qué me está diciendo Dios con esto", no estancarse en frases sueltas, que, acaso, no se entienden sino dejarlas sin preocuparse de entender literalmente todo.
Las expresiones que le han conmovido mucho, subrayarlas con un lápiz y colocar al margen una palabra que sintetice aquella impresión fuerte. Retirar el nombre propio que aparece (por ejemplo, Israel, Jacob, Samuel, Moisés, Timoteo...) y sustituirlo por su propio nombre personal, y sentir que Dios lo llama por su nombre.
Si la lectura no le dice nada, quedarse tranquilo y en paz; podría ser que la misma lectura otro día le diga mucho; por detrás de nuestro trabajo está, o no está, la gracia; la "hora" de Dios no es nuestra hora: tener siempre mucha paciencia en las cosas de Dios.No luchar por atrapar y poseer exactamente el significado doctrinal de la Palabra sino más bien meditarla como María, darle vueltas en la mente y en el corazón, dejándose llenar e impregnar de las vibraciones y resonancias del corazón de Dios, y conservar la Palabra, es decir, que esas resonancias sigan resonando a lo largo del día.

En los salmos, imaginar que sentiría Jesús (o María) al pronunciar las mismas palabras; colocarse mentalmente en el corazón de Jesucristo y desde ahí dirigir a Dios esas palabras, "en lugar de Jesús", rezarlas en su espíritu, con su disposición interior, con sus sentimientos.
Ocuparse con frecuencia en aplicar a la vida la Palabra meditada: reflexionar en qué sentido y circunstancias los criterios encerrados en la Palabra (la mente de Dios) deben influir y alterar nuestro modo de pensar y actuar, porque la Palabra debe interpelar y cuestionar la vida del creyente; de esta manera los criterios de Dios llegarán a ser nuestros criterios hasta transformarnos en verdaderos discípulos del Señor.
En suma: leer, saborear, rumiar, meditar, aplicar.

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