
No me atrevería a escribir lo que voy a decir ahora si no existiese la revelación de Jesús en el Evangelio. Cuando empezó a atraerme la oración, copié en las cubiertas de mi salterio los pasajes del Evangelio que encendían en mí el fuego de la oración: "El amigo importuno", "La viuda importuna", los grandes textos de San Juan, con el impresionante: "Hasta ahora no habéis pedido nada" y lo que dice Santiago sobre la súplica ferviente del justo. Cuando he buscado una imagen que ilustre todos estos textos, no he encontrado nada mejor que las dos manos juntas del cura de Ars, con esta frase: "El hombre es un pobre que tiene necesidad de pedirlo todo a Dios"
Esto me ha llevado a reflexionar sobre lo que dice Jesús acerca de la oración. Cuando se consideran los capítulos 6 de San Mateo, 11 de San Lucas, y los que acabamos de citar más arriba, me parece que hay dos cosas evidentes:-En primer lugar el orante se pone bajo la mirada del Padre que ve en lo secreto y que sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Viene entonces el don del Padrenuestro que es en primer lugar una invocación del nombre del Padre: el hombre que reza el Padrenuestro se pone a suplicar al Padre.-Luego todos los textos citados al principio, en los que Cristo aconseja al orante que pida, que busque y llame. Hay que orar sin cesar y no desanimarse nunca. El acento está puesto en la insistencia, la perseverancia, incluso la importunidad.De ahí nació en mí la convicción profundamente arraigada de que toda forma de oración supone e implica como condición fundamental ""la súplica"". Es importante pues, ponerse de rodillas. La imposibilidad de suplicar a veces llega al límite que no queda más que pedir a otro que ore por nosotros y es ya un paso para la liberación por la oración.Cristo dice: "No has pedido todavía nada en mi nombre" "No sabes todavía pedir" San Alfonso Ma. de Ligorio decía que la súplica era lo más importante en la oración. Puede que haya cristianos que no hayan pedido nunca nada y que puedan decir gracias antes de haber dicho todavía. No has pedido nada ""todavía"" Suplicar, es esperar como un mendigo lo que se nos quiere dar, sin ningún mérito de nuestra parte.En la súplica es donde se resuelven todos los problemas de comunicación entre Dios y nosotros. Hay que tender la mano para salir de sí. Mientras no se haga este gesto al que podrán seguir muchos otros, como la acción de gracias, la alabanza, incluso la adoración, el abrazo y la unión, habrá una parte de nosotros que discutirá y contestará. Cuando se pide, ya no hay problemas de comunicación porque hemos salido de nosotros mismos. No conocemos el fondo de nuestro corazón, que es doble: sólo la súplica testimonia y protesta que deseamos y queremos lo que pedimos.
La cima de la perfección en la oración y la santidad, es saber pedir suplicando.Padre santo y misericordioso, en los días de su vida mortal, Jesús te presentó su súplica con grandes gritos y lágrimas y tú le escuchaste por su obediencia. Hoy en la gloria, continúa intercediendo incansablemente por nosotros y nos pide que unamos nuestra intercesión a la suya, orando sin cesar y sin cansarnos. En su nombre, te pedimos que envíes a nuestros corazones el don del Espíritu Santo, para que ore en nosotros con gemidos inefables. Confiamos esta petición a María, Madre de Jesús. Cuando los apóstoles esperaban el Espíritu Santo, ella unió su súplica a la de los discípulos en oración, convirtiéndose así en el modelo de la Iglesia orante. Que Ella interceda por nosotros ahora y siempre.Amén.
Para dejar que el Espíritu Santo tenga libertad para hablarte, no es bueno estar atado a una sola forma de oración. Por eso debes usar todos los registros de la experiencia espiritual. Hay uno que conviene de modo particular a lo que acabamos de decir: es la oración a propósito de los acontecimientos de la vida.Para que un acontecimiento de tu vida se convierta en palabra vivida de Dios, hay que leerlo a la luz de la Palabra proferida, es decir de la Biblia. "Prensad el acontecimiento, se dice a menudo y saldrá de él Jesucristo. Es cierto, a condición de que lo ilumines por la fe en la acción del Espíritu Santo, pues Cristo viene siempre de arriba y no de abajo. El viene del Padre y nosotros somos de la tierra.El acontecer de tu vida no revela su último sentido sino a través de una prolongada contemplación de la Palabra de Dios. Por eso tu oración, debe alimentarse de la trama de tu existencia de cada día y por eso en la oración, "es bueno imitar a la Virgen" repasando en tu corazón silencioso todos los sucesos de tu propia historia.Mucho tiempo después es cuando descubrirás su significado. Del mismo modo tendrás que esperar una etapa de paz para comprender las crisis que te ha obsesionado durante largos años. Al atardecer de una jornada o en un fin de semana, puedes revisar tu vida en la oración.Como siempre, te pones en presencia de Dios que te conoce profundamente y te ama. En este momento hay que hacer un acto de fe; tu vida no es un destino o el resultado del azar, sino una historia de amor en la que todos los acontecimientos han sido dispuestos por la mano paternal de Dios.Haz un acto de confianza perdida en Dios que guía tu vida. Asiéntate en una profunda disponibilidad, preguntando lo que él te quiere decir por esos acontecimientos:"Habla Señor que tu siervo escucha". Habitualmente el sentido de esos acontecimientos está oculto y Dios no te lo puede revelar sino a la luz de su Espíritu Santo. No proyectes tus pensamientos, sino deja que se te manifieste Dios.Repasa entonces en tu memoria cada uno de estos acontecimientos con sus componentes humanas, interroga al Evangelio y pregunta a Cristo que piensa de todo ello. Siempre debes juzgar tu propia vida a la luz de las Bienaventuranzas.Y luego ora intensamente para que el Espíritu te de el conocimiento espiritual de tu vida. Entonces verás que tal amigo con el que has podido compartir y permanecer en silencio ha sido signo del amor de Dios para contigo. Tal sufrimiento, tal fracaso o tal éxito se te presentarán también como invitaciones de Cristo a entrar más profundamente en su amistad. Esta oración es particularmente interesante en los momentos de las grandes decisiones de tu vida.Dios no rehúsa nunca su luz al que ora con humildad, confianza y perseverancia. Tampoco busques soluciones con las solas luces de tu razón, sino deja que la vida divina se difunda en tí, deja al Espíritu Santo que suba de lo profundo de tu ser para iluminar tu alma y tu corazón.Existen ciertamente, caminos para discernir las vías del Espíritu, pero la respuesta no está al final de tus esfuerzos, está en un don de Dios que "se impone" a tí, un impulso vital que no puedes rechazar y que tú recoges como un fruto maduro.Una oración así sólo puede terminar en adoración y alabanza.
Una persona me hizo un día esta confidencia, había experimentado una gran conversión con la experiencia sensible de la presencia actuante de María durante algún tiempo. Luego todo se había esfumado, pero permanecía en el fondo de su corazón un apego de fe a María, que se traducía en la recitación continua del Rosario. Le dije que no se inquietase, pues esa es la verdadera devoción a la Virgen.Ciertos días, uno siente la inquietud por saber si ama a la Virgen, pues aunque no hay nada sensible en nuestra relación con ella, la sentimos presente en lo que pensamos, decimos o hacemos. Como dice el Padre Vayssiere: "se está con ella", con todo lo que esta preposición connota de fuerza, de admiración, incluso de intimidad. Algunos llegarán incluso a decir que están en ella: son otras tantas expresiones que tratan de acercar este misterio de intimidad, sin agotarlo jamás.Sobre todo en el terreno de la oración, es donde se experimenta esta presencia preminente de María, porque Ella da siempre la paz. Es en verdad como dicen los Padres, Espejo de Santidad, Espejo de la Justicia y Espejo del Sol de Dios. Al mirarla, ella refleja el rostro desconocido de Dios, el "más allá de todo" que no se puede nombrar sino solamente adorar.María no puede menos que reflejar la gloria del Altísimo. Digamos que al mirar nuestro rostro en el purísimo espejo de la Virgen, descubriremos lo que impide en nosotros la santidad de Dios.
Volvamos al modo como se experimenta que María ora con nosotros y por nosotros.Al despertarnos por la mañana, hay un período de ensueño no sabiendo que partido tomar: levantaros o seguir en la cama. No discutáis, pues discutir es ya dudar en cierto modo. Tomad sencillamente el Rosario en la mano y recitadlo insistiendo en la petición: ruega por nosotros pecadores, cualquiera que sea el estado en que os encontréis.A veces, no tendréis el valor de recitarlo, pero entonces decid: "Yo me agarro a un extremo de la cadena y María se agarra al otro. Que ella haga su trabajo y me atraiga a la oración." A menudo, no habréis terminado la primera decena y ya os habéis levantado. Entonces se toca con la mano la intercesión de María y se constata que se encuentra a Dios en la oración tan pronto como uno se pone a ello. Recibir el don de la oración es una gracia. Estoy persuadido de que la gracia de la oración continua se nos concede siempre por la intercesión de María.Si tenéis el don de oración, por gracia, no pidáis ningún otro. Si no habéis todavía obtenido este don, pedid a la Virgen el de la fidelidad a la oración.
Cuando todavía estaba con sus discípulos, Jesús les había prevenido: "porqué separados de mí no podéis hacer nada".Su marcha ¿no les va a sumir en la aflicción? ¿dónde van a ir a buscar el dinamismo para afrontar la persecución y anunciar la buena noticia? Por eso Jesús va a consolarlos con ternura y anunciarles que después de su vuelta al Padre, el Padre y él van a enviarles el Espíritu Santo. "Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto".Vuelve a leer el capítulo segundo de los Hechos y verás como el Espíritu de Pentecostés va a transformar de pronto la debilidad de los apóstoles en fuerza. Recuerda que el don de consejo te susurra las sugerencias del Espíritu y el don de ciencia que te hace saborear tu pequeñez. Pide hoy al Espíritu que te revista del poder de la resurrección de Jesús: es el don de fortaleza. Así podrás decir como San Pablo "con gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas para que habite en mí la fuerza de Cristo.Es el poder divino el que está manos a la obra en el mismo acto de la predicación: "Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios (2Cor 2,4-5). Enfrentado cada día con las exigencias del Evangelio, descubres que dificil es ser pobre y perdonar a los que te han herido. Si eres sincero contigo mismo, debes reconocer que tus fuerzas te traicionan y que no puedes obedecer a Dios. Entonces existe la gran tentación de decir: Dios me pide cosas imposibles...la vida es demasiado dura...no puedo seguir luchando...Si has llegado ahí, permíteme que te diga que te viene encima una gracia grande pues, un día u otro, todo discípulo de Cristo debe hacer este descubrimiento; sólo entonces puede ser revestido del poder de la resurrección. Pobre de tí, si te resignas excusándote o rebajando las exigencias del Evanelio a la medida de tus propias fuerzas. Confiesa entonces con sencillez: Tengo un corazón duro como una piedra! Ahí es donde debes ser instruído para un nuevo combate, no esa lucha en la que piensas habitualmente... la que debes evitar a cualquier precio pues está inspirada por el orgullo. Al principio luchas torpemente en un combate estéril, llamado al fracaso, como la lucha de San Pedro, antes de la caída. Trataba de ser fiel a Cristo siguiéndole hasta la muerte. En el momento en que se derrumba descubre su orgullo de querer seguir a Cristo a fuerza de puños. Para llegar a esto, debes recibir una luz muy profunda y muy desgarradora para discernir el buen combate del malo.Tus ojos deben abrirse sobre la dimensión extraordinaria del rostro de amor de Dios que te ha enviado a Jesucristo y al Espíritu como Defensor. Dios está pronto a darte todo si te decides a pedírselo de rodillas. Debes desear de verdad esta luz para que aprendas a luchar el buen combate. Entonces en este momento, Dios te puede enviar algo que cambie totalmente tu vida y te de la verdadera fuerza: La Eucaristía, es decir el poder del Espíritu Santo. Si sufres porque estás sin querer y sin amor a Dios, entonces lo que acabo de decir: es para tí! A menudo admiras a los santos y te dices: si tuviese la mitad de la cuarta parte de su voluntad...Teresa de Lixieux te respondería: No se trata de eso!!! No se va al cielo a fuerza de heroísmo, y tampoco se llega allí descansando!!! Teresa quiere manifestar que el secreto de su fuerza venía del Espíritu Santo.
La vida de los santos es un combate porque han luchado contra la dureza de su corazón para tener confianza en el amor de Dios y ""pedir socorro"". Cuando Jesús está presente con el poder de su Espíritu, se puede todo. Tu verdadera miseria es el no saber pedir ayuda al Espíritu Santo. Cuando hayas entendido lo que te propone Cristo, gritarás o no gritarás. Pero si gritas de verdad, el Espíritu caerá sobre tí con su poder y conocerás la fuerza verdadera, con el renunciamiento, la alegría y la salvación. Pero no olvides que toda esta fuerza está en el Espíritu:"Ven Espíritu de santidad,llena nuestros corazones de tu amor,abrásanos con tu fuego"".
espera que abras una brecha en tu corazón para precipitarse en él con todo el dinamismo de su amor. Esta brecha será tu deseo orientado hacia El. Es la única fuerza capaz de obligarle a bajar. Pero es preciso que tu corazón se llene totalmente de un deseo ardiente de Dios que no admite ningún reparto. Pide a menudo al Espíritu Santo que profundice tu corazón para que pueda brotar de lo más profundo de tu ser este deseo de Dios.Si miras largo tiempo e intensamente hacia el cielo, Dios bajará porque siempre es El quien te busca. Si le suplicas que venga El vendrá a tí. Más aún, si se lo pides a menudo, durante largo tiempo y con ardor, no puede menos de venir a tí.Pero el esfuerzo que se te pide es el de mirar, escuchar y desear. Debes estar atento al don que Dios te hace de sí mismo y consentir como María en la Anunciación diciendo: "Fiat". La oración es un acto de atención y consentimiento a Dios que no cesa de merodear alrededor de tu corazón.La oración, como la amistad, es una alegría gratuita. Debes estar a la espera, pobre y desprendido, para ser digno de recibirla. Orar, pertenece al orden de la gracia. Si pasas toda tu oración deseando a Dios, sin querer captarlo ni anexionártelo, puedes estar seguro de que se ha derramado una gran gracia sobre tí, pues no desearías a Dios si no estuviese presente y actuando en lo más íntimo de tí para suscitar este deseo. Si no tuvieses a Dios en tí, no podrías sentir su ausencia.Y si tu corazón está seco, si estás como un leño, sin ningún deseo de El, clama tu sufrimiento con gritos vehementes. Llama a la puerta de Dios hasta que te abra. Sabes que el Padre no te dará una piedra si le pides pan. Quiere concederte lo que le pides, pero espera que perseveres hasta el final de tus fuerzas.
Si eres de verdad un hijo para Dios, debes contemplar al Hijo único, para que te comunique sus gustos y sus costumbres. Mira como ha vivido abandonado al Padre, sin rigidez. Sabía muy bien que iba hacia la cruz, pero ha vivido como un hijo, sin atormentarse antes de tiempo. Ha vivido la amistad del tiempo presente. Entre los medios que eliges para ir hacia Dios, pregúntate: ¿Esto me suaviza un poco más, me hace más niño? Si quieres vivir como un hijo, te invito a leer en la oración a Lucas (12,22-32) el pasaje titulado: vivir de la gracia de Dios; verás como Jesús ha vivido bajo la mirada del Padre. En él aparece continuamente la expresión: "No te preocupes por nada, no temas". Cuando Dios llama por teléfono a la tierra, hay que escucharle en indicativo; así hablaba con María de Nazaret: "No temas". ¡No tengas miedo" El Señor sabe muy bien que tienes miedo cuando se te acerca. No estás desarmado y levantas tus defensas entre Dios y tú, ente tú y los demás.Sobre todo no te sientas culpable por este miedo, está en el orden de las cosas de la tierra. Acéptalo como parte del lote inevitable de tus miserias de hombre que no está todavía totalmente purificado.Llegará un día en que te verás libre de todas tus inquietudes. El padre Molinié define a un santo como quien no tiene miedo de Dios. Puede tener miedo de los acontecimientos que le zarandean, pero no tiene ya miedo de Aquel que dirige los acontecimientos "pues sabe en quien se ha fiado".¿Por qué no dejas de tener miedo, te fías de Dios y te abandonas a él? El Padre ve y sabe todo lo que necesitas. Es un Padre atento y tierno con el menor deseo que sube del corazón de sus hijos. Sólo Dios es bueno (Mc. 10,18), profundamente tierno y dulce. Jesús es el único que lo sabe bien y cuando te aconseja que te abandones a Dios, sabe en que manos te pone. Dice sencillamente lo que ha visto junto a su Padre que ve y conoce tus necesidades. Y esta certeza de sentirse mirado por un Padre, atento e interesado, es lo que propone y pide a tu fe. Fe díficil, porque no supone necesariamente una experiencia y porque el silencio de Dios es a veces más sensible que su propia atención. Así debe de ser precisamente la fe: que se fie lo suficientemente de Dios para que no le pida milagros, y que le estime lo suficiente como para atreverse a contar con su criatura.El objetivo de la oración es entrar en el secreto del corazón, bajo la mirada del Padre que sabe aquello que necesitas antes de que se lo pidas (Mt. 6,8) En la agonía, Jesús ora para que el cáliz se aleja de él; aparentemente no es escuchado, pero él continúa contra viento y marea fiándose del Padre. Una confianza así tiene incidencias muy concretas en la vida real y cotidiana. Porque Dios existe, obra y es amor, un cierto número de actitudes adquieren todo su sentido: callar para atender a lo que obra en tí, dejar hacer y otras tantas actitudes que dan preferencia a su acción sobre la tuya.A partir del momento en que reconoces: "Tú nos has hecho, Señor, y somos tuyos" descubres el recuerdo escondido de tu nacimiento terreno y puedes nacer a la existencia de arriba. Abandonas el pasado a la misericordia de Dios, confías el porvenir a su providencia y te queda tan sólo el instante presente, único lugar de tu comunión con Dios, si te abandonas a su voluntad. El momento presente es el punto de incersión de Dios en tu vida y la fuente de tu oración continua. No te preocupes por el porvenir, pues es tomar el puesto de Dios, dice Teresa de Lisieux, y ponerte a crear.No puedes saber la alegría que da este abandono. Acepta que todo lo que eres, se lo debes a Otro al que descubres oscuramente trabajando en el corazón de tu vida: aquel que es, por el que han sido hechas todas las cosas, el creador, Dios bendito eternamente, dirá San Pablo. El día en que despiertes a este descubrimiento maravilloso, escaparás de una larga opresión, tus bloqueos y crispaciones cederán para dejar sitio a la alegría y a la pura alabanza a Dios.Hoy es tal vez la ocasión propicia, aquella en la que el Espíritu Santo tenga a bien hacerte comprender este abandono, para ayudarte a llevarlo a la práctica en lo concreto de tu vida con sus dolores y sus alegrías.No pases de largo la infancia espiritual; estás tal vez en un momento de tu vida favorable para acoger estas palabras.
"Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre: Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto". (Lc. 24,49)Y de pronto, encontramos a los apóstoles en el cenáculo, esperando ser bautizados en el Espíritu Santo. Son muy conscientes de que van a recibir un poder, el del Espíritu Santo que vendrá sobre ellos para hacerlos sus testigos. Los apóstoles saben perfectamente que Jesús les va a enviar desde el Padre, el Espíritu de verdad que dará testimonio de él.Por eso suben a la cámara alta del cenáculo para esperar en oración al Espíritu Santo: "Todos ellos perseveraban en oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús y de sus hermanos" (Hch 1,14). Es muy importante señalar la presencia de María en el grupo de los once. Es la creyente por excelencia, porque se entregó con confianza absoluta al poder de la palabra de Dios, en el momento de la Encarnación. Del mismo modo, debe sostener la fe vacilante de los apóstoles que tienen miedo, al comienzo de la Iglesia. Es también ella la que debe confesar su fe en una oración asidua y perseverante.En el cenáculo, la presencia de la Virgen era indispensable pues ella es la madre de la oración continua que sostiene a los apóstoles y les ayuda a perseverar en la oración de súplica. Perseverantes en la oración, dice San Lucas. No se trata pues de la oración de un instante, un acto fugaz, o la expresión de una necesidad pasajera cuando se sufre. Para perseverar en la oración, es preciso un trabajo de continuidad, una estructura de lugar y de tiempo para permitir que la oración se prolongue e impregne toda la vida. Es esta oración perseverante con María, lo que nos capacita para recibir el Espíritu Santo. El que desea orar sin cesar, ora de hecho siempre, aunque no esté siempre en oración. Pero para que este deseo sea verdadero, es preciso que se encarne en tiempos fuertes de oración. Por eso, proponemos a los lectores que dediquen cada día una hora llena y continuada a la oración."Al principio de las vigilias llamamos a tu puerta, en medio de la noche buscamos tu rostro y de mañana te pedimos el Espíritu. Padre santo, en nombre de tu Hijo Jesús, desde lo alto del cielo, envía un rayo de luz a nuestras almas, llena de amor nuestros corazones y fortifica nuestros cuerpos fatigados con tu vigor eterno".
Realmente tenemos necesidad de recibir los dones del Espíritu Santo para sondear las profundidades de Dios y también las profundidades del corazón del hombre transformado por el Espíritu de Jesús resucitado."El Espíritu sondea todo hasta las profundidades de Dios... Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado. (1Cor 2,10 y 12). Nunca terminaremos de implorar a Dios con insistencia y perseverancia diciendo: "Ven, dispensador de los dones", bien entendido que el don supremo es el mismo Espíritu Santo prometido por Cristo que se fragmenta en nosotros por los dones particulares descritos por Isaías: "Reposará sobre él el espíritu de Yavé: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yavé" (Is 11,2).Es bueno preguntarse cómo juegan los dones del Espíritu Santo en la toma de conciencia de nuestra pobreza. Rechacemos de una vez la falsa pista por la que soñamos a menudo avanzar y que podríamos definir así: vamos a ofrecer nuestra debilidad a Cristo y él la va a transformar en fuerza.Dios tiene demasiado respeto a nuestra libertad. Cristo no tenía necesidad de rechazar la debilidad para ser fuerte: así como su doctrina no era su doctrina, su fuerza no era su fuerza, sino la del Padre, que quiso que se manifestase por la evidencia de su propia debilidad durante la Pasión: "Pues ciertamente, fue crucificado en razón de su flaqueza, pero está vivo por la fuerza de Dios. Así también nosotros, somos débiles en él, pero viviremos con él por la fuerza de Dios. (2Cor 13,4).El que rehusa ser débil rechaza la fuerza de Dios, según la palabra de Pablo: "Cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte... Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2Cor. 7-10).Se nos plantea un problema: ¿queremos ser fuertes con nuestra propia fuerza o revestidos de la fuerza de lo alto que levanta nuestra debilidad, aunque siga siendo debilidad y se manifieste como tal en caídas que nunca sabremos con certeza hasta que punto son faltas? Es preciso aceptar esta oscuridad. No se trata de una invitación a la pereza o al abandono, sino de una visión realista de nuestra pobreza transfigurada por el poder de la resurrección. Un día, cuando se nos hayan agotado las pretensiones de realizar nosotros mismos nuestra santidad e incluso estemos "agotados", Dios transformará nuestra debilidad en fuerza.De momento, los dones del Espíritu Santo actúan en otro nivel haciéndonos comprender vitalmente que nuestra pobreza es nuestra verdadera "riqueza" de cara al amor misericordioso del Padre. Naturalmente, el hombre se aparta de esta pobreza pues se siente atraído por la riqueza y el esplendor de Dios. El don de ciencia no sólo nos hace comprender la nada de las criaturas, sino que nos sugiere que saboreemos la dulzura de no ser nada. Nos lo sugiere pero no nos lo impone: "Si quieres..." Aunque no sea más que una sugerencia, tal vez merezca la pena no volver la espalda pues ése es el secreto mismo de nuestra entrada en la vida trinitaria.Cristo se vacía totalmente de sí mismo para dejarse invadir por la gloria de Dios. Cuanto más avancemos, más nos diferenciaremos de Dios. Como nos da sus dones, creemos que nos ama por ello, aunque lo único que le seduce es nuestra miseria. El Espíritu Santo nos desvela un extraño secreto: el arte de recuperar nuestra miseria como si fuese una perla preciosa, difícil de encontrar y digna de ser buscada apasionadamente.Necesitamos el don de inteligencia para presentir la santidad de Dios y el don de ciencia para gustar nuestra verdad frente a él mientras que el don de sabiduría nos hace saborear la dulzura de las relaciones en el interior de la Trinidad. ¡Qué sean uno como nosotros somos uno! Tenemos tendencia natural a huir de esta miseria, aunque esta huída no implique ningún esfuerzo constructivo para sanarla o mejorarla, sino sencillamente el rechazo a adquirir conciencia de ella y enfrentarnos con el espectáculo de una indigencia cuya profundidad supera todo lo que podemos sospechar.El don de consejo nos invita a recuperar esta miseria, no con la lucidez despiadada, sino con la lucidez aún más profunda que el Espíritu Santo nos ofrece a modo de sabor enseñándonos a descubrir con estupor en esta miseria el arma absoluta que nos da todo poder sobre el corazón de Dios.Es esta pobreza lo que seduce a Dios en nosotros y no los dones que nos ha dado o que va a volcar en avalancha sobre esta miseria que le atrae. Todo esto que resulta tan abstracto de decir es lo que el Espíritu Santo nos sugiere infaliblemente mediante el murmullo de los dones de inteligencia, de ciencia y de consejo que podrían resumirse en el temor reverencial y amoroso de Dios. Nos queda por decir cómo los dones de piedad y de sabiduría nos hacen saborear la vida de amistad con las tres personas de la santísima Trinidad. El don de fortaleza se vincula al poder de la Resurrección que se despliega en el dinamismo del Espíritu.Pero estos dones vinculados más a la voluntad y a la afectividad (fortaleza, sabiduría y piedad) actúan cuando la inteligencia está iluminada por los de ciencia y consejo.Dios solamente puede amarnos como seres a colmar, el Espíritu Santo puede comunicarnos este privilegio de su amor, pero esto no nos es en absoluto natural. Por eso, solamente podemos desplegar nuestra miseria para ofrecércela a él, como se descubre una llaga ante un médico.Cuando le hayamos encontrado, habremos encontrado a la vez su misericordia: allí es donde se esconde y no en cualquier otra parte. El Espíritu Santo es quien nos introduce en este lugar de encuentro desconocido a los ojos del mundo y donde nos espera el corazón misericordioso de Cristo.Este lugar es misericordioso, sólo el Espíritu puede guiarnos hasta estas profundidades por el presentimiento de un sabor inefable.
A veces me pregunto sobre la profundidad de la relación que podríamos tener con la Virgen María y me digo que es del mismo tipo que la relación de Maria con Dios. Es evidente que ha recibido de Dios gratuitamente todos los privilegios y dones que admiramos y contemplamos en ella, a saber, la maternidad divina, la concepción inmaculada y la asunción a la gloria al cielo, --pero lo que es más admirable en ella, es el acto de libertad que le ha llevado a fiarse de Dios y a creer en él--.La relación más profunda que ha tenido con Dios ""ha sido creer en él"", en una palabra: ""fiarse de él"". Y esta fe de María que se expresa de una manera privilegiada en su fiat descansa sobre la solidez y el poder de la palabra de Dios: --Nada es imposible para Dios--, dirá el ángel a María cuando pregunte como una virgen puede llegar a ser la madre del Salvador. Para mostrar la eficacia de su palabra, le dirá: "Mira, también Isabel tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios".Apoyándonos en estas palabras del evangelio podemos decir que María ha creído en el Espíritu Santo, Dueño de lo Imposible. Cuando no comprende que una virgen o una mujer estéril pueda ser madre, no discute, sino que invoca al Dueño de lo Imposible. El puede hacer de una mujer anciana la madre del mayor de los profetas. Cuando no comprende la actitud de Jesús en el Templo, experimenta "una particular fatiga del corazón, unida a una especie de noche de la fe" (Redemptoris Mater nº17), pero no se vuelve rígida ni discute una evidencia superior a la suya, sino que se pone sencillamente a meditar esas cosas en su corazón (Lc 2,51) y consiguientemente a orar.María no sabe hacer más que esto: --orar para abandonarse a la voluntad del Padre en el silencio--. En este sentido, es el modelo y la Madre de la Intercesión: por eso hay que rezarle bajo el título de Omnipotencia Suplicante o de Madre de lo Imposible.--Con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna... De este modo la maternidad de María perdura incesantemente en la Iglesia como mediación intercesora, y la Iglesia expresa su fe en esta verdad invocando a María con los titulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora--(Redemptoris Mater nº40)El amor maternal de María la hace estar "atenta" a los hermanos de su Hijo que continúan su peregrinación de fe y que se encuentran comprometidos en sus pruebas y luchas: ella intercede en su favor. De este modo, su amor maternal se concreta en su presencia a nuestro lado y sobre todo por el ""poder de su intercesión"". Por nuestra parte, nuestro amor filial se expresa por una actitud vigilante para conservar la presencia de María, a través de nuestra acción y de nuestra oración, pero sobre todo por una incansable intercesión que nos mantiene unidos a ella. El amor es el lazo más profundo que tenemos con ella y que se concreta en la intercesión.Esta actitud de recurso a la Virgen puede expresarse de muchas maneras, pero la manera más sencilla y más corriente, es ciertamente ""el Rosario"" con el que uno se desliza en su intercesión.Esta invocación repetida a lo largo del tiempo nos hace experimentar su presencia actuante: --Jamás se ha oído decir que uno solo de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio y reclamado vuestro socorro haya sido abandonado de vos--. Lo mismo que la intercesión es para nosotros la relación más profunda que nos hace presentes a la Virgen María, igualmente la intercesión de María por nosotros es la relación de presencia más intensa que teje con cada uno de nosotros. María está presente allí donde actúa e intercede. Una de las mayores gracias que un hombre puede recibir aquí abajo es tener permanentemente la presencia de María. Esto transforma una existencia pues es el Espíritu Santo el que se hace actuante para hacernos experimentar la presencia de María.
Finalmente, el Espíritu se encuentra en la fuente de toda la predicación cristiana. Jesús había ya prevenido a sus discípulos que el Espíritu Santo les asistiría cuando fueran convocados a los tribunales; "Cuando os lleven a las sinagogas ante los magistrados y autoridades, no os preocupéis de cómo y con qué os defendéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir" (Lc. 12,11-12). Esta palabra de Cristo se verificará en los Hechos cuando Pedro y Juan sean convocados ante el sanedrín. Lleno de Espíritu Santo, Pedro dará cuenta del milagro que acaba de operarse por su mano y a partir de este signo anunciará a Cristo resucitado.Juan de Santo Tomás dirá: "El que ha nacido de verdad del Espíritu, todos sus actos, su voz y palabra proceden del Espíritu y respiran el Espíritu, y apenas se ocupa de otra cosa que de Dios o de lo que toca a Dios". Sigue diciendo: "El que ha nacido del Espíritu y ha sido madurado por el Espíritu, habla también bajo la influencia del Espíritu, pues de la abundancia del corazón habla la boca".Sobre todo en la predicación de Pablo explotará el poder de Dios. Cuando anuncia a Cristo resucitado, no utiliza los artificios del lenguaje o de la sabiduría humana, sino que pone a sus oyentes en presencia del poder de Dios: "Mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración del Espíritu y del poder para que vuestra fe se fundara, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios. (lCor 2,15)Lo que resulta extraordinario en San Pablo, es que su palabra nos pone en presencia "de lo invisible" para que nuestra fe se enraíce en la roca del poder de Dios que ha resucitado a Jesús. Desde que Pablo tuvo la revelación en el camino de Damasco, no cesó de ocuparse de Cristo, de escucharle y a menudo de preguntarle. He venido a traer fuego a la tierra, dice Jesús y cómo deseo que arda. Es preciso que esperen y oren para que reciban el Espíritu prometido por el Padre y experimenten que "el evangelio os fue predicado no sólo con palabras sino también con el poder y con el Espíritu Santo en plena persuasión. (1Ts. 1,5)Pablo insiste también en otra fuerza del poder del Espíritu; es la que da alegría y seguridad en medio de las tribulaciones y persecusiones. No queda más que pedir a Dios que extienda su mano para operar milagros y curaciones para seguir anunciando la Palabra con toda seguridad."Y ahora Señor, concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía, extendiendo tu mano para realizar curaciones y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús. Acababa su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía" (Hch. 4,24-31)
Es evidente que quienes claman a Dios día y noche son inmediatamente escuchados. Iba a decir que la respuesta está inscrita en la petición misma. Como dice Jesús: Son escuchados prontamente sin tardar (versículo 8). Incluso antes de que llamen, yo responderé y estando aún hablando serán escuchados, dice el profeta Isaías.Nosotros clamamos día y noche en la duración y en el tiempo, El responde en el instante, que es equivalente la eternidad. Ahí está la prueba y el combate de la oración. Por eso Dios quiere que oremos sin cesar y desfallecer nunca. El escoge hombres que hagan efectiva y real esta oración, para los cuales la oración es lo único y necesario, la actividad única.Ellos inscriben esta duración de la oración en su carne y en el tiempo que el Señor les da de vida. Ello equivale a decir que viven como todo el mundo, pero apenas disponen de un momento libre, se sumergen en la oración día y noche. Si hay que orar siempre sin cansarse, no es tanto para obtener lo que ya hemos recibido como para mantener la llama, igual que el aceite alimenta la lámpara. Padre, te doy gracias porque siempre me escuchas... Más como la oración es ejercicio de fe, sé que al mismo tiempo debo siempre suplicar. La oración es paciencia del amor, por parte de Dios como por parte del hombre; es exceso de fe y por tanto de oración.Pero el hijo del hombre, cuando venga ¿encontrará fe en la tierra? "
Si pasas un día por Chartres, detente ante el pórtico norte de la Catedral. En el vano izquierdo, en el segundo cordón de la superficie abovedada, el escultor ha reproducido las seis escenas de la vida contemplativa. Se ve en ellas a la Virgen que se recoge, abre su libro, lee, medita, enseña y entra en éxtasis.Primero se recoge antes de entrar en oración. Tiene la mano izquierda sobre el libro de las Escrituras y lleva la mano derecha a la altura del corazón como si quisiera enseñarte, que para orar hay que conservar el corazón puro y silencioso. Como Salomón, pide a Dios un corazón silencioso que sepa escuchar. La primera actitud de la oración, es acoger, escuchar y recibir el buen Espíritu, el don espiritual que el Padre comunica a los que se lo piden.En un segundo tiempo, abre el libro de las Escrituras para recibir el pensamiento de Otro y no el nuestro. Nosotros no hacemos la vida verdadera y la oración, la recibimos y la descubrimos de Dios, en el orden de la gratuidad y del misterio. Entonces ella puede leer, no para saber, sino para penetrar el sentido profundo de las palabras.En cuanto hayas encontrado lo que buscabas, imita a la Virgen y cierra el libro para rumiar interiormente la Palabra y dejarla que baje al fondo de tu corazón: "He puesto la palabra dentro de vuestro corazones" dirá Pablo. La lectura sabrosa y viva de la Palabra te dispone para que encuentres a Dios en la contemplación. Deja que las cosas vengan a tí y estáte ante el misterio con las manos abiertas de par en par. Al meditar la palabra, oirás de pronto al Verbo de Dios que te habla en lo íntimo de tu corazón. Esta es la obra del Maestro interior que es el Espíritu Santo.Luego la Virgen enseña la Palabra gustada y meditada. No es tan sólo una experiencia de Cristo en el contacto vivo y personal, sino la transmisión de la experiencia viva de Jesús que, en su conciencia de hombre se siente hijo de Dios.Y finalmente la Virgen entra en éxtasis. Es la salida de sí misma para encontrar su dicha y su alegría en Dios. No busca el descanso de la contemplación para sí misma sino para Dios que es el último término de su oración. Toda oración verdadera debe llevarte un día a no encontrar alegría más que en Dios. Orarás de verdad el día en que estés totalmente ocupado en adorar a Dios, en contemplar su amor y en darle gracias no sólo por los dones que te ha hecho, sino sobre todo por la venida de Jesucristo a la tierra.Sólo se ora bien en el éxtasis. Si te ejercitas así, en los silencios de la oración, te dispones a dejarte arrastrar por el movimiento del Espíritu. Estás oculto a tu propia oración y no tienes conciencia de orar. Pero no depende de tí el obtener este don de la contemplación, que no viene por tus méritos, sino de la misericordia de Dios.Ruega para que obtengas de Dios esta visión de su rostro prometida a los corazones puros.
