miércoles, septiembre 12, 2007

La oración de la maestra




¡Señor! Tú que enseñaste, perdona que yo enseñe;


que lleve el nombre de maestra,


que Tú llevaste


por la Tierra.




Dame el amor único de mi escuela; que ni


la quemadura de la belleza sea capaz de robarle


mi ternura de todos los instantes.


Maestro, hazme perdurable el fervor y pasajero


el desencanto. Arranca de mí este impuro deseo


de justicia que aún me turba, la mezquina insinuación


de protesta que sube de mí cuando me hieren. No


me duela la incomprensión ni me entristezca el


olvido de las que enseñé.




Dame el ser más madre que las madres, para poder


amar y defender como ellas lo que no es carne de


mis carnes. Dame que alcance a hacer de una


de mis niñas mi verso perfecto y a dejarte en ella


clavada mi más penetrante melodía, para cuando


mis labios no canten más.




Muéstrame posible tu Evangelio en mi tiempo, para que


no renuncie a la batalla de cada día y de cada


hora por él.




Pon en mi escuela democrática el resplandor que se


cernía sobre tu corro de niños descalzos.




Hazme fuerte, aun en mi desvalimiento de mujer, y


de mujer pobre; hazme despreciadora de todo poder


que no sea puro, de toda presión que no sea la de tu


voluntad ardiente sobre mi vida.




¡Amigo, acompáñame! ¡Sostenme! Muchas veces no


tendré sino a Ti a mi lado. Cuando mi doctrina sea


más casta y más quemante mi verdad, me quedaré


sin los mundanos; pero Tú me oprimirás entonces


contra tu corazón, el que supo harto de soledad y


desamparo. Yo no buscaré sino en tu mirada la


dulzura de las aprobaciones.




Dame sencillez y dame profundidad; líbrame de ser


complicada o banal en mi lección cotidiana.




Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas,


al entrar cada mañana a mi escuela. Que no lleve a


mi mesa de trabajo mis pequeños afanes materiales,


mis mezquinos dolores de cada hora.




Aligérame la mano en el castigo y suavízamela más


en la caricia. ¡Reprenda con dolor, para saber que


he corregido amando!




Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos. Le


envuelva la llamarada de mi entusiasmo su atrio


pobre, su sala desnuda. Mi corazón le sea más


columna y mi buena voluntad más horas que las


columnas y el oro de las escuelas ricas.




Y, por fin, recuérdame desde la palidez del lienzo de


Velázquez, que enseñar y amar intensamente sobre


la Tierra es llegar al último día con el lanzazo de


Longinos en el costado ardiente de amor.
Gabriela Mistral (Poeta)

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