domingo, marzo 23, 2008

EL SANTO DEL SILENCIO... SAN JOSÉ




Estamos celebrando la fiesta de San José, el esposo de la Virgen María,

al caer este año el 19 de Marzo, en Miércoles de Semana Santa.

La devoción de San José es inseparable de la devoción de María Santísima:

“Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”. (Mt. 19,6).

Y consta expresamente en el Evangelio que José era

“el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo”.(Mt. 1, 16).

Es imposible tener una devoción profunda y auténtica a María,

sin sentir también una veneración especial hacia su virginal esposo San José.

Patriarca de la vara florida, padre nutricio del Niño Dios, casto esposo de la Virgen, patrón de la Iglesia Universal, así como de los padres de familia-, si hay grados humanamente medibles en la santidad, José es el primero de los Santos, y su nombre se invoca junto a los de Jesús y María formando lo que se ha llamado la trinidad de este mundo.

Toda la teología de San José se encierra en estos dos títulos fundamentales: esposo de María y padre inmaculado de Jesús.

Es en virtud de esos dos títulos sublimes que San José forma, en cierto modo, parte integral del misterio de la Encarnación.

No cabe duda que San José era, de alguna manera, necesario en ese orden, a saber: para salvaguardar el honor de María y protegerla a Ella y a Jesús de la persecución de Herodes, durante el destierro a Egipto, y ganarles el pan de cada día durante los años de la vida oculta en la casa de Nazaret.

El no participó físicamente en todo el misterio de la Encarnación, pero sí participó totalmente al ofrecer su vida como sacrificio para el cuidado, servicio, provisión y protección de Jesús y María.

Como sabemos, la concepción del Verbo divino en las entrañas virginales de María se hizo en virtud de una acción milagrosa del Espíritu Santo, sin intervención alguna de San José.

Lo dice expresamente el Evangelio y es uno de los dogmas fundamentales de nuestra fe católica: la virginidad perpetua de María.

Su culto, muy tardío, no se generaliza hasta la Contrarreforma, y en él influyen tres Santos muy devotos de San José: Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y Francisco de Sales; en los tiempos modernos ha adquirido una difusión extraordinaria en todo el orbe católico, aunque quizás la primacía corresponda al Canadá francés, donde en Montreal se dedicó a este Santo una grandiosa basílica.

La misión de San José al lado de Jesús y María queda expuesta con claridad en el Prefacio de la Misa: José es el “hombre justo”, (Mt. 1, 19), esposo de la Virgen María, “el servidor fiel y prudente”, custodio de la Sagrada Familia que, “haciendo las veces de padre, cuidara de Jesús”.

A San José, Dios le encomienda la inmensa responsabilidad y privilegio de ser el esposo de la Virgen María, y custodio de la Sagrada Familia.

Es por eso el Santo que más cerca está de Jesús, y de la Santísima Virgen.

Nuestro Señor fue llamado “hijo de José” (Jn 1, 45; 6, 42; Lc 4, 22), y el carpintero (Mt 12, 55).

San José no era padre natural de Jesús (quien fue engendrado en el vientre virginal de la Santísima Virgen María por obra del Espíritu Santo y es Hijo de Dios), pero lo adoptó y Jesús se sometió a él como un buen hijo ante su padre.

¡Cuánto influenció José en el desarrollo humano del Niño Jesús!...

¡Qué perfecto amor existió en su ejemplar matrimonio con María!...

San José es llamado el “Santo del Silencio”; no conocemos palabras expresadas por él, tan solo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y protección como padre responsable del bienestar de su amadísima esposa y de su excepcional Hijo.

José fue “Santo” desde antes de los desposorios, un “escogido” de Dios, y desde el principio recibió la gracia de discernir los mandatos del Señor.

Las principales fuentes de información de la vida de San José, son los primeros capítulos del Evangelio de Mateo y de Lucas.

Son al mismo tiempo las únicas fuentes seguras, por ser parte de la revelación.

San Mateo llama a José, el hijo de Jacob (Mt. 1, 16).

Según San Lucas, su padre era Helí. (Lc 3,23).

Probablemente nació en Belén, la ciudad de David del que era descendiente.

Pero al comienzo de la historia de los Evangelios (poco antes de la Anunciación), San José vivía en Nazaret.

Pronto la fe de San José fue probada, con el misterioso embarazo de María.

No conociendo el Misterio de la Encarnación y no queriendo exponerla al repudio y a su posible condena a ser lapidada, pensaba retirarse cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo; dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de los pecados”. (Mt. 1, 20-21).

Dios quiso que ese Santo Varón, nos diera ejemplo de humildad en la vida escondida de su Sagrada Familia.

Gracias San José, por habernos dejado tu ejemplo de padre responsable, al haber convertido tu vocación al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías.

Pidamos a San José que nos ayude a reflexionar durante esta semana en el Gran Misterio Pascual, con su humildad característica, y a no olvidar nunca el sacrificio de amor de Jesús por nosotros cuando aún éramos pecadores.

¡Ayúdanos a permanecer fieles a Él, a Sus enseñanzas y a Su Voluntad y a ser testimonio de vida en el mundo de hoy!...

Amén.

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