La palabra que quisiera deciros es la que el ángel Gabriel dirige a María en la Anunciación: ""Ninguna cosa es imposible para Dios"" Cuando Cristo evoca el poder de la oración, piensa siempre en la súplica que obtiene del Padre el don del Espíritu, como la fe de María consiguió que el Espíritu del Padre viniese sobre ella y la cubriese con su sombra.María es la creyente por excelencia pues accede y consiente a la propuesta de Dios. María no pide ningún milagro y cree a Dios por su palabra; sin embargo Dios le dará uno: “Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaba estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios”.El Concilio dice de María que creció en la fe a lo largo de su peregrinación terrena (L.G.VIII), lo que equivale a decir que dio preferencia permanentemente al pensamiento de Dios sobre el suyo. Cada vez que Dios le dirigió la palabra, reaccionó como Abraham. María consiente en creer que todo es posible a aquel de quien se ha fiado. Entre las palabras del ángel afirmando que nada hay imposible para Dios y el fiat de María, hay un espacio de libertad que puede parecer a algunos como un abismo de incertidumbre y que la Virgen atraviesa -tendiendo entre ella y Dios el puente de la confianza-. No es un salto a ciegas, en el vacío, sino un abandono en los brazos del Padre. Si María puede fiarse así de Dios, es porque ha tenido la revelación de que el Padre había puesto los ojos en la humildad de su esclava y la había revestido de la mansedumbre de su gracia. Conserva sin cesar ante sus ojos la mirada atónita y llena de ternura del Padre: ""Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso"".La confianza en el Padre del cielo es la fuente de dinamismo de la oración de María. Retirada en lo secreto de su corazón, dirigía su oración al Padre que ve en lo secreto. Como para cada uno de nosotros, su oración tuvo una doble fuente: un movimiento de respiración y de aspiración. En primer lugar, un maravillarse ante el Todopoderoso que obra en ella grandes cosas. Entonces exhala de su corazón una oración de bendición, de alabanza y de acción de gracias. Es una respiración de abandono en las manos del Padre: ""Descarga en Yavé tu peso y él te sustentará"" (Salmo 55,23)Pero hay otra fuente de oración de María: ""su confianza en Dios, dueño de lo imposible"" Su oración de súplica, es como Cristo la enseña en el Evangelio. ""Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre se os concederá"". La confianza de María que la empuja a suplicar, es también la que sostendrá a los discípulos en el cenáculo, ayudándoles a permanecer asiduos a la oración.A partir del momento en que comprenda que Dios le pide lo imposible, invitándole a consentir en una misión que supera sus posibilidades humanas, comprende que tiene que pedir luz y fuerza para responder a su proposición. Los dones de Dios son gratuitos, pero no son arbitrarios y Dios pide al hombre que colabore, primero creyendo y luego pidiendo. De aquí la invitación apremiante de Cristo en el Evangelio para que pidamos y supliquemos. ""Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá"". María suplicó como nosotros y continúa hoy intercediendo por todos los que se confían a ella.Por eso la oración de María es una oración de súplica, penetrada de alabanza y de abandono. Sabe que no hay nada imposible para Dios, le pide la gracia de ser fiel, de avanzar por los caminos aparentemente bloqueados y al mismo tiempo abandonarse a su beneplácito para que se haga en ella según su palabra.María nos educa para que pongamos nuestra confianza únicamente en Dios. San Luis María Grignion de Monfort dice que el discípulo de María, si es fiel, pone gran confianza y abandono en la Santísima Virgen, su buena maestra. No pone, como antes, su apoyo en sus disposiciones, intenciones, méritos, virtudes y buenas obras, porque habiendo hecho un sacrificio total a Jesucristo por medio de esta buena madre, ya no tiene más que un tesoro en el que están todos sus bienes, y que ya no está en él, y este tesoro es María.El verdadero hijo de la Virgen entra en una oración cada vez más sencilla. Se abandona entre las manos del Padre alabándole por sus maravillas y sabiendo que no hay nada imposible para Dios; su oración se convierte en un grito: Santa María, madre de Dios ruega por mí y por todos ahora y siempre!!!Los invito pues a consagrarse por entero a la Virgen. El día que lo hagan, no sólo con la boca, sino desde el fondo del corazón, constatarán, que el Señor puede obrar en sus vidas grandes cosas.
Si hay hombres que emplean su vida en rezar, es para mantener viva y activa esa fe que Jesús desea encontrar en el corazón de todos los suyos. Para comprender esto, hay que remontarse al corazón de la Trinidad y entender que Jesús, en cuanto hombre, ha sido el primero en orar sin cesar y sin desfallecer. El es nuestro modelo, el gran suplicante, nuestro Intercesor ante el Padre. En el corazón de los Tres, el Hijo es sin cesar colmado por el Padre; está en estado de perpetua escucha por su parte, porque él está en estado perpetuo de súplica por el suyo.Y en medio de la tierra, Jesús no dejó de proseguir esta oración, esperándolo todo de su Padre, el ser como el obrar y devolviéndole sin cesar toda la gloria y todo el gozo. Suplicaba siempre en el tiempo y era escuchado a cada instante. Por eso podía decir: Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas.Su oración era una respiración permanente, pedía el amor al Padre (por tanto, al Espíritu Santo) y al instante mismo el Padre escuchaba su petición, concediéndole el Espíritu. Su oración tenía la densidad de un instante, lo cual me permite decir que la respuesta estaba incluída en la petición. Por eso su oración era al mismo tiempo súplica y acción de gracias. Esto nos resulta difícil de comprender, porque vivimos en el tiempo y no vemos llegar lo que habíamos pedido, mientras que Jesús nos asegura que el Padre nos escucha siempre. Para nosotros, la oración está ligada al tiempo y por tanto a la perseverancia.Cuando no vemos que ocurra algo es cuando más tentados nos sentimos a bajar los brazos. Sólo la fe puede mantenernos; por esto la cuestión que atormenta a Cristo es precisamente esta: ¿encontrará fe cuando venga a la tierra? ¿encontrará hombres que se mantengan y perseveren lo suficiente en la oración para creer que han sido ya esuchados?La prueba de la fe perseverante autentifica la cualidad de la oración. Como en el perdón de las ofensas, al que la oración está ligada, se perdona una, dos, diez, setenta veces; pero un buen día se corre peligro de cesar. Por eso he sentido siempre admiración ante las palabras de K.Rahner, que me parecen la mejor definición de lo que es un hombre de oración: "Debemos ser hombres de Dios, y para decirlo más sencillamente, hombres de oración con el suficiente valor para arrojarnos en ese misterio de silencio que se llama Dios sin recibir aparentemente otra respuesta que la fuerza de seguir creyedo, esperando, amando y por tanto orando".En el fondo, cuanto más se avanza en la vida de oración, más se penetra en el misterio del silencio de Dios. Uno mismo se ve reducido al silecio; no se sabe ya lo que hay que decir, e incluso pedir. Sin embargo, se está convencido en lo más hondo de que la oración es la única cosa importante, la única a la que vale la pena consagrarle la vida.La gran cuestión es entonces la perseverancia: "Todos los cabellos de vuestra cabeza están contados" "Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas".De vez en cuando el Señor se encarga de recordarnos nuestra poca fe y nuestro miedo a la oración: Hombre de poca fe... ¡Hombre de oración! Y entonces comprendemos nuestro verdadero pecado. La fe es el único combate de la vida: seguir creyendo que el Padre nos escucha y nos atiende cuando no se ve ningún resultado.Me gusta invocar al Espíritu, pues él penetra el fondo del corazón, conoce todos mis deseos y formula al Padre una oración y una petición que corresponden a los designios de Dios. Y luego, naturalmente, está la Virgen Santísima. Jamás he recurrido tanto a ella como en estos momentos. Cada noche me despierto hacia medianoche para rezar los misterios gozosos. Creo que el Espíritu Santo y la Virgen son mis dos grandes intercesores orantes.
Si entre la multitud surge alguien que te reconoce y te llama por tu nombre, experimentas de pronto como un nuevo nacimiento; desde el momento en que una verdadera amistad nace entre dos personas, existe siempre un antes y un después, entre los cuales se puede decir: Ya no soy el mismo. Cuando abres la Biblia, ves también a hombres satisfechos o insatisfechos, santos o pecadores, a quienes el encuentro con Dios hace felices porque su vida ha encontrado de pronto un sentido nuevo. Todos aquellos a quienes Dios ha salido a su encuentro podrían decir: ¿qué sería yo sin tí que viniste a mi encuentro? Quien quiera que seas, eres el hermano de estos hombres en su aventura. Aunque fueras el mayor de los pecadores, el más desequilibrado y el más pobre, todas estas situaciones son una oportunidad que se ofrece a Dios para salir a tu encuentro. En la oración, grita este deseo de ser seducido por Dios y levanta ante El esas montañas de sufrimiento. Si oras con fe y en verdad, Dios transportará esas montañas al mar. Ora el tiempo suficientemente fuerte para que él transforme esa amargura en dulzura. En el seno de esta paz austera te descubrirás amado de Dios. Nada se le escapa, te ve en lo secreto y te ama. Deja que resuenen en tí estas palabras de Isaías: No temas, que yo te he rescatado, te he llamado por tu nombre. Tu eres mío. Si pasas por las aguas yo estoy contigo, si por los ríos no te anegarán. Si andas por el fuego no te quemarás, ni la llama prenderá en tí. Porque yo soy Yavé tu Dios, el Santo de Israel, tu salvador. He puesto por expiación tuya a Egipto, a Kus y Seba en tu lugar, dado que eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo. No temas pues, ya que yo estoy contigo. (Is 43,1-5)
Quisiera indicaros un camino de conversión y curación, no sólo legítimo, sino cálidamente recomendado por la Iglesia a todos los que tienen miedo a la conversión y a las grandes purificaciones que exige.Lo he encontrado en San Luis Grignion de Monfort y tiene un nombre muy preciso: el camino de la Virgen que nos orienta en la verdadera dirección del Espíritu: "Cuando el Espíritu Santo, dice, encuentra a la Virgen en el corazón de un hombre, corre y vuela hacia él". María es la primera cristiana en la que ha explotado la gloria y cuyo corazón de piedra se ha convertido en un corazón de carne, desde el primer momento de su concepción.Fue preservada del pecado, es decir curada de sus heridas antes de contraer la enfermedad, lo cual es el colmo del perdón. En este sentido, hay un lazo muy misterioso entre la Virgen y los pecadores por los que ella intercede: Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pobres pecadores. El Padre Kolbe la llama "la madre amorosísima a la que Dios quiso confiar todo el orden de la misericordia". San Bernardo la llama "nuestra abogada", para significar que su misión está en la línea del Espíritu.Para comprender como un pecador puede encontrar refugio junto a la Virgen, se necesita la ayuda del Espíritu Santo. Para convertirse en un pecador amable para el corazón de Dios, hay que pasar por la Virgen. Es la única que tiene de verdad el sentido del pecado pues ha sido preservada de él y sobre todo ha comprendido mejor que nadie, al pie de la cruz, lo que le había costado a Dios y a su Hijo. En este sentido es la madre de la misericordia y nos enseña a convertirnos en pecadores que ya no pecan. Por eso hay que pasar por ella para llegar a ser un pecador perdonado.Para presentarse ante Dios como un pecador que conoce su corazón misericordioso, hay que pasar por la Virgen; es un movimiento de la que ella tiene el secreto. La mejor manera de alcanzar la misericordia de Dios, es tratar con la Virgen.La Virgen nos enseña a convertirnos en pecadores que saben suplicar con dulzura. Ella nos preservará de los peligros del pecado que son reales y de los peligros de la virtud que son también peligrosos. Incluso cuando la virtud empieza a crecer en nosotros, se apresura a mostrarnos cuán pecadores somos, pero lo hace con su dulzura maternal.Jesús nos orienta sobre este camino cuando dice al apóstol Juan: "He aquí a tu Madre" (Jn 19,17)... en el seno de la cual debes entrar para hacerte niño y encontrar la puerta del Reino de los cielos.
El orante tiene por misión estar en pie delante de Dios, en su presencia. Subyacente a este ponerse en presencia de Dios, existe la convicción de que Dios conoce el corazón del hombre: "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía". Conocer a Dios o ser conocido por él, es ponerse en relación con El, ser introducido a su intimidad, experimentar su presencia, participar de su vida.Dios está cerca de tí y te ve. Dios está atento a tu oración, escucha, oye, está cerca, acoge, te da audiencia. "Pues Yavé ha oído la voz de mis sollozos. Yavé ha oído mi súplica. Yavé acoge mi oración" (Salmo 6)Dios no es tan sólo un oyente pasivo que registra tus peticiones, él te contesta y entabla un diálogo contigo: "Yo te llamo, que tú, oh Dios me respondes" (Salmo 17) "Mi corazón tu sondeas, de noche me visitas" (Salmo 17) De hecho Dios vuelve su rostro hacia tí y de este modo te salva.Muy a menudo, es por no comenzar por esta puesta en la presencia de Dios Santo y cercano por lo que tu oración se convierte en monólogo. No empleas bastante tiempo en recogerte para llegar a la oración pacificado interiormente. Antes de entrar en oración, camina con calma, respira profundamente y pon todas tus preocupaciones y cuidados en manos del Señor. Aunque pases diez minutos en tomar tan sólo conciencia de esta presencia, no habrás perdido el tiempo. Luego te abres totalmente con el Espíritu Santo que hará el resto alimentando tu diálogo con el Padre.Recuerda muy bien esto: estás delante, estás cerca, eres visto, eres escuchado, eres amado. "Pongo a Yavé ante mí sin cesar, porque El está a mi diestra, no vacilo (Salmo 16).
Estás aquí en el centro de la vida cristiana, pues todo se reduce finalmente, a descubrir la voluntad de Dios y cumplirla. Pero si es verdad que te resulta fácil discernir esta voluntad a través de los mandamientos, dudas a menudo de que puedas descubrir lo que Dios espera de tí, en particular en tu situación presente.Si quieres conocer la voluntad de Dios, la condición es "hacerte disponible", es decir, ante una opción que tengas que hacer, el rehusar o preferir tal o cual alternativa, abandonando todo prejuicio que impida a Dios el darte a conocer en que dirección quiere que te comprometas. En una palabra no debes tener ninguna idea sobre la cuestión y aceptar entrar en los planes de otro que desvía siempre los tuyos.Es tal vez la disposición fundamental para realizar una elección según Dios. Pero tal vez te hagas una pregunta: ¿cómo hacerme disponible si no lo estoy? Te diría que es preciso que te detengas, que te distancies de tí mismo y que interpeles a tu propio juicio. Son otras tantas actitudes que se viven bajo la mirada de Dios, en la oración, para descubrir las resistencias a la voluntad de Dios.Puede ocurrir que a través de esta oración, Dios te muestra claramente lo que espera de tí, pero no es ésta su costumbre; prefiere hablarte por medio de signos. No tomes demasiado pronto tus buenas intenciones por voluntades de Dios.Hay también otra manera de descubrir esta voluntad, y es interrogar a tu afectividad profunda. Si gozas de una paz duradera y de una verdadera alegría, puedes decir que los proyectos que acompañan a tus sentimientos son queridos por Dios, pues el Espíritu Santo obra siempre en la alegría, la paz y la dulzura. Si por el contrario estás triste, desanimado e inquieto, puedes suponer que el proyecto está inspirado por el espíritu del mal. No puedes tener ninguna certeza si te fías del sentimiento de un solo instante. Por el contrario, si, a lo largo de un período más o menos dilatado, tal decisión va siempre ligada a la alegría y su contraria a la tristeza, hay motivo para creer que es Dios quien te envía la consolación del Espíritu y te sugiere que realices la acción correspondiente.Con mucha frecuencia la paz se estabiliza en tu corazón después de esa opción libre. La experiencia de consolación o desolación que sigue a la elección confirmará esto último y te indicará claramente si estás en la voluntad de Dios.Poco a poco lograrás realizar elecciones verdaderamente espirituales, interpretando de manera cada vez más clara los signos de Dios, ya se trate de grandes decisiones que comprometan tu existencia o de opciones relativas a tu vida diaria. Por otra parte, esta educación de tu libertad deberá continuarse toda tu vida y cuanto más fiel seas en la respuesta a las solicitudes del Espíritu, más fácilmente descubrirás lo que te pide.
Jesús invita a todos los que le reciben a comer cara a cara con el Padre, pero pone condiciones: "Estáte presto, con tu lámpara encendida (Mt 25,7), ceñida la cintura, con el vestido de bodas (Mt 22,11)" Para eso debes velar en la oración, en el lugar oportuno (Mt 24,44) pues el dueño va a venir a buscarte tarde, a la noche o al amanecer (Lc 12,38). Debes estar pronto a marchar y dejarlo todo. Por eso debes velar y orar, con perseverancia para no perder el momento de su venida.Si quieres entrar en la comunión con Cristo, debes compartir su éxodo, abandonando el equipaje inútil y dejándolo en consigna para iniciar el camino. No tengas ningún cuidado: lo encontrarás al otro lado, a la llegada. Dios se cuida de ello, y ha contratado un servicio de recuperación por el que encontrarás todo multiplicado por cien (Lc 18,29-30). El equipaje más pesado que tienes que abandonar eres tú mismo (Lc 9,23). Deja todo y déjate guiar únicamente por la palabra de Dios (Hb 11,8)Tal vez te preguntes: ¿ por qué he de abandonar todo aquello en lo que me apoyo para ir hacia Dios? Todas estas criaturas son buenas y reflejan la imagen del Creador. Pero por muy hermosos que sean los rostros y por muy buenos que sean los seres con los que te tratas, debes abandonar todo esto. ¿es preciso dejar todo esto? Y Cristo te dice: "déjalo todo".Para comprender esto tienes que recibir una luz extremadamente profunda sobre la santidad de Dios y sobre la nada del hombre. Poco a poco, Dios apartará su mano y le verás de espalda, porque su rostro no puedes verlo. Como Moisés, cae de rodillas sobre el suelo y mantiénete en adoración.
En nuestra marcha hacia Dios, disponemos de una barca que puede avanzar a remo; es la actividad de la fe, de la esperanza y de la caridad: "Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad y la tenacidad de vuestra esperanza " (1 Ts. 1,3).Podemos también disponer de velas en la barca y que reciben el soplo del viento para avanzar más rápido y con menos fatiga: son los dones que disponen permanentemente para recibir la inspiración del Espíritu Santo. En la vida espiritual, se da un momento en el que experimentamos nuestra impotencia para avanzar hacia Dios y en el que se abandonan todas las palancas de mando al Espíritu Santo.El windsurfing es el deporte de la tabla a vela, capaz de soportar el peso de un hombre sobre el mar, con una vela que éste debe manejar para captar el viento y recorrer kilómetros dejándose llevar; es como caminar sobre las aguas, igual que Pedro en el evangelio. Realizan esfuerzos para hacerse pasivos bajo el soplo del viento. Es lo que Pablo llama obediencia de la fe, o la fidelidad a las mociones del Espíritu. Pero no es sólo cuestión de esfuerzos, sino de Dios que tiene Misericordia.Hay que hacer un acto de fe en el poder del Espíritu que nos enseña a practicar lo imposible y a andar sobre las aguas, y un acto de esperanza en la ayuda cotidiana de Dios.Ahí es donde hay que calcular el gasto y poner el esfuerzo, pues, adoptando esta actitud, hay resultados espectaculares. Aquí hay que luchar para hacerse dócil, no oponerse a la acción del viento y dejarse llevar.En el fondo el cristiano experimenta que no se puede apoyar en sí mismo sino en Dios. Pone entonces su fe en el Espíritu Santo y se confía a su omnipotencia. Entonces el don de piedad filial le empuja a recurrir al Padre que ve y sabe, cada vez que se encuentra en un callejón sin salida. Comprende entonces que la cima de la santidad está en la oración de súplica. En este sentido se siente empujado a la oración continua de acuerdo a la palabra de Cristo en el evangelio: "Es preciso orar siempre sin desfallecer". El don de piedad es por eso fuente de la oración continua.La condición para recibir el Espíritu Santo es creer en esta promesa y esperarle en oración. Esperar el Espíritu prometido por el Padre, deseándole interiormente, es la única cosa que podemos hacer hoy con certeza y en esto consiste la oración.
En nuestra marcha hacia Dios, disponemos de una barca que puede avanzar a remo; es la actividad de la fe, de la esperanza y de la caridad: "Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad y la tenacidad de vuestra esperanza " (1 Ts. 1,3).Podemos también disponer de velas en la barca y que reciben el soplo del viento para avanzar más rápido y con menos fatiga: son los dones que disponen permanentemente para recibir la inspiración del Espíritu Santo. En la vida espiritual, se da un momento en el que experimentamos nuestra impotencia para avanzar hacia Dios y en el que se abandonan todas las palancas de mando al Espíritu Santo.El windsurfing es el deporte de la tabla a vela, capaz de soportar el peso de un hombre sobre el mar, con una vela que éste debe manejar para captar el viento y recorrer kilómetros dejándose llevar; es como caminar sobre las aguas, igual que Pedro en el evangelio. Realizan esfuerzos para hacerse pasivos bajo el soplo del viento. Es lo que Pablo llama obediencia de la fe, o la fidelidad a las mociones del Espíritu. Pero no es sólo cuestión de esfuerzos, sino de Dios que tiene Misericordia.Hay que hacer un acto de fe en el poder del Espíritu que nos enseña a practicar lo imposible y a andar sobre las aguas, y un acto de esperanza en la ayuda cotidiana de Dios.Ahí es donde hay que calcular el gasto y poner el esfuerzo, pues, adoptando esta actitud, hay resultados espectaculares. Aquí hay que luchar para hacerse dócil, no oponerse a la acción del viento y dejarse llevar.En el fondo el cristiano experimenta que no se puede apoyar en sí mismo sino en Dios. Pone entonces su fe en el Espíritu Santo y se confía a su omnipotencia. Entonces el don de piedad filial le empuja a recurrir al Padre que ve y sabe, cada vez que se encuentra en un callejón sin salida. Comprende entonces que la cima de la santidad está en la oración de súplica. En este sentido se siente empujado a la oración continua de acuerdo a la palabra de Cristo en el evangelio: "Es preciso orar siempre sin desfallecer". El don de piedad es por eso fuente de la oración continua.La condición para recibir el Espíritu Santo es creer en esta promesa y esperarle en oración. Esperar el Espíritu prometido por el Padre, deseándole interiormente, es la única cosa que podemos hacer hoy con certeza y en esto consiste la oración.
El cristiano continúa la psicología de Cristo, desgarrado entre la gloria y la tiniebla. Pero al comienzo no siente nada, sino la desesperación de ser un pecador, al mismo tiempo que sostenido por una confianza imperceptible, hasta el momento en que Cristo se manifiesta de una u otra manera; comprende entonces que su desgracia viene precisamente de que arde de amor al mismo tiempo que sigue siendo un pecador.Jesús le libera inflamando su corazón. Como este proceso es largo, necesita toda su confianza para entregarle un corazón de carne. Los que se dejan conmover por el espectáculo de Cristo crucificado y glorificado muestran que han recibido un corazón de carne, aunque sea muy débil, en su corazón de piedra. Si son fieles, este corazón de carne arderá, aunque en el interior del corazón de piedra.Por eso, de lo más profundo del corazón de piedra, surge la fuente del Espíritu Santo que podrá regar nuestro ser. Es algo más profundo que nuestro entendimiento, que nuestra intuición e incluso que nuestra voluntad. Bastaría que nos dejásemos caer en este abismo para ser devorados por Dios. Es un abismo de paz, de dulzura, de plenitud, de felicidad y también de soledad. En el momento en que un hombre descubre este lugar, descubre también el centro de su vida y esta fuente puede empapar su entendimiento, su voluntad y su afectividad. Es capaz de conservar la paz en las complicaciones de su vida y de ofrecer a sus hermanos un rostro pacífico. Este hombre ha encontrado la intimidad con Dios que vive en él; es feliz y vive en paz y por eso es capaz de amar a los demás.Desde ese momento actúa en nosotros la fuente del Espíritu; ya no somos nosotros los que nos afanamos por nuestra santificación. Cuando se libera esa fuente, hay que abandonarse a ella para que impregne todo nuestro ser. Es ciertamente el vigor eterno del Espíritu el que fortifica nuestros cuerpos débiles. Es una obra de curación desde el interior que se realiza sin que nosotros nos demos cuenta, si aceptamos abandonarnos al poder transformante del Espíritu.Se habla de una fuente, pero podríamos hablar también de un fuego de acuerdo a la palabra de Cristo "He venido a arrojar fuego sobre la tierra". La verdadera luz está en el interior y a fuerza de suplicar, conseguirá transformarnos completamente. El verdadero esfuerzo es interior, pertenece a Dios y es obra del Espíritu Santo. --El Espíritu es el que da vida--. El Espíritu Santo, presente en lo más íntimo del corazón, es la fuente de la santidad. Las obras exteriores vendrán después suscitadas por el fuego que llevamos en nosotros.A partir del momento en que un hombre ha adquirido verdadera conciencia de que lleva en él el fuego de la zarza ardiendo o el agua viva prometida por Jesús a la samaritana, está "amenazado" por la santidad. En definitiva, sólo eso puede decidirle a amar la humildad, la pureza de corazón, la pobreza y la misericordia, en una palabra, el ser seducido por las bienaventuranzas.No hay nada más importante que esta música que es también un perfume, una belleza, en una palabra el fuego del Espíritu Santo."" Lo que puedo deciros es: orad, orad intensamente ante la cruz, ofreciendo a Jesús crucificado vuestras penas más secretas y recibiréis esta herida del Espíritu."" Sé que si un rayo de la Trinidad llega a tocar un corazón humano, este corazón es repentinamente y totalmente invadido. La vida trinitaria se enciende entonces bajo la acción del Espíritu Santo.Hay que ponerse de verdad bajo la dirección del Espíritu Santo, aceptando abrazar la vida real que el Señor nos propone en las condiciones concretas de nuestra historia. El secreto de tal paz se apoya siempre en dos polos: la fe en el poder del Espíritu y la aceptación humilde y alegre de nuestra condición de criaturas. Hay que permanecer sumergidos en lo cotidiano, tal como es, pues es ahí, en el corazón de nuestra vida, en el combate de la redención, donde el Espíritu Santo obra y modela nuestro rostro de santidad a partir de nuestra propia existencia real.
En la Cena, hay todavía un gesto capital: "Tomad y comed todos... bebed todos de él". Al invitarte a comer su Cuerpo y a beber su sangre, Jesús te compromete en su sacrificio. Te invita a entrar con él y en él la ofrenda que hace de su vida al Padre. Ese mismo es el sentido de las palabras de Jesús que tu has orado un poco más arriba: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga". Es también el sentido de la pregunta de Jesús a los hijos de Zebedeo: "¿Podéis beber mi cáliz?.Si aceptas compartir su cáliz, debes ir hasta el extremo del don de ti mismo como Jesús. "Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".Después de haber contemplado la Cena, tienes que descubrir el sentido de tus eucaristías de cada día. No puedes comer este pan y beber este cáliz sin desear con todas tus fuerzas compartir el sacrificio de Cristo. Se puede preguntar si tantos años de vida litúrgica con todas las reformas que has conocido no te han hecho perder el fruto espiritual de la Eucaristía: el don de Cristo bajo la forma de su palabra y de su cuerpo. Lo que constituye el sacrificio de la Alianza, es el Señor Jesús, pues el banquete de la eucaristía es el de un cuerpo entregado y de una sangre derramada. No te basta con participar de la Eucaristía por medio de los gestos, además tienes que compartir el compromiso de Jesús, que entrega su vida al Padre amando a los suyos hasta el fin; si no vives el signo y no la realidad.¿Has tomado conciencia de este don que te hace Cristo de su Cuerpo glorificado? Es toda la fuerza de su amor la que se apodera de lo más íntimo de tu ser. Te da su vida y por ella te hace participar en el diálogo de amor que le une al Padre. Jesús lo dirá con claridad en el discurso sobre el pan de vida: "Lo mismo que me ha enviado el Padre que vive y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí".Pero hay aún más: es la manera como Cristo te encuentra y te entrega su Cuerpo. No viene a ti de una manera estática. Viene para renovar en ti su Encarnación redentora y para reproducir en ti este movimiento que le lleva a su Padre devolviéndole la humanidad convertida en su propio Cuerpo. En la eucaristía la unidad del Cuerpo se realiza y se convierte en Jesús en ofrenda al Padre.A lo largo de esta contemplación, debes pedir al Espíritu Santo (es el sentido de la segunda epiclesis) que te asimile al sacrificio de Jesús, enseñándote a entregar tu vida al Padre: "Que él (Espíritu Santo) nos transforme en ofrenda permanente para que gocemos de tu heredad". Jesús te enseña así a entregarte, no sólo en la misa sino en los detalles de cada día, por un abandono total al Padre en todos los avatares de tu vida. La Eucaristía es el acto supremo de la caridad de Jesús, que transforma tu corazón para hacer de tu existencia un acto de amor al Padre y a los hermanos.En la Eucaristía, tu vida se convierte en el verdadero sacrificio espiritual del que habla Pablo: "os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual". Tu vida adquiere una dimensión eterna cuando se ofrece al Padre con la de Cristo. La más pequeña de tus acciones, si expresa de verdad tu amor al Padre y a los hermanos, es una oración de alabanza, de adoración y de intercesión; es un sacrificio espiritual.Pero sábete también que no se edifica lo eterno con cosas insignificantes; para que tu vida se convierta en oración, es preciso pues que sea auténtica y que exprese la entrega real de ti a los demás.Toda tu vida se convierte entonces en oración. La oración de Cristo, era la oblación de su vida en el sacrificio de la Cruz. Cristo oraba en todas partes y siempre, pues, cumpliendo la voluntad del Padre, no hacía sino manifestar entre los hombres su diálogo incesante y secreto con su Padre. Tienes la seguridad de que es acogida por Aquel que ha glorificado a su Hijo; en una palabra, te une íntimamente al misterio de la Santísima Trinidad. En la Eucaristía, la ofreces de una manera global y en tu vida concreta la entregas gota a gota en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Sé sincero en la oblación y no hurtes nada a tu holocausto.
En la Cena, hay todavía un gesto capital: "Tomad y comed todos... bebed todos de él". Al invitarte a comer su Cuerpo y a beber su sangre, Jesús te compromete en su sacrificio. Te invita a entrar con él y en él la ofrenda que hace de su vida al Padre. Ese mismo es el sentido de las palabras de Jesús que tu has orado un poco más arriba: "Si alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz y me siga". Es también el sentido de la pregunta de Jesús a los hijos de Zebedeo: "¿Podéis beber mi cáliz?.Si aceptas compartir su cáliz, debes ir hasta el extremo del don de ti mismo como Jesús. "Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".Después de haber contemplado la Cena, tienes que descubrir el sentido de tus eucaristías de cada día. No puedes comer este pan y beber este cáliz sin desear con todas tus fuerzas compartir el sacrificio de Cristo. Se puede preguntar si tantos años de vida litúrgica con todas las reformas que has conocido no te han hecho perder el fruto espiritual de la Eucaristía: el don de Cristo bajo la forma de su palabra y de su cuerpo. Lo que constituye el sacrificio de la Alianza, es el Señor Jesús, pues el banquete de la eucaristía es el de un cuerpo entregado y de una sangre derramada. No te basta con participar de la Eucaristía por medio de los gestos, además tienes que compartir el compromiso de Jesús, que entrega su vida al Padre amando a los suyos hasta el fin; si no vives el signo y no la realidad.¿Has tomado conciencia de este don que te hace Cristo de su Cuerpo glorificado? Es toda la fuerza de su amor la que se apodera de lo más íntimo de tu ser. Te da su vida y por ella te hace participar en el diálogo de amor que le une al Padre. Jesús lo dirá con claridad en el discurso sobre el pan de vida: "Lo mismo que me ha enviado el Padre que vive y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí".Pero hay aún más: es la manera como Cristo te encuentra y te entrega su Cuerpo. No viene a ti de una manera estática. Viene para renovar en ti su Encarnación redentora y para reproducir en ti este movimiento que le lleva a su Padre devolviéndole la humanidad convertida en su propio Cuerpo. En la eucaristía la unidad del Cuerpo se realiza y se convierte en Jesús en ofrenda al Padre.A lo largo de esta contemplación, debes pedir al Espíritu Santo (es el sentido de la segunda epiclesis) que te asimile al sacrificio de Jesús, enseñándote a entregar tu vida al Padre: "Que él (Espíritu Santo) nos transforme en ofrenda permanente para que gocemos de tu heredad". Jesús te enseña así a entregarte, no sólo en la misa sino en los detalles de cada día, por un abandono total al Padre en todos los avatares de tu vida. La Eucaristía es el acto supremo de la caridad de Jesús, que transforma tu corazón para hacer de tu existencia un acto de amor al Padre y a los hermanos.En la Eucaristía, tu vida se convierte en el verdadero sacrificio espiritual del que habla Pablo: "os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual". Tu vida adquiere una dimensión eterna cuando se ofrece al Padre con la de Cristo. La más pequeña de tus acciones, si expresa de verdad tu amor al Padre y a los hermanos, es una oración de alabanza, de adoración y de intercesión; es un sacrificio espiritual.Pero sábete también que no se edifica lo eterno con cosas insignificantes; para que tu vida se convierta en oración, es preciso pues que sea auténtica y que exprese la entrega real de ti a los demás.Toda tu vida se convierte entonces en oración. La oración de Cristo, era la oblación de su vida en el sacrificio de la Cruz. Cristo oraba en todas partes y siempre, pues, cumpliendo la voluntad del Padre, no hacía sino manifestar entre los hombres su diálogo incesante y secreto con su Padre. Tienes la seguridad de que es acogida por Aquel que ha glorificado a su Hijo; en una palabra, te une íntimamente al misterio de la Santísima Trinidad. En la Eucaristía, la ofreces de una manera global y en tu vida concreta la entregas gota a gota en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Sé sincero en la oblación y no hurtes nada a tu holocausto.
Sobre el examen de conciencia de San Ignacio.El examen tal como lo entiende San Ignacio es un tiempo de oración. No es una reflexión vacía sobre uno mismo, sino una oración en la que el hombre repasa, a través de la memoria del corazón, bajo la mirada del Padre, la película de su vida. En la oración, el Padre nos revela, al ritmo que él quiere la ordenación de nuestra vida en Cristo. El Espíritu de Jesús resucitado, presente en el corazón del creyente, le hace capaz de sentir y entender esta interpelación para conducirle a la obediencia de la fe de la que habla San Pablo. El trabajo del examen es sentir e identificar estas invitaciones íntimas del Señor que guían y profundizan cada día nuestra adhesión a Cristo. Entendido así, el examen es ante todo "oración".Es el recuerdo incesante de la acción del Espíritu Santo en el corazón. Se sitúa en el plano de la perfecta disponibilidad de una persona a la acción de Dios. Se trata de ponerse en la corriente del Espíritu Santo para dar aun mayor pie a su acción después de los inevitables desfallecimientos.Contiene 5 puntos.Pedir Luz:Como primer punto de examen San Ignacio propone la acción de gracias y luego pedir luz. Se trata de lanzar una mirada en mi vida guiado por el Espíritu Santo y de responder valerosamente a la llamada que Dios me hace sentir en mi interior. De este modo, el examen no será tan sólo un proceso de memoria y de análisis sobre el día transcurrido, sino una mirada de fe sobre lo que Dios hace en nosotros.Sin la gracia del Padre que nos atrae hacia Jesús y quiere revelarlo, esta mirada es imposible. San Ignacio insiste mucho en el hecho de pedir la gracia. Es preciso velar para no dejarse encerrar en las potencias naturales. En el mundo de Dios hay que pedir para recibir y acoger. Esta es la razón por la que empezamos el examen pidiendo explícitamente la iluminación. Que el Espíritu Santo se digne ayudarme y verme un poco a mí mismo como él me ve.Dar gracias por los dones recibidos:La condición del cristiano en medio del mundo es la de un pobre que no posee nada y sin embargo está colmado en cada momento a través de todas las cosas. Es bueno aquí descubrir y valorar el menor don recibido para devolverlo al Señor en la acción de gracias. Incluso hay que hacer "eucaristía" con nuestras debilidades y miserias. Tal vez, en la espontaneidad del momento, no hemos tenido conciencia del don recibido, y ahora, este ejercicio de oración refleja, vemos bajo otra luz los dones de Dios a lo largo de la jornada. Esta gratitud debería dedicarse a los dones concretos y personales con los que cada uno somos regalados.Revisar nuestros actos como respuesta:Nuestro principal cuidado aquí, es ver lo que ha sucedido en nosotros, que trabajo ha realizado Dios, que nos ha pedido. Sólo en segundo lugar hemos de considerar nuestras acciones. Es preciso pues que hayamos estado atentos a nuestros sentimientos interiores, a nuestras disposiciones íntimas, a las delicadísimas presiones del Espíritu en nuestra vida espiritual.. Aquí , en el corazón de nuestra afectividad, es donde Dios se mueve y trata con nosotros de la manera más íntima. Hay que pasar por la criba del discernimiento para reconocer la llamada de Dios en el corazón de nuestro ser. Debemos desarrollar en nosotros una actitud de atención y escucha haciendo callar todos los demás circuitos.Una contricción real:Ignacio dice: " Pedir perdón a Dios de las faltas" ¿hemos reconocido la acción de Dios, su llamada en el corazón de nuestra vida? Muy a menudo nuestra actividad toma el mando y perdemos el sentido de la respuesta. Nos hacemos auto-activos y auto-motivados, más bien que movidos y motivados por el Espíritu. A la luz de la fe, es la calidad de la actividad como respuesta, más que la actividad misma, la que cuenta para el reino de Dios.Entonces se produce una recreación del ser, una liberación interior del corazón. De ahí es de donde nace la primera verdadera contricción. Que gracia más grande, que fuente de alegría continua en el Espíritu Santo es la verdadera contricción evangélica. Descubrimos al mismo tiempo el rostro del Padre, su misericordia y tomamos conciencia de nuestra debilidad. La misericordia y la contricción descubren el lugar del corazón y hacen brotar la oración.Una conversión concreta:"Proponer enmienda con su gracia" Esto nos lleva a reflexionar sobre lo que San Ignacio llama examen particular., encuentro personal, respetuoso y leal con el Señor en nuestros corazones.Cuando nos despertamos de verdad al amor de Dios, comenzamos a darnos cuenta de las cosas que deben cambiar. ¡Tropezamos en tantos sectores y tenemos que despojarnos de tantos defectos! Pero el Señor no nos pide que lo hagamos de un sólo golpe. Habitualmente, tenemos en el corazón una zona, en la que, especialmente, nos llama a la conversión, la cual es siempre el comienzo de una vida nueva. Hay un "rincón" en nosotros en el que nos da con el codo y nos recuerda que, si somos serios con él, esto debe cambiar.Es a menudo el punto que nosotros queremos olvidar y tal vez acometer más tarde. No queremos escuchar la Palabra de Dios, preferimos olvidarnos y distraernos trabajando en otro rincón más seguro, que nos pide conversión, pero no con la misma urgencia. Trabajamos en un punto y Dios quiere precisamente otra cosa.Sólo el Espíritu Santo puede disolver los obstáculos para la acción de Dios en nosotros. Vale más tomarse tiempo a su Luz para conocer que examen particular espera Dios de nosotros, que entregarnos arbitrariamente a combatir tal o cual imperfección.El objeto de esta conversión puede durar largo tiempo. Lo importante es que percibamos esta especie de interpelación como venida de El. Esta conversión no alcanza habitualmente a muchos puntos sino a uno preciso de nuestra vida, muy a menudo a nuestro alcance y se expresa generalmente en actos de renuncia.El valor del acto no descansa en su importancia, sino en el aspecto de obediencia al Espíritu que nos lo propone. Cuando esta atención particular se toma como una experiencia personal del amor que el Señor tiene para con nosotros (cualquiera que sea la forma: por ejemplo una llamada a una humildad más verdadera o a una disponibilidad más abierta o a admitir a los demás tal como son) entonces comprendemos que San Ignacio nos sugiera aplicar a ello toda nuestra conciencia en esos dos momentos importantes de cada jornada: al empezarla y al terminarla. Es preciso comenzar por hacer este examen de una manera sistemática para que se convierta enseguida en un movimiento natural de nuestro corazón, una especie de movimiento constante y purificador del Señor Jesús en lo más íntimo de nuestra vida, según la hermosa fórmula de San Alonso Rodríguez:"Cuando sufro una amargura en mí, la pongo entre Dios y yo y oro hasta que la transforma en dulzura".-
ESPÍRITU SANTO 1. "Tú penetras, Señor, el corazón de todo hombre, tú conoces los deseos de cada uno y nada te está oculto; dígnate purificar los pensamientos de nuestros corazones y derrama tu Espíritu Santo, a fin de que nuestro amor sea perfecto y nuestra alabanza digna de ti. Por Jesucristo, nuestro Señor" (2.a oración, Misa votiva del Espíritu Santo). 2. "Tú que sabes lo que cada uno necesita y se lo das en cada momento, tú velas por tu Iglesia, tú orientas sus pasos. Tu Espíritu es el que la sostiene y la mantiene fiel, para que no olvide nunca suplicarte en medio de las pruebas, ni darte gracias en las alegrías, por Cristo, nuestro Señor" (prefacio de la Misa votiva del Espíritu Santo). 3. "Señor Dios nuestro, tú que has renovado nuestras fuerzas dándonos el verdadero pan del cielo: haz que la dulzura de tu Espíritu penetre hasta el fondo de nuestro corazón, para que obtengamos un día los bienes de la eternidad, de los que tenemos ya un anticipo en esta comunión" (poscomunión, Misa votiva del Espíritu Santo). 4. Al ponerte en oración, has de estar convencido de esta verdad fundamental: "No sé orar como conviene" (Rom 8,26). De no comenzar por esta confesión, te harás la ilusión de que sabes orar; mientras que confesando tu impotencia estarás en la verdad y declararás que sólo el Espíritu Santo puede venir a orar en ti. Permanece convencido de esto hasta el final de tu vida. Suplica al Espíritu, como lo dice el prefacio, y entonces tendrás un gusto anticipado del cielo, lo cual es la oración.5. Llama al Espíritu Santo en tu ayuda con palabras "tuyas"; pero si "no tienes palabras para orar como dice Pablo (Rom 8,26), entonces llámale con las palabras que la liturgia pone en tus labios. ¿acaso puede un padre dar una piedra a su hijo que le pide pan? Entonces, tu Padre del cielo te dará seguramente el Espíritu Santo. 6. Mas un día el Espíritu Santo surgirá desde dentro, iluminará tu mirada y comprenderás la verdad de estas palabras: "Tú penetras, Señor, el corazón de todo hombre, tú conoces los deseos de cada uno y nada te está oculto". Al mismo tiempo sentirás la dulzura del Espíritu penetrar hasta el fondo de tu corazón y conseguirás un anticipo del cielo. 7. De todos los sufrimientos de la tierra, el más profundo es el comienzo del cielo en tu alma. En el fondo, hacer oración significa aceptar que la dulzura del Espíritu afronte en tu corazón el dolor de la tierra y que el cielo se precipite sobre tu cabeza.8. Ves también hasta qué punto la oración es un misterio que escapa a nuestro conocimiento, e incluso a nuestra experiencia. A veces te sentirás fascinado por la mirada del Padre o de Cristo y permanecerás subyugado por sus miradas durante horas; a veces no ocurrirá nada al exterior, pero todo tu ser, comenzando por tu corazón, estará como impregnado y saturado por la dulzura del Espíritu. Deja que Dios se te revele como lo quiere.9. ¿Te has fijado en el anciano Simeón? Es el modelo de los hombres de oración. El Espíritu Santo descansa en él y le mueve todos los días a ir al templo a esperar al mesías del Señor. Un día ve recompensada su fidelidad y el Espíritu Santo le advierte que va a ver y a tener en sus brazos al salvador. Y se realiza para él y para todos los justos la profecía que alimenta y sostiene toda su oración: los hombres que oran reciben la seguridad y la certeza de que no morirán antes de haber visto a Cristo, como cantan nuestros hermanos de Oriente: "Hemos visto la luz verdadera". Por su parte, san Lucas escribe: "El Espíritu Santo le había manifestado que no vería la muerte antes de ver al mesías del Señor" (Lc 2,26). Jesús lo dirá también antes de su transfiguración: "Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver el reino de Dios" (Lc 9,27). 10. Así pues, algunos hombres reciben la seguridad de ver a Cristo antes de morir. En un destello fugitivo, gozan ya del reino de Dios por anticipado. De una manera inequívoca experimentan interiormente la presencia espiritual del Señor Jesús como vida eterna que se comunica a todo su ser y como luz que brilla en medio de las tinieblas del mundo y de las pasiones. Eso es lo que les está prometido a quienes perseveren incansablemente en la oración. El día en que ven a Cristo quedan recompensados de los muchos años de espera y de deseo. Poco importa que lo vean o lo sientan interiormente; es siempre el mismo efecto de la oración. 11. "Espíritu Santo, ven en ayuda de mi flaqueza, pues no sé orar como es debido; ven a orar en mi con gemidos inenarrables. Y tú, Padre, que ves el fondo de los corazones; tú sabes cuál es la oración del Espíritu en nosotros y que esta oración responde a tus deseos" (según Rom 8,26-27). 12. Cuando reces al Espíritu Santo no intentes representártelo, pues no tiene forma, ni rostro; es esencialmente impulso, movimiento, y no sabes ni de dónde viene ni adónde va. Le reconocerás por lo que obra en ti. Si quieres saber lo que hace en todo ser, interroga a la liturgia: mora, ora, consuela, cura, refresca, ablanda, calienta, suaviza, fortalece... Mas no te esfuerces en imaginar lo que puede hacer en ti; te dispersarías, limitando entonces su acción infinita. Llámale pura y simplemente, como el sediento al borde de la fuente de agua viva. No te costará trabajo reconocer su venida, porque quedará calmada tu sed de Dios; mas no se te apagará, porque el Espíritu abrirá en ti un deseo infinito de Dios. Luego, no hagas nada más; permanece en silencio y deja que el Espíritu ore en ti misteriosamente. La mayor parte del tiempo no verás ni sentirás nada. Solamente un silencio profundo inundará entonces tu alma...; no estás lejos del Reino. La fe es el "sentido" más seguro para tocar a Dios. 13. Cuando Jesús te invita a orar al Padre en secreto, te pide simplemente que te pongas bajo su mirada y que le reces con confianza y seguridad. El Padre sabe lo que necesitas, y te lo dará. Ese es el primer consejo (Mt 6,6) en el evangelio a propósito de la oración. Hay otro más, en el que Jesús insiste reiteradamente en la parábola del amigo importuno (Lc 11,5-13) y de la viuda impertinente (Lc 18,18). Advierte que insiste con gran fuerza en este segundo consejo, ratificándolo con una expresión que afirma su verdad y su importancia: "Pues yo os digo". En la oración debes pedir, llamar y buscar incansablemente, sin preocuparte por ser importuno y romper los oídos de tu amigo o del juez. Esta segunda actitud es lo que yo llamo la súplica. 14. ¿Te has fijado también en que esta súplica mira siempre al don del Espíritu Santo? Luego tu relación con el Espíritu Santo es un lazo de llamada, de repetición y de súplica. Como conclusión de la parábola del amigo que cede, Jesús dice claramente que el fin último de la oración es el don del Espíritu. Él es lo que pides y buscas, y debes llamar a la puerta del Padre para recibirlo: "Luego si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre celeste dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan" (Lc 11,13). 15. Comprendes ahora que en la oración la súplica es todo. Casi me atrevería a decir que es la única pregunta que hay que hacer al que quiere aprender a rezar y la piedra de toque de toda vida cristiana. Si hoy se da una renovación de la oración, se puede preguntar si esa oración está penetrada por la súplica. No es posible dar una respuesta válida al que no quiere ponerse de rodillas para orar. 16. La imposibilidad de suplicar a veces te puede perturbar. Hay en ti (como en todos nosotros) alguien que dice "no" a la súplica. Secretamente, no quieres pedir al que ocupa el primer lugar lo que deseas darte tú mismo. Suplicar de rodillas es reconocer que ocupas el segundo lugar. Escribe un autor inglés, Charles Williams, en Morgan: "No sé quién ocupa el primer lugar; pero sé que en la hora final estaré en el segundo... Por eso arrodillarse es moralmente necesario al hombre". En este terreno no hay tres o cuatro puestos; no hay más que dos: el primero está ocupado por Dios, y el segundo por el hombre. Si aceptas esto, te librarás del orgullo, y por tanto de la imposibilidad de suplicar. 17. Ahora puedes comprender por qué el padre De Foucauld tuvo la pasión de buscar el último lugar después de su conversión. Esa humildad era fruto de una oración que le había aconsejado el sacerdote Huvelin: "Dios mío, si existes, enséñame a conocerte". Dios le oyó y escuchó su súplica. Desde aquel momento, el hermano Charles sabía que Dios existía y que él estaba en el segundo lugar, es decir, en el último. Si has comprendido esto realmente, has comprendido también la necesidad de la oración incesante. 18. ¿Ocupa Dios en tu vida el primer puesto, como lo pide san Ignacio en el fundamento de los Ejercicios: "Has sido creado para adorar, alabar y servir a Dios"? Si Dios está para ti en el primer lugar, en una palabra, si es tu creador, tomarás tu existencia en serio y normalmente desearás orar todo el tiempo. 19. Eres monje si tienes el deseo de orar todo el tiempo. Aunque reces materialmente las veinticuatro horas del día, sin ese deseo de orar en todo tiempo no rezas. En cambio, si oras un cuarto de segundo por hora con ese deseo punzante de orar siempre, entonces eres un monje. Poco importa que estés en un monasterio o en medio del mundo, inmerso en el ajetreo de la vida; vives el monaquismo interiorizado. Dicho esto, ese deseo puede ser desesperado. Pocos hombres se sienten capaces de él, por lo demás sin imprudencia. Otra cosa es la ejecución. Debes ser loco de deseo y sensato en su realización. Vales cuanto vale tu deseo.20. Ves lo que la oración pone en juego en tu vida en el momento en que comprendes que Dios ocupa el primer lugar. Te arrodillas o no. Pienso aquí en esa actitud profunda del corazón que te mueve a arrodillarte y a depender de Dios. 21. Desearías orar y no puedes. Ése es el primer grado de la humildad: la posibilidad de orar al que ocupa el primer lugar, es decir, el Creador, y no a una potencia superior con la que te relacionas. A veces veo con gran dolor que nuestra generación está dominada por una negativa terrible a depender de Dios al estilo de: "Dios no nos pide que dependamos, sino que nos liberemos y nos realicemos". 22. Te sentirás tentado a objetar que lo que digo es utópico, por la sencilla razón de que no somos ángeles: están la falta de tiempo, las distracciones, el cansancio y las pruebas que te impiden orar. Todo eso es cierto en el nivel técnico de las causas segundas, pero no afecta para nada al núcleo central del corazón que se encuentra en estado de súplica. Estás distraído en la oración como lo estás por el ruido de los coches que pasan por la carretera mientras escuchas una pieza de música apasionante. La música sigue atrayéndote, aun que te moleste el ruido. De la misma manera, la oración sigue siempre presente, la dulce voz de Dios continúa murmurando en ti, aunque haya ruido fuera, y sobre todo dentro, los ruidos de tus fieras interiores. El día en que te sientas constantemente molesto en la oración por ti mismo, tus pasiones y tus pecados, y que ese ruido sea al mismo tiempo una cruz permanente, entonces rezarás todo el tiempo.23. Estoy persuadido de que la oración es la solución de todos los problemas de la vida, a condición de que no le pidas ser una solución de los problemas de la vida, sino, al revés, aquello por lo que es preciso vivir. No rezas para vivir, sino para rezar. Has de vivir para orar (ése es el sentido de las palabras antes citadas a propósito de la curación que nos hace vivir para orar); no orar para salvarte, sino para orar, pues presientes que la oración es lo que le da sabor a la vida y que, fuera de ella, la vida es insípida. 24. A primera vista, este impulso hacia Dios que dura un cuarto de segundo no es difícil. Piensa en un abogado que solicita gracia para un condenado Basta que reconozcas que no puedes valerte por ti solo y que esperes que venga otro a salvarte. Entonces lanzas llamadas de socorro, como el náufrago a la vista de un barco; eso es lo que yo llamo la súplica inspirada por el Espíritu Santo. Es un movimiento muy simple, que consiste en buscar a Dios a través del dolor, el sufrimiento y a veces en el peligro: "Dar gracias en las alegrías y suplicar en la prueba". 25. Buscar el contacto con Dios a través de la angustia y la desesperación es un gran secreto. Dios se presenta entonces como el refugio, la salvación, el padre o la madre que nos rodean con su presencia y su ternura; ellos te comprenden y te salvan. . He ahí por qué Cristo te dice: "Hay que orar siempre sin desfallecer."
ESPÍRITU SANTO 1. "Tú penetras, Señor, el corazón de todo hombre, tú conoces los deseos de cada uno y nada te está oculto; dígnate purificar los pensamientos de nuestros corazones y derrama tu Espíritu Santo, a fin de que nuestro amor sea perfecto y nuestra alabanza digna de ti. Por Jesucristo, nuestro Señor" (2.a oración, Misa votiva del Espíritu Santo). 2. "Tú que sabes lo que cada uno necesita y se lo das en cada momento, tú velas por tu Iglesia, tú orientas sus pasos. Tu Espíritu es el que la sostiene y la mantiene fiel, para que no olvide nunca suplicarte en medio de las pruebas, ni darte gracias en las alegrías, por Cristo, nuestro Señor" (prefacio de la Misa votiva del Espíritu Santo). 3. "Señor Dios nuestro, tú que has renovado nuestras fuerzas dándonos el verdadero pan del cielo: haz que la dulzura de tu Espíritu penetre hasta el fondo de nuestro corazón, para que obtengamos un día los bienes de la eternidad, de los que tenemos ya un anticipo en esta comunión" (poscomunión, Misa votiva del Espíritu Santo). 4. Al ponerte en oración, has de estar convencido de esta verdad fundamental: "No sé orar como conviene" (Rom 8,26). De no comenzar por esta confesión, te harás la ilusión de que sabes orar; mientras que confesando tu impotencia estarás en la verdad y declararás que sólo el Espíritu Santo puede venir a orar en ti. Permanece convencido de esto hasta el final de tu vida. Suplica al Espíritu, como lo dice el prefacio, y entonces tendrás un gusto anticipado del cielo, lo cual es la oración.5. Llama al Espíritu Santo en tu ayuda con palabras "tuyas"; pero si "no tienes palabras para orar como dice Pablo (Rom 8,26), entonces llámale con las palabras que la liturgia pone en tus labios. ¿acaso puede un padre dar una piedra a su hijo que le pide pan? Entonces, tu Padre del cielo te dará seguramente el Espíritu Santo. 6. Mas un día el Espíritu Santo surgirá desde dentro, iluminará tu mirada y comprenderás la verdad de estas palabras: "Tú penetras, Señor, el corazón de todo hombre, tú conoces los deseos de cada uno y nada te está oculto". Al mismo tiempo sentirás la dulzura del Espíritu penetrar hasta el fondo de tu corazón y conseguirás un anticipo del cielo. 7. De todos los sufrimientos de la tierra, el más profundo es el comienzo del cielo en tu alma. En el fondo, hacer oración significa aceptar que la dulzura del Espíritu afronte en tu corazón el dolor de la tierra y que el cielo se precipite sobre tu cabeza.8. Ves también hasta qué punto la oración es un misterio que escapa a nuestro conocimiento, e incluso a nuestra experiencia. A veces te sentirás fascinado por la mirada del Padre o de Cristo y permanecerás subyugado por sus miradas durante horas; a veces no ocurrirá nada al exterior, pero todo tu ser, comenzando por tu corazón, estará como impregnado y saturado por la dulzura del Espíritu. Deja que Dios se te revele como lo quiere.9. ¿Te has fijado en el anciano Simeón? Es el modelo de los hombres de oración. El Espíritu Santo descansa en él y le mueve todos los días a ir al templo a esperar al mesías del Señor. Un día ve recompensada su fidelidad y el Espíritu Santo le advierte que va a ver y a tener en sus brazos al salvador. Y se realiza para él y para todos los justos la profecía que alimenta y sostiene toda su oración: los hombres que oran reciben la seguridad y la certeza de que no morirán antes de haber visto a Cristo, como cantan nuestros hermanos de Oriente: "Hemos visto la luz verdadera". Por su parte, san Lucas escribe: "El Espíritu Santo le había manifestado que no vería la muerte antes de ver al mesías del Señor" (Lc 2,26). Jesús lo dirá también antes de su transfiguración: "Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán antes de ver el reino de Dios" (Lc 9,27). 10. Así pues, algunos hombres reciben la seguridad de ver a Cristo antes de morir. En un destello fugitivo, gozan ya del reino de Dios por anticipado. De una manera inequívoca experimentan interiormente la presencia espiritual del Señor Jesús como vida eterna que se comunica a todo su ser y como luz que brilla en medio de las tinieblas del mundo y de las pasiones. Eso es lo que les está prometido a quienes perseveren incansablemente en la oración. El día en que ven a Cristo quedan recompensados de los muchos años de espera y de deseo. Poco importa que lo vean o lo sientan interiormente; es siempre el mismo efecto de la oración. 11. "Espíritu Santo, ven en ayuda de mi flaqueza, pues no sé orar como es debido; ven a orar en mi con gemidos inenarrables. Y tú, Padre, que ves el fondo de los corazones; tú sabes cuál es la oración del Espíritu en nosotros y que esta oración responde a tus deseos" (según Rom 8,26-27). 12. Cuando reces al Espíritu Santo no intentes representártelo, pues no tiene forma, ni rostro; es esencialmente impulso, movimiento, y no sabes ni de dónde viene ni adónde va. Le reconocerás por lo que obra en ti. Si quieres saber lo que hace en todo ser, interroga a la liturgia: mora, ora, consuela, cura, refresca, ablanda, calienta, suaviza, fortalece... Mas no te esfuerces en imaginar lo que puede hacer en ti; te dispersarías, limitando entonces su acción infinita. Llámale pura y simplemente, como el sediento al borde de la fuente de agua viva. No te costará trabajo reconocer su venida, porque quedará calmada tu sed de Dios; mas no se te apagará, porque el Espíritu abrirá en ti un deseo infinito de Dios. Luego, no hagas nada más; permanece en silencio y deja que el Espíritu ore en ti misteriosamente. La mayor parte del tiempo no verás ni sentirás nada. Solamente un silencio profundo inundará entonces tu alma...; no estás lejos del Reino. La fe es el "sentido" más seguro para tocar a Dios. 13. Cuando Jesús te invita a orar al Padre en secreto, te pide simplemente que te pongas bajo su mirada y que le reces con confianza y seguridad. El Padre sabe lo que necesitas, y te lo dará. Ese es el primer consejo (Mt 6,6) en el evangelio a propósito de la oración. Hay otro más, en el que Jesús insiste reiteradamente en la parábola del amigo importuno (Lc 11,5-13) y de la viuda impertinente (Lc 18,18). Advierte que insiste con gran fuerza en este segundo consejo, ratificándolo con una expresión que afirma su verdad y su importancia: "Pues yo os digo". En la oración debes pedir, llamar y buscar incansablemente, sin preocuparte por ser importuno y romper los oídos de tu amigo o del juez. Esta segunda actitud es lo que yo llamo la súplica. 14. ¿Te has fijado también en que esta súplica mira siempre al don del Espíritu Santo? Luego tu relación con el Espíritu Santo es un lazo de llamada, de repetición y de súplica. Como conclusión de la parábola del amigo que cede, Jesús dice claramente que el fin último de la oración es el don del Espíritu. Él es lo que pides y buscas, y debes llamar a la puerta del Padre para recibirlo: "Luego si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre celeste dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan" (Lc 11,13). 15. Comprendes ahora que en la oración la súplica es todo. Casi me atrevería a decir que es la única pregunta que hay que hacer al que quiere aprender a rezar y la piedra de toque de toda vida cristiana. Si hoy se da una renovación de la oración, se puede preguntar si esa oración está penetrada por la súplica. No es posible dar una respuesta válida al que no quiere ponerse de rodillas para orar. 16. La imposibilidad de suplicar a veces te puede perturbar. Hay en ti (como en todos nosotros) alguien que dice "no" a la súplica. Secretamente, no quieres pedir al que ocupa el primer lugar lo que deseas darte tú mismo. Suplicar de rodillas es reconocer que ocupas el segundo lugar. Escribe un autor inglés, Charles Williams, en Morgan: "No sé quién ocupa el primer lugar; pero sé que en la hora final estaré en el segundo... Por eso arrodillarse es moralmente necesario al hombre". En este terreno no hay tres o cuatro puestos; no hay más que dos: el primero está ocupado por Dios, y el segundo por el hombre. Si aceptas esto, te librarás del orgullo, y por tanto de la imposibilidad de suplicar. 17. Ahora puedes comprender por qué el padre De Foucauld tuvo la pasión de buscar el último lugar después de su conversión. Esa humildad era fruto de una oración que le había aconsejado el sacerdote Huvelin: "Dios mío, si existes, enséñame a conocerte". Dios le oyó y escuchó su súplica. Desde aquel momento, el hermano Charles sabía que Dios existía y que él estaba en el segundo lugar, es decir, en el último. Si has comprendido esto realmente, has comprendido también la necesidad de la oración incesante. 18. ¿Ocupa Dios en tu vida el primer puesto, como lo pide san Ignacio en el fundamento de los Ejercicios: "Has sido creado para adorar, alabar y servir a Dios"? Si Dios está para ti en el primer lugar, en una palabra, si es tu creador, tomarás tu existencia en serio y normalmente desearás orar todo el tiempo. 19. Eres monje si tienes el deseo de orar todo el tiempo. Aunque reces materialmente las veinticuatro horas del día, sin ese deseo de orar en todo tiempo no rezas. En cambio, si oras un cuarto de segundo por hora con ese deseo punzante de orar siempre, entonces eres un monje. Poco importa que estés en un monasterio o en medio del mundo, inmerso en el ajetreo de la vida; vives el monaquismo interiorizado. Dicho esto, ese deseo puede ser desesperado. Pocos hombres se sienten capaces de él, por lo demás sin imprudencia. Otra cosa es la ejecución. Debes ser loco de deseo y sensato en su realización. Vales cuanto vale tu deseo.20. Ves lo que la oración pone en juego en tu vida en el momento en que comprendes que Dios ocupa el primer lugar. Te arrodillas o no. Pienso aquí en esa actitud profunda del corazón que te mueve a arrodillarte y a depender de Dios. 21. Desearías orar y no puedes. Ése es el primer grado de la humildad: la posibilidad de orar al que ocupa el primer lugar, es decir, el Creador, y no a una potencia superior con la que te relacionas. A veces veo con gran dolor que nuestra generación está dominada por una negativa terrible a depender de Dios al estilo de: "Dios no nos pide que dependamos, sino que nos liberemos y nos realicemos". 22. Te sentirás tentado a objetar que lo que digo es utópico, por la sencilla razón de que no somos ángeles: están la falta de tiempo, las distracciones, el cansancio y las pruebas que te impiden orar. Todo eso es cierto en el nivel técnico de las causas segundas, pero no afecta para nada al núcleo central del corazón que se encuentra en estado de súplica. Estás distraído en la oración como lo estás por el ruido de los coches que pasan por la carretera mientras escuchas una pieza de música apasionante. La música sigue atrayéndote, aun que te moleste el ruido. De la misma manera, la oración sigue siempre presente, la dulce voz de Dios continúa murmurando en ti, aunque haya ruido fuera, y sobre todo dentro, los ruidos de tus fieras interiores. El día en que te sientas constantemente molesto en la oración por ti mismo, tus pasiones y tus pecados, y que ese ruido sea al mismo tiempo una cruz permanente, entonces rezarás todo el tiempo.23. Estoy persuadido de que la oración es la solución de todos los problemas de la vida, a condición de que no le pidas ser una solución de los problemas de la vida, sino, al revés, aquello por lo que es preciso vivir. No rezas para vivir, sino para rezar. Has de vivir para orar (ése es el sentido de las palabras antes citadas a propósito de la curación que nos hace vivir para orar); no orar para salvarte, sino para orar, pues presientes que la oración es lo que le da sabor a la vida y que, fuera de ella, la vida es insípida. 24. A primera vista, este impulso hacia Dios que dura un cuarto de segundo no es difícil. Piensa en un abogado que solicita gracia para un condenado Basta que reconozcas que no puedes valerte por ti solo y que esperes que venga otro a salvarte. Entonces lanzas llamadas de socorro, como el náufrago a la vista de un barco; eso es lo que yo llamo la súplica inspirada por el Espíritu Santo. Es un movimiento muy simple, que consiste en buscar a Dios a través del dolor, el sufrimiento y a veces en el peligro: "Dar gracias en las alegrías y suplicar en la prueba". 25. Buscar el contacto con Dios a través de la angustia y la desesperación es un gran secreto. Dios se presenta entonces como el refugio, la salvación, el padre o la madre que nos rodean con su presencia y su ternura; ellos te comprenden y te salvan. . He ahí por qué Cristo te dice: "Hay que orar siempre sin desfallecer."
Doy por supuesto desde ahora, que has tomado la decisión de ponerte de rodillas y de gritar a Dios, aunque no sea más que un cuarto de hora. Una decisión así depende de tu voluntad, aunque el Espíritu Santo esté en su origen para vencer esta imposibilidad de orar.El que puede orar un cuarto de segundo puede orar todo el tiempo. Es una cuestión de costumbre y fidelidad. Cuando los apóstoles dicen a Cristo: "Señor enséñanos a orar", sienten que les falta algo y que debe realizarse en ellos una liberación. Una vez que ha tenido lugar ese desbloqueo, todo lo demás (distracciones, preocupaciones, fatiga) no tiene gran importancia. Basta volver al desbloqueo inicial, al primer cuarto de segundo, al primer grito que has lanzado a Dios y en el cual el Padre ha reconocido el grito de Jesús en la Cruz.Desde el momento que el hombre quiere orar, los demonios tratan de impedírselo; saben en efecto que nada les hace más daño que la oración. Ahora bien, si deseas de verdad orar y no tienes valor para ello, te aconsejo que vayas a llamar a las puertas de la Virgen; desde ahí, existe una gran esperanza de conseguir la gracia de la oración y dejar a un lado todos los temores. Como lo hizo con los apóstoles en el Cenáculo, Ella sostendrá tu fe y tu perseverancia para que perseveres en la súplica.Ahí es donde debes poner todo tu esfuerzo, aunque te parezca descorazonador y aparentemente estéril. Orar no es fácil, por mucho que se diga; más aún orar es duro, sino hubiera sido así, no hubieras sido llamado al orden por el mismo Jesús. No se trata de buscar una seguridad fácil, como una especie de olvido del mundo; la oración es una cosa totalmente distinta, pues implanta en tí una disciplina de vida.La oración del corazón es un don de Dios, se te dará cuando Dios quiera y en el momento en que menos lo esperes, para que comprendas que es una gracia. Puedes hacer esta experiencia. Llegas a la oración, te sientas en un sitio tranquilo, ante el sagrario por ejemplo, cierras tus ojos y diriges tu espíritu hacia tu corazón, es decir hacia lo más profundo de tí mismo. Entonces llamas al Espíritu con gran insistencia y luego repites despacio: Señor ten misericordia de mí. De tiempo en tiempo haces unas pausas en silencio sin decir nada, o entrecortas tus palabras con profundos silencios. Y luego en el momento en que menos lo pienses, en un segundo plano de tu conciencia, mucho más allá de tus ideas y tus sentimientos, sorprenderás que la oración está en marcha en tí. Incluso te sucederá a menudo que se te imponen luces referentes a tu vida, que te da Dios sin que tú lo sepas, o decisiones que debas tomar. Es el dulce murmullo del Espíritu que educa tu corazón y le conduce hacia la verdad entera.Por eso el fin de la oración es la invasión de tu corazón por el poder y la dulzura del Espíritu Santo. Es el enviado del Dios Altísimo que se ha convertido en tu abogado. Te toca a tí, pedírselo al Padre, en el nombre de Jesús, pero no depende de tí el que se te conceda; es decir la calidad de la oración es obra única de Dios. Puedes disponerte a recibir este don de la oración, puedes pedirlo, pero debe ser recibido a su tiempo. "Me pareció que era voluntad de Dios que me esforzase en buscar y encontrar, y no encontraba, y sin embargo me pareció bueno el buscar y no estaba en mi mano el encontrar (San Ignacio).Si la calidad de tu oración no depende de tí, la cantidad depende de tu buena voluntad y puedes repetir sin cansarte el Nombre de Jesús. La oración no se aprende más que en la oración. Y si, aparentemente no obtienes ningún resultado, no saques la conclusión de que has orado mal; en primer lugar has dado gusto a Dios, y esto ya es mucho y además has tenido la alegría de estar charlando con El.
Colócate ante la Virgen en la actitud que ella tenía en la Anunciación, de cara al Todopoderoso: Heme aquí... Está ahí, con sencillez, sin artificios ni rodeos, en la verdad de su ser recibido de Dios, dejándose hacer y amar por él. Después de Jesús, fue la primera en entrar en el Reino de las Bienaventuranzas, por eso es modelo y fuente de gracia para tí. Escucha las palabras de María, mira y penetra sus actitudes profundas. Contemplándola sin prisas, te haces semejante a ella: un corazón disponible y pobre, preparado para ser invadido por Dios.Por eso Dios puede obrar en ella maravillas y hacer de ella la madre de su Hijo único. Una vez que ha reconocido la llamada de Dios, no tiene ya reserva alguna y se entrega a él totalmente en la fe. Cree en la omnipotencia creadora de su Palabra, pues sabe que no hay nada imposible para Dios, que cambia la esterilidad de los pobres en fecundidad de una riqueza inaudita.Es el modelo del don de tu ser a Dios. Deseas regular el don de tu persona, mientras tengas previstos límites, eres demasiado todavía poseedor de tu oblación. Dios te pide una disponiblidad absoluta y te llama a menudo a entregar lo que no habías previsto. María en modo alguno soñaba en llegar a ser la Madre del Prometido, pero como estaba disponible y abierta, nada le sorprende en la llamada de Dios.Puedes recitar con sencillez el Rosario, repasando en tu memoria las palabras de la Virgen, para que ella reproduzca en tí sus profundos sentimientos
En la oración al Espíritu Santo hay algo que desconcierta; le pides que te visite, que te llene de sus dones, que te de su luz, que te llene de su amor, en fin que venga a tí. ¿Pero qué es lo que tú experimentas de todo esto? ¿En qué porcentaje es esto verdad para tí?Hay que admitir que cuanto más suplicas al Espíritu que te invada, mayor es la desesperante impresión, no solo de no estar lleno, sino de hundirte más aún en tu pobreza. No sientes nada. La experiencia del Espíritu es el misterio más profundo que te es dado vivir: No lo puedes imaginar porque es espíritu, ni prenderlo porque es viento (Hechos,2). Es un río que nada puede contener (Jn,7), un fuego que no quema (Hechos, 2). En fin es una luz que no se ve.Y sin embargo si la Escritura ha utilizado para él imágenes de fuego, luz, rocío, fuente, es porque se dan en tí efectos que proceden de la experiencia. El Espíritu edifica en tí el hombre nuevo. Es en verdad el Espíritu creador que llena tu corazón de gracia y de luz, para que todo tu ser, creado por Dios, sea restaurado y edificado en el Amor.Así cuando Dios te toca de un manera inmediata, es un cero de presencia sentida y de experiencia. En un instante, te encuentras movido, atraído hacia Dios, sin poder querer otra cosa que a él mismo. Es la paz y la alegría, a menudo no sentidas, que se traducen en silencio, en las profundidades del ser. Siempre se dará un desfase cuando intentes traducir esta experiencia en palabras e ideas.Si no puedes alcanzar a Dios directamente, podrás sin embargo reconocerlo por la huella que deja en tu vida real. Quisiera darte sencillamente dos puntos de referencia que podrán ayudarte a verificar si tu caminar con Dios es acertado.Si, a lo largo de los años, tu vida espiritual no fomenta en tí el sentido de la realidad y el aumento de tu libertad interior, es que la conduces al revés. Cuanto más te arraigues en esta vida de Dios tanto mayor consistencia tendrá tu vida. Serás por ejemplo, más sensible a la belleza de un paisaje, a los rasgos de un rostro que se imprimirán muy fuerte en tí y te llenarás de admiración ante la singularidad de cada persona. Sobre todo serás capaz de amar con ternura y fuerza a todos aquellos con quienes te encuentres.Ahí es donde se da la curación real que aporta el Espíritu Santo. La larga y paciente búsqueda de Dios debe normalmente ayudarte a desprenderte de tus temores y miedos religiosos y en cuanto sea posible, de tus trabas psicológicas. El Espíritu Santo no los borra con un golpe de lápiz mágico, pero vives con estos temores como con viejos camaradas que se esfuman poco a poco; no te inquietan ni te plantean problemas. Llegas incluso a amarlos y a ofrecerlos al Espíritu para que haga con ellos lo que quiera.El Espíritu te forma poco a poco a imagen de Dios y te hace progresivamente más sincero y más libre en medio de los hombres. Si creces en el sentido de la realidad y de la libertad interior, puedes creer que te conduce el Espíritu.
Quienes se sienten llamados a consagrarse totalmente "a la oración por el mundo" a fin de que el Hijo del Hombre encuentre aún fe cuando vuelva a la tierra, deben sumirse plenamente en la oración de María, la cual comenzó y acabó su vida en la oración incesante. Sobre todo no han de intentar justificarse cuando les digan que esta oración es utópica o que no basta rezar; no hay ninguna justificación que buscar, pues su vocación viene de arriba y sólo el Padre puede decidir sobre esta vocación.No han de buscar tampoco cómo orar ni cuánto tiempo han de orar, y menos aún si han de hacerlo mental o vocalmente. Unicamente han de consagrarse a la oración. Si les preguntan por qué rezar, por quién rezar, si tiene alguna utilidad rezar, limítense a responder: Yo rezo porque Dios es Dios y me lo ha pedido. Sobre todo que no busquen rezar bien, de lo contrario no rezarán jamás; sino que busquen ante todo rezar siempre, sin cansarse nunca, sin desanimarse.¿qué quiere decir sumirse totalmente en María? La respuesta nos la da Luis Griñon de Monfort, al decir “que debemos hacer todas nuestras oraciones en el oratorio del corazón de María”. Esto supone que hemos descubierto ese oratorio y que habitamos en el corazón de María, lo mismo que Juan acogió a María en su casa después de pascua. En otros términos, es preciso que hayamos tenido la experiencia de la proximidad de María, de su presencia a nuestra vera, pues ella nos conoce a fondo e íntimamente, hasta el punto de que no necesitamos abrirle nuestro corazón y que ella acoge el menor deseo y la más insignificante oración. Sencillamente hemos de limitarnos a rezarla y suplicarla apenas dispongamos de un momento libre.Con ella vivimos la eucaristía, celebramos el sacrificio y bajo su mirada hacemos oración. En la oración del Rosario es donde nos sumimos enteramente, no nos cansamos de repetirlo, porque añadimos una multitud de otros misterios que el Espíritu nos inspira. Me gustan las palabras de Jesús a San Juan: “He ahí a tu madre” sobre todo cuando interviene el Espíritu y nos hace gustar que María es una verdadera Madre. También están las palabras de Jesús que proclaman bienaventurada a su madre por escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Todas estas expresiones alimentan nuestra oración y nos mantienen habitualmente en compañía de María. Pero el fondo de nuestra oración, aquella a la que volvemos atraídos por una fuerza, es el Rosario, sobre todo la segunda parte del Avemaría: “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.Quienes han tomado la decisión de sumirse totalmente en la oración de María, saben muy bien que todas nuestras oraciones se dirigen a Dios, pero dejan a María el cuidado de dirigir su oración como ella quiera, como ella sabe, a cada una de las personas de la Santísima Trinidad. Ella es la que ora con nosotros y por nosotros. En ella rezamos nosotros.En el fondo de esta manera de rezar está también la convicción enunciada por Griñon de Monfort: Cuando rezas a María, ella responde “Dios”. María no retiene nada para sí ninguna de las oraciones que se le dirigen, pues es pura transparencia y sabe bien que todo don perfecto viene, no de ella, sino del Padre de las luces, del que provienen todas las gracias. Los que rezan a María de este modo, tienen la convicción de que María es la omnipotencia suplicante y que deben pasar por ella para rezar al Padre. Lo hacen bajo la presión de un instinto que le es sugerido por el Espíritu Santo y que les da la certeza de que es esa la buena manera de rezar y que no se engañan.Por lo demás, esta manera de rezar no es permanente. Puede que se nos conceda algunos días, en los que podríamos repetir lo que afirmaba Teresa de Lisieux después de la gracia que recibió al comienzo de su vida religiosa, que durante una semana vivió bajo el manto de María y le parecía no encontrarse ya en la tierra, hasta el punto que hacía las cosas como si no las hiciera. Es lo que ocurre a quienes reciben la gracia de sumirse totalmente en la oración de María. No están bajo su manto, pero están en su corazón, y allí es donde hacen todas sus oraciones.Esto puede durar más o menos tiempo, a veces, sólo algunos días o simplemente el rato de un momento de oración. Luego, ¡se acabó! Ya no se percibe la presencia de María, parece lejana. No tenemos por qué reprocharnos nada; no depende de nosotros, sino de Dios, que nos otorga esta gracia cuando quiere y como quiere. Es esta una ley de la vida de oración; hay que vivir en la alternativa sin imponer a Dios nuestras ideas, sino acogiendo con alegría y acción de gracias lo que nos da cuando quiere.Semejante gracia puede ir seguida de un período de sequedad o de otra gracia. De golpe sentimos que estamos bajo la mirada del Padre y abrimos las manos para acogerlo todo sin saber muy bien por dónde comenzar, si por dar gracias o por suplicarle. Verdaderamente la oración del Espíritu es imprevisible; hemos de esperarlo todo, sobre todo lo inesperado.Esto nos enseña a no tomar demasiado las riendas de nuestra oración, sino a dejarnos guiar por Dios mismo y por su Espíritu, como él quiere y cuando quiere. Creo, sin embargo, aunque no pretendo estar en lo cierto, que esta guía en nuestra oración, es también una gracia que nos viene de María, por no decir del Espíritu Santo. Los que se lo han dado todo a María y se han consagrado enteramente a ella deben esperar que ella intervenga como ella sabe y cuando lo desee.Nosotros no somos ya dueños de nuestra vida. Es María la que se encarga de guiarnos. Lo que ha de tranquilizarnos y darnos una alegría y confianza absoluta es saber que estamos en muy buenas manos y que nada malo puede acontecernos. Pero cuidemos de no resistirle, sobre todo en las cosas pequeñas y en los consejos cotidianos. Debemos obedecer a la menor indicación de la mano de la Virgen, de lo contrario hará que sintamos nuestras resistencias y desobediencias. Es una gracia grandísima dejarse guiar así por María, sobre todo en la oración y en la vida, porque nos damos cuenta de que no solamente nuestro obrar está marcado por su huella, sino que el fondo mismo de nuestro ser se ha vuelto enteramente mariano.
Conviene tener presente los capítulos 12 a 14 de la primera carta a los corintios que es una descripción de la multitud de dones que existen en la comunidad y la segunda carta a Timoteo en la que Pablo habla de la responsabilidad del apóstol en el discernimiento de los dones. Si el Espíritu trabaja hoy en la Iglesia, debemos estar convencidos de que existen en nuestras comunidades tantos carismas, dones y aptitudes como en Corinto, aunque lo único que ha cambiado, es que no nos damos cuenta de esos dones y muchas veces no creemos en ellos.En primer lugar, hay que estar convencido de que cada bautizado ha recibido un don especial. Se trata pues de descubrir este don: la mayor parte de las veces no podemos reconocerlo más que por la intervención de otro. Es una verdadera revelación en la vida de una persona cuando uno de sus hermanos le dice: "Tú has recibido tal don... ponlo a trabajar" No se trata de dones excepcionales o espectaculares, sino de dones ordinarios de la vida: el don de ser una buena esposa, un verdadero padre o el don de la amistad. Hay también personas que tienen el don de hablar a los niños y mover su corazón.Otros tiene el don de animar o consolar, algo muy importante en la comunidad de hoy en la que nuestros hermanos padecen una crisis de esperanza. Les basta visitar a un enfermo, tratar con un hermano que sufre una prueba, encontrar hombres en la oscuridad de la fe, para que más allá de sus palabras y sin caer en la cuenta, su presencia lleve paz, seguridad y alegría. Estos hombres forman en la Iglesia una comunidad de acogida, con un ministerio de estímulo y de curación.En este ministerio de curación (1Cor 12,9) habría que incluir hoy el de acogida espiritual de aquellos que entregan su tiempo para escuchar a los demás. El mal de nuestro mundo moderno no es tal vez la falta de dinero sino la falta de amor y de ternura. Hay que dar mucho tiempo a muchas personas, no sólo para escuchar sus desgracias, sino para escuchar más allá de sus palabras lo que no quieren o no saben decir.Para muchos de nosotros el tiempo es lo más precioso que tenemos; quisiéramos de pronto reservarnos ese tiempo que es bueno dar gratuitamente a los pobres, sencillamente para escucharles. Es una forma de pobreza y desprendimiento de nosotros mismos que permitirá a la ternura de Dios invadir nuestro corazón y consolar el de nuestros hermanos. Si sabemos también dar gratuitamente nuestro tiempo a Dios en la oración, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, nos consolará en toda tribulación para que podamos nosotros consuelo con que nosotros somos consolados por Dios (2Cor 1,3-4)El que tiene la costumbre de retener todos los acontecimientos y encuentros personales, meditándolos en la oración, ve desarrollarse en él un tacto espiritual, un don de discernimiento que le permite decir a los que encuentra palabras como ésta: "¿Sabes que posees un don de oración, un don para hablar a los enfermos o a los niños, una aptitud para animar o curar los corazones?". Existen también dones desapercibidos: el servir, la facilidad para preparar un encuentro, para recibir a las personas o para practicar la hospitalidad. En la vida de nuestros hermanos, hay dones que permanecen sin explotar porque nadie ha tenido el cuidado de dárselos a conocer.Es bueno leer lo que dice San Pablo de la diversidad de carismas y de la unidad del Espíritu que los suscita: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1Cor. 12,4-7).Pablo no considera que esos dones sean excepcionales y reservados a algunos, todos han recibido alguno. "Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro fe en el mismo Espíritu; a otro palabra de ciencia; a otro carismas de curaciones en el único Espíritu; a otro poder de milagros; a otros profecía; a otro discernimiento de espíritus. Pero todas estas cosas las obra un único y mismo Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad." (2Cor. 12, 10-11).Tenemos necesidad entonces nosotros mismos de la luz y de la fuerza del Espíritu, "porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza". ¿somos suficientemente conscientes de que la imposición de manos del obispo ha depositado en nosotros un espíritu de fuerza que nos prohibe tener miedo y un espíritu de amor, de paz, de tranquilidad y de dominio de sí?" El espíritu recibido es un espíritu de fuerza y no de temor, de miedo o de angustia por la sencilla razón de que "yo sé bien en quien tengo puesta mi fe y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día" (2Tim. 1,12).No se puede ser apóstol hoy, si no se cree en la omnipotencia de Dios. Y esta esperanza absoluta debe convertirse en una confianza de todos los días y enseñarnos a vivir, en todo momento, en el abandono a la acción del Espíritu en nosotros.
Colócate ante la Virgen en la actitud que ella tenía en la Anunciación, de cara al Todopoderoso: Heme aquí... Está ahí, con sencillez, sin artificios ni rodeos, en la verdad de su ser recibido de Dios, dejándose hacer y amar por él. Después de Jesús, fue la primera en entrar en el Reino de las Bienaventuranzas, por eso es modelo y fuente de gracia para tí. Escucha las palabras de María, mira y penetra sus actitudes profundas. Contemplándola sin prisas, te haces semejante a ella: un corazón disponible y pobre, preparado para ser invadido por Dios.Por eso Dios puede obrar en ella maravillas y hacer de ella la madre de su Hijo único. Una vez que ha reconocido la llamada de Dios, no tiene ya reserva alguna y se entrega a él totalmente en la fe. Cree en la omnipotencia creadora de su Palabra, pues sabe que no hay nada imposible para Dios, que cambia la esterilidad de los pobres en fecundidad de una riqueza inaudita.Es el modelo del don de tu ser a Dios. Deseas regular el don de tu persona, mientras tengas previstos límites, eres demasiado todavía poseedor de tu oblación. Dios te pide una disponiblidad absoluta y te llama a menudo a entregar lo que no habías previsto. María en modo alguno soñaba en llegar a ser la Madre del Prometido, pero como estaba disponible y abierta, nada le sorprende en la llamada de Dios.Puedes recitar con sencillez el Rosario, repasando en tu memoria las palabras de la Virgen, para que ella reproduzca en tí sus profundos sentimientos
En la oración al Espíritu Santo hay algo que desconcierta; le pides que te visite, que te llene de sus dones, que te de su luz, que te llene de su amor, en fin que venga a tí. ¿Pero qué es lo que tú experimentas de todo esto? ¿En qué porcentaje es esto verdad para tí?Hay que admitir que cuanto más suplicas al Espíritu que te invada, mayor es la desesperante impresión, no solo de no estar lleno, sino de hundirte más aún en tu pobreza. No sientes nada. La experiencia del Espíritu es el misterio más profundo que te es dado vivir: No lo puedes imaginar porque es espíritu, ni prenderlo porque es viento (Hechos,2). Es un río que nada puede contener (Jn,7), un fuego que no quema (Hechos, 2). En fin es una luz que no se ve.Y sin embargo si la Escritura ha utilizado para él imágenes de fuego, luz, rocío, fuente, es porque se dan en tí efectos que proceden de la experiencia. El Espíritu edifica en tí el hombre nuevo. Es en verdad el Espíritu creador que llena tu corazón de gracia y de luz, para que todo tu ser, creado por Dios, sea restaurado y edificado en el Amor.Así cuando Dios te toca de un manera inmediata, es un cero de presencia sentida y de experiencia. En un instante, te encuentras movido, atraído hacia Dios, sin poder querer otra cosa que a él mismo. Es la paz y la alegría, a menudo no sentidas, que se traducen en silencio, en las profundidades del ser. Siempre se dará un desfase cuando intentes traducir esta experiencia en palabras e ideas.Si no puedes alcanzar a Dios directamente, podrás sin embargo reconocerlo por la huella que deja en tu vida real. Quisiera darte sencillamente dos puntos de referencia que podrán ayudarte a verificar si tu caminar con Dios es acertado.Si, a lo largo de los años, tu vida espiritual no fomenta en tí el sentido de la realidad y el aumento de tu libertad interior, es que la conduces al revés. Cuanto más te arraigues en esta vida de Dios tanto mayor consistencia tendrá tu vida. Serás por ejemplo, más sensible a la belleza de un paisaje, a los rasgos de un rostro que se imprimirán muy fuerte en tí y te llenarás de admiración ante la singularidad de cada persona. Sobre todo serás capaz de amar con ternura y fuerza a todos aquellos con quienes te encuentres.Ahí es donde se da la curación real que aporta el Espíritu Santo. La larga y paciente búsqueda de Dios debe normalmente ayudarte a desprenderte de tus temores y miedos religiosos y en cuanto sea posible, de tus trabas psicológicas. El Espíritu Santo no los borra con un golpe de lápiz mágico, pero vives con estos temores como con viejos camaradas que se esfuman poco a poco; no te inquietan ni te plantean problemas. Llegas incluso a amarlos y a ofrecerlos al Espíritu para que haga con ellos lo que quiera.El Espíritu te forma poco a poco a imagen de Dios y te hace progresivamente más sincero y más libre en medio de los hombres. Si creces en el sentido de la realidad y de la libertad interior, puedes creer que te conduce el Espíritu.
Quienes se sienten llamados a consagrarse totalmente "a la oración por el mundo" a fin de que el Hijo del Hombre encuentre aún fe cuando vuelva a la tierra, deben sumirse plenamente en la oración de María, la cual comenzó y acabó su vida en la oración incesante. Sobre todo no han de intentar justificarse cuando les digan que esta oración es utópica o que no basta rezar; no hay ninguna justificación que buscar, pues su vocación viene de arriba y sólo el Padre puede decidir sobre esta vocación.No han de buscar tampoco cómo orar ni cuánto tiempo han de orar, y menos aún si han de hacerlo mental o vocalmente. Unicamente han de consagrarse a la oración. Si les preguntan por qué rezar, por quién rezar, si tiene alguna utilidad rezar, limítense a responder: Yo rezo porque Dios es Dios y me lo ha pedido. Sobre todo que no busquen rezar bien, de lo contrario no rezarán jamás; sino que busquen ante todo rezar siempre, sin cansarse nunca, sin desanimarse.¿qué quiere decir sumirse totalmente en María? La respuesta nos la da Luis Griñon de Monfort, al decir “que debemos hacer todas nuestras oraciones en el oratorio del corazón de María”. Esto supone que hemos descubierto ese oratorio y que habitamos en el corazón de María, lo mismo que Juan acogió a María en su casa después de pascua. En otros términos, es preciso que hayamos tenido la experiencia de la proximidad de María, de su presencia a nuestra vera, pues ella nos conoce a fondo e íntimamente, hasta el punto de que no necesitamos abrirle nuestro corazón y que ella acoge el menor deseo y la más insignificante oración. Sencillamente hemos de limitarnos a rezarla y suplicarla apenas dispongamos de un momento libre.Con ella vivimos la eucaristía, celebramos el sacrificio y bajo su mirada hacemos oración. En la oración del Rosario es donde nos sumimos enteramente, no nos cansamos de repetirlo, porque añadimos una multitud de otros misterios que el Espíritu nos inspira. Me gustan las palabras de Jesús a San Juan: “He ahí a tu madre” sobre todo cuando interviene el Espíritu y nos hace gustar que María es una verdadera Madre. También están las palabras de Jesús que proclaman bienaventurada a su madre por escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Todas estas expresiones alimentan nuestra oración y nos mantienen habitualmente en compañía de María. Pero el fondo de nuestra oración, aquella a la que volvemos atraídos por una fuerza, es el Rosario, sobre todo la segunda parte del Avemaría: “Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.Quienes han tomado la decisión de sumirse totalmente en la oración de María, saben muy bien que todas nuestras oraciones se dirigen a Dios, pero dejan a María el cuidado de dirigir su oración como ella quiera, como ella sabe, a cada una de las personas de la Santísima Trinidad. Ella es la que ora con nosotros y por nosotros. En ella rezamos nosotros.En el fondo de esta manera de rezar está también la convicción enunciada por Griñon de Monfort: Cuando rezas a María, ella responde “Dios”. María no retiene nada para sí ninguna de las oraciones que se le dirigen, pues es pura transparencia y sabe bien que todo don perfecto viene, no de ella, sino del Padre de las luces, del que provienen todas las gracias. Los que rezan a María de este modo, tienen la convicción de que María es la omnipotencia suplicante y que deben pasar por ella para rezar al Padre. Lo hacen bajo la presión de un instinto que le es sugerido por el Espíritu Santo y que les da la certeza de que es esa la buena manera de rezar y que no se engañan.Por lo demás, esta manera de rezar no es permanente. Puede que se nos conceda algunos días, en los que podríamos repetir lo que afirmaba Teresa de Lisieux después de la gracia que recibió al comienzo de su vida religiosa, que durante una semana vivió bajo el manto de María y le parecía no encontrarse ya en la tierra, hasta el punto que hacía las cosas como si no las hiciera. Es lo que ocurre a quienes reciben la gracia de sumirse totalmente en la oración de María. No están bajo su manto, pero están en su corazón, y allí es donde hacen todas sus oraciones.Esto puede durar más o menos tiempo, a veces, sólo algunos días o simplemente el rato de un momento de oración. Luego, ¡se acabó! Ya no se percibe la presencia de María, parece lejana. No tenemos por qué reprocharnos nada; no depende de nosotros, sino de Dios, que nos otorga esta gracia cuando quiere y como quiere. Es esta una ley de la vida de oración; hay que vivir en la alternativa sin imponer a Dios nuestras ideas, sino acogiendo con alegría y acción de gracias lo que nos da cuando quiere.Semejante gracia puede ir seguida de un período de sequedad o de otra gracia. De golpe sentimos que estamos bajo la mirada del Padre y abrimos las manos para acogerlo todo sin saber muy bien por dónde comenzar, si por dar gracias o por suplicarle. Verdaderamente la oración del Espíritu es imprevisible; hemos de esperarlo todo, sobre todo lo inesperado.Esto nos enseña a no tomar demasiado las riendas de nuestra oración, sino a dejarnos guiar por Dios mismo y por su Espíritu, como él quiere y cuando quiere. Creo, sin embargo, aunque no pretendo estar en lo cierto, que esta guía en nuestra oración, es también una gracia que nos viene de María, por no decir del Espíritu Santo. Los que se lo han dado todo a María y se han consagrado enteramente a ella deben esperar que ella intervenga como ella sabe y cuando lo desee.Nosotros no somos ya dueños de nuestra vida. Es María la que se encarga de guiarnos. Lo que ha de tranquilizarnos y darnos una alegría y confianza absoluta es saber que estamos en muy buenas manos y que nada malo puede acontecernos. Pero cuidemos de no resistirle, sobre todo en las cosas pequeñas y en los consejos cotidianos. Debemos obedecer a la menor indicación de la mano de la Virgen, de lo contrario hará que sintamos nuestras resistencias y desobediencias. Es una gracia grandísima dejarse guiar así por María, sobre todo en la oración y en la vida, porque nos damos cuenta de que no solamente nuestro obrar está marcado por su huella, sino que el fondo mismo de nuestro ser se ha vuelto enteramente mariano.
Conviene tener presente los capítulos 12 a 14 de la primera carta a los corintios que es una descripción de la multitud de dones que existen en la comunidad y la segunda carta a Timoteo en la que Pablo habla de la responsabilidad del apóstol en el discernimiento de los dones. Si el Espíritu trabaja hoy en la Iglesia, debemos estar convencidos de que existen en nuestras comunidades tantos carismas, dones y aptitudes como en Corinto, aunque lo único que ha cambiado, es que no nos damos cuenta de esos dones y muchas veces no creemos en ellos.En primer lugar, hay que estar convencido de que cada bautizado ha recibido un don especial. Se trata pues de descubrir este don: la mayor parte de las veces no podemos reconocerlo más que por la intervención de otro. Es una verdadera revelación en la vida de una persona cuando uno de sus hermanos le dice: "Tú has recibido tal don... ponlo a trabajar" No se trata de dones excepcionales o espectaculares, sino de dones ordinarios de la vida: el don de ser una buena esposa, un verdadero padre o el don de la amistad. Hay también personas que tienen el don de hablar a los niños y mover su corazón.Otros tiene el don de animar o consolar, algo muy importante en la comunidad de hoy en la que nuestros hermanos padecen una crisis de esperanza. Les basta visitar a un enfermo, tratar con un hermano que sufre una prueba, encontrar hombres en la oscuridad de la fe, para que más allá de sus palabras y sin caer en la cuenta, su presencia lleve paz, seguridad y alegría. Estos hombres forman en la Iglesia una comunidad de acogida, con un ministerio de estímulo y de curación.En este ministerio de curación (1Cor 12,9) habría que incluir hoy el de acogida espiritual de aquellos que entregan su tiempo para escuchar a los demás. El mal de nuestro mundo moderno no es tal vez la falta de dinero sino la falta de amor y de ternura. Hay que dar mucho tiempo a muchas personas, no sólo para escuchar sus desgracias, sino para escuchar más allá de sus palabras lo que no quieren o no saben decir.Para muchos de nosotros el tiempo es lo más precioso que tenemos; quisiéramos de pronto reservarnos ese tiempo que es bueno dar gratuitamente a los pobres, sencillamente para escucharles. Es una forma de pobreza y desprendimiento de nosotros mismos que permitirá a la ternura de Dios invadir nuestro corazón y consolar el de nuestros hermanos. Si sabemos también dar gratuitamente nuestro tiempo a Dios en la oración, el Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, nos consolará en toda tribulación para que podamos nosotros consuelo con que nosotros somos consolados por Dios (2Cor 1,3-4)El que tiene la costumbre de retener todos los acontecimientos y encuentros personales, meditándolos en la oración, ve desarrollarse en él un tacto espiritual, un don de discernimiento que le permite decir a los que encuentra palabras como ésta: "¿Sabes que posees un don de oración, un don para hablar a los enfermos o a los niños, una aptitud para animar o curar los corazones?". Existen también dones desapercibidos: el servir, la facilidad para preparar un encuentro, para recibir a las personas o para practicar la hospitalidad. En la vida de nuestros hermanos, hay dones que permanecen sin explotar porque nadie ha tenido el cuidado de dárselos a conocer.Es bueno leer lo que dice San Pablo de la diversidad de carismas y de la unidad del Espíritu que los suscita: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra todo en todos. A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1Cor. 12,4-7).Pablo no considera que esos dones sean excepcionales y reservados a algunos, todos han recibido alguno. "Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro fe en el mismo Espíritu; a otro palabra de ciencia; a otro carismas de curaciones en el único Espíritu; a otro poder de milagros; a otros profecía; a otro discernimiento de espíritus. Pero todas estas cosas las obra un único y mismo Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad." (2Cor. 12, 10-11).Tenemos necesidad entonces nosotros mismos de la luz y de la fuerza del Espíritu, "porque no nos dio el Señor a nosotros un espíritu de timidez, sino de fortaleza, de caridad y de templanza". ¿somos suficientemente conscientes de que la imposición de manos del obispo ha depositado en nosotros un espíritu de fuerza que nos prohibe tener miedo y un espíritu de amor, de paz, de tranquilidad y de dominio de sí?" El espíritu recibido es un espíritu de fuerza y no de temor, de miedo o de angustia por la sencilla razón de que "yo sé bien en quien tengo puesta mi fe y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día" (2Tim. 1,12).No se puede ser apóstol hoy, si no se cree en la omnipotencia de Dios. Y esta esperanza absoluta debe convertirse en una confianza de todos los días y enseñarnos a vivir, en todo momento, en el abandono a la acción del Espíritu en nosotros.
Das un gran paso en la vida espiritual, cuando compruebas que todas tus resoluciones, deben transformarse en oración. Es la Virgen la que te va a ayudar a hacerte niño. "He aquí a tu Madre, en el seno de la cual debes entrar para encontrar la puerta del reino de los cielos y hacerte niño".Sigue siendo Grignion de Monfort el que aconseja pasar por la Virgen para purificar todas tus peticiones. Te pones en sus manos para buscar a Dios. Para ir bajo el sol, es bueno ponerse a cubierto. La Virgen enseña la única actitud válida para entregarte totalmente a la acción de otro al cual no puedes controlar el ritmo, ni para aminorarlo, ni para acelerarlo.Por eso, te invito a entrar en el movimiento de abandono por la oración a la Virgen. Importa poco la fórmula que emplees. Lo esencial es que te pongas en manos de otro y que le des carta blanca sobre toda tu existencia. Es como un cheque en blanco que tú firmas, dejando a Dios el cuidado de llenar la fórmula. A este nivel es al que tú haces pasar tu ofrenda por el corazón de la Virgen.En tus relaciones con Dios todo es gratuito, aún el hecho de volverte a hacer niño. Dios te puede dar esto cuando él quiera, pero te pide que colabores en ello reconociendo con humildad la gratuidad de la gracia. La única manera de colaborar con este don de la infancia espiritual, es pedirlo: "Pide y recibirás, busca y encontrarás, llama y se te abrirá". En la parábola del amigo importuno, Dios se compara a sí mismo con uno que no tiene ganas de dar, pero que acaba por cansarse de ser implorado sin cesar. Dios desea que le pidas y le importunes en la oración. Es la única manera de recibir este abandono, como un don gratuito.Así es concretamente la oración: tú pides la gracia del Señor y le das gracias por habértela concedido. El gran movimiento de respiración de la oración, es la súplica y la acción de gracias. En un movimiento de aspiración, suplicas a Dios y tiendes hacia él. Y descansas esperando el don de Dios en la confianza, dándole gracias: es la espiración.Este doble movimiento está muy bien señalado en el prefacio del Espíritu Santo: "Porque nos concedes en cada momento lo que más conviene y diriges sabiamente la nave de tu Iglesia, asistiéndola siempre con la fuerza del Espíritu Santo, para que, a impulso de su amor confiado, no abandone la plegaria en la tribulación, ni la acción de gracias en el gozo".Te abandonas entonces en las manos del Padre, lo que equivale a decir que en el fondo de tu ser, los límites deben desaparecer y ante todo el límite entre el hecho de disponer de ti y el hecho de dejar a Dios disponer de ti. Tu deseo no es cumplir la voluntad de Dios, sino que esta voluntad se cumpla en ti. Es exactamente la tercera petición del padrenuestro: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo (Mt.6,10). Es un deseo y una oración.Renuncias a disponer libremente y dejas definitivamente a Dios que disponga de ti. Dejas al Señor que realice este abandono por su presencia: la Eucaristía; esto es comulgar de verdad. Es exactamente el "hágase en mí según tu palabra" de María, que creó en ella el espacio libre para que la palabra de Dios se hiciera carne. Sólo el amor puede empujar a un ser no sólo a darse, sino a abandonarse en Dios, a ponerse entre sus manos, sin medida, con una confianza infinita.Entonces puedes hacer eucaristía y decir como el padre de Foucauld: "cualquier cosa que hagas de mí, te doy las gracias, estoy pronto a todo, acepto todo". Para abandonarte es preciso recibir una luz muy profunda sobre la dimensión infinita del amor de Dios para contigo y comprender que es Padre; desde ese momento, ya no se trata de caminar hacia Dios, sino de no decidir nada por uno mismo, de dejar el timón de la vida. Es una disolución de la voluntad en la de Dios. Es lo que santa Teresa de Lisieux llama el abandono y que le hizo decir después de haberse ofrecido al amor misericordioso: "Ahora, el abandono es lo único que me guía".
La necesidad de un cuarto de hora de oración al día.No soy yo el que te da este consejo, sino la misma Santa Teresa de Avila. Había abandonado casi totalmente la oración después de su profesión en el Carmelo de la Encarnación de Avila y la vuelva a iniciar a los 28 años, a la muerte de su padre. A petición de sus hermanas carmelitas empieza a "escribir algunas cosas de oración". Se encuentra en ella una frase extraordinaria en la que dice esto: "Respondo de la salvación de aquel que haga un cuarto de hora de oración al día". Para Teresa no se trata de un seguro de vida, sino quiere decirte sencillamente que si haces de verdad oración cada día, van a sucederte , la gloria de Cristo resucitado va a invadirte progresivamente y a la larga ahogará al hombre viejo. En esto sentido afirma que el pecado puede cohabitar en ti con la oración.Teresa de Avila sabe muy bien que aumentarás la dosis. El Espíritu Santo te dará a gustar el agua viva y a diferencia de otras bebidas, no te saciarás nunca. La oración, cuanto más la posees, más la deseas. En el terreno de la oración, por el Espíritu Santo tú harás mucha oración. Pero empieza primero por un cuarto de hora. Luego, te apasionarás por la oración y presentirás, con deseo y temor que puede llegar a ser una vida interior a tu propia vida.Ahora bien, si te propones hacer un cuarto de hora de oración cada día, puedes prever numerosas infidelidades; no hacerla, acortarla, o lo que es más peligroso, hacer como si la hicieses a tus propios ojos o ante los de Dios. Encontrarás muchas excusas: el trabajo, el cansancio, lo aburrido de la oración, la impresión de que pierdes el tiempo; en este terreno somos bastante imaginativos. Pero si has tomado la decisión de hacer oración cada día, hay una regla fundamental que podríamos enunciar así: las infidelidades no tienen ninguna importancia, con tal de que las reconozcas como tales y sobre todo que no te instales en ellas.Si durante muchos meses no haces oración, pero estás atormentado por ello, estás salvado. Por el contrario, si haciendo oración, dejas penetrar en ti la turbación, estás en peligro. Estoy pensando en todos aquellos que afirman: la oración no es para mí, o vale más que entregarse a los demás que perder así el tiempo, o los que hacen objeciones más sutiles sobre la posibilidad misma de la oración o sobre la forma de hacerla.Teresa define así la oración: "Tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". Te invita sencillamente a dejar que la presencia trinitaria, que impregna el fondo de tu ser, suba a la superficie de tu conciencia para investirlo por entero de un sentimiento de alegría. Me dirás tal vez que la oración no es siempre para ti un tiempo de alegría, y es cierto pero poco a poco, irás distanciándote de lo que experimentas para poner únicamente tu alegría en Cristo resucitado.La oración es el comienzo del cielo en tu corazón, pero el cielo no está nunca fuera de ti, está siempre escondido en el fondo de tu corazón y es de dentro de donde brotará el agua viva.
Seguramente os habréis encontrado con hombres y mujeres de oración; entre ellos monjes, laicos, sacerdotes, ancianas, monjas o jóvenes, en su mayoría gente sencilla y pobre. Estas personas "han sido captadas" por la oración, aunque está oculta en el fondo de su corazón, es invisible; sólo la mirada del Padre ve en lo secreto.Estas personas continúan su vida normalmente: trabajan, hablan, duermen, comen y oran con sus hermanos, pero si no tenéis "ojo" en el sentido de "ver a través", no os daréis cuenta de que están siempre en oración en el santuario interior de su corazón. Se comprende que oculten su tesoro, pues es lo mejor y más precioso que tienen.Si les preguntáis un poco, os dirán que esta oración continua es una gracia recibida, y algunos, por no decir todos, añadirán que la han recibido por intercesión de la Virgen. Para muchos, el humilde rezo del Rosario fue el camino de humildad y de pobreza que les sumergió en la oración continua. Basta hacer uno mismo la experiencia al comienzo de la aventura de la oración. Nos rompemos la cabeza para encontrar el contacto con Dios o para hacer silencio, y no lo conseguimos. Nos ponemos a recitar el Rosario y la oración habita en el corazón antes de que nos hayamos puesto a pensar en Dios.Hay ahí un secreto inaccesible a los sabios y a los inteligentes, pero revelado únicamente a los pequeños. No lo explico, sólo lo constato e invito a los lectores a que ellos mismos hagan la experiencia y juzguen por los resultados. Si no se puede explicar ni conocer el origen o el término de esta experiencia que nos supera, se puede al menos, dice San Bernardo, "discernir el momento de su venida y la hora de su retirada". ¿Por qué este discernimiento? Para dar gracias cuando la oración se presenta y para desearla cuando se ausenta.Parece que en el momento que se repite la invocación "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores", la oración irrumpe en nuestro corazón. La oración que se inscribe aquí abajo en nuestras pobres palabras humanas repercute en la oración de la Virgen en el cielo. Somos muy conscientes de que María ha tomado el relevo de nuestra oración y que intercede por nosotros junto a Jesús, siendo aún más conscientes de que no hay más que una intercesión: la de Jesús al Padre (Heb 7,25). María, en la gloria del cielo, intercede por nosotros y nos hace experimentar las arras de la oración del Espíritu. Algunos días, tenemos como la intuición de compartir su oración del corazón y que nos parece bueno estar allí sencillamente con ella. Otras veces repasamos en la memoria del corazón el hilo de los acontecimientos de la jornada y descubrimos los humildes pasos del Señor, sus llamadas discretas y también los rechazos que le hemos opuesto haciéndonos los sordos.Como las cuentas del Rosario, estos acontecimientos forman un todo que presentamos al Señor en la acción de gracias y el arrepentimiento. A veces, en fin, esta oración del corazón se identifica con el silencio y el descanso bajo la mirada del Padre.Que María nos conceda el acoger la oración del Espíritu en nosotros como Dios quiere, tanto en la alegría como en la sequedad.
La necesidad de un cuarto de hora de oración al día.No soy yo el que te da este consejo, sino la misma Santa Teresa de Avila. Había abandonado casi totalmente la oración después de su profesión en el Carmelo de la Encarnación de Avila y la vuelva a iniciar a los 28 años, a la muerte de su padre. A petición de sus hermanas carmelitas empieza a "escribir algunas cosas de oración". Se encuentra en ella una frase extraordinaria en la que dice esto: "Respondo de la salvación de aquel que haga un cuarto de hora de oración al día". Para Teresa no se trata de un seguro de vida, sino quiere decirte sencillamente que si haces de verdad oración cada día, van a sucederte , la gloria de Cristo resucitado va a invadirte progresivamente y a la larga ahogará al hombre viejo. En esto sentido afirma que el pecado puede cohabitar en ti con la oración.Teresa de Avila sabe muy bien que aumentarás la dosis. El Espíritu Santo te dará a gustar el agua viva y a diferencia de otras bebidas, no te saciarás nunca. La oración, cuanto más la posees, más la deseas. En el terreno de la oración, por el Espíritu Santo tú harás mucha oración. Pero empieza primero por un cuarto de hora. Luego, te apasionarás por la oración y presentirás, con deseo y temor que puede llegar a ser una vida interior a tu propia vida.Ahora bien, si te propones hacer un cuarto de hora de oración cada día, puedes prever numerosas infidelidades; no hacerla, acortarla, o lo que es más peligroso, hacer como si la hicieses a tus propios ojos o ante los de Dios. Encontrarás muchas excusas: el trabajo, el cansancio, lo aburrido de la oración, la impresión de que pierdes el tiempo; en este terreno somos bastante imaginativos. Pero si has tomado la decisión de hacer oración cada día, hay una regla fundamental que podríamos enunciar así: las infidelidades no tienen ninguna importancia, con tal de que las reconozcas como tales y sobre todo que no te instales en ellas.Si durante muchos meses no haces oración, pero estás atormentado por ello, estás salvado. Por el contrario, si haciendo oración, dejas penetrar en ti la turbación, estás en peligro. Estoy pensando en todos aquellos que afirman: la oración no es para mí, o vale más que entregarse a los demás que perder así el tiempo, o los que hacen objeciones más sutiles sobre la posibilidad misma de la oración o sobre la forma de hacerla.Teresa define así la oración: "Tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". Te invita sencillamente a dejar que la presencia trinitaria, que impregna el fondo de tu ser, suba a la superficie de tu conciencia para investirlo por entero de un sentimiento de alegría. Me dirás tal vez que la oración no es siempre para ti un tiempo de alegría, y es cierto pero poco a poco, irás distanciándote de lo que experimentas para poner únicamente tu alegría en Cristo resucitado.La oración es el comienzo del cielo en tu corazón, pero el cielo no está nunca fuera de ti, está siempre escondido en el fondo de tu corazón y es de dentro de donde brotará el agua viva.
Seguramente os habréis encontrado con hombres y mujeres de oración; entre ellos monjes, laicos, sacerdotes, ancianas, monjas o jóvenes, en su mayoría gente sencilla y pobre. Estas personas "han sido captadas" por la oración, aunque está oculta en el fondo de su corazón, es invisible; sólo la mirada del Padre ve en lo secreto.Estas personas continúan su vida normalmente: trabajan, hablan, duermen, comen y oran con sus hermanos, pero si no tenéis "ojo" en el sentido de "ver a través", no os daréis cuenta de que están siempre en oración en el santuario interior de su corazón. Se comprende que oculten su tesoro, pues es lo mejor y más precioso que tienen.Si les preguntáis un poco, os dirán que esta oración continua es una gracia recibida, y algunos, por no decir todos, añadirán que la han recibido por intercesión de la Virgen. Para muchos, el humilde rezo del Rosario fue el camino de humildad y de pobreza que les sumergió en la oración continua. Basta hacer uno mismo la experiencia al comienzo de la aventura de la oración. Nos rompemos la cabeza para encontrar el contacto con Dios o para hacer silencio, y no lo conseguimos. Nos ponemos a recitar el Rosario y la oración habita en el corazón antes de que nos hayamos puesto a pensar en Dios.Hay ahí un secreto inaccesible a los sabios y a los inteligentes, pero revelado únicamente a los pequeños. No lo explico, sólo lo constato e invito a los lectores a que ellos mismos hagan la experiencia y juzguen por los resultados. Si no se puede explicar ni conocer el origen o el término de esta experiencia que nos supera, se puede al menos, dice San Bernardo, "discernir el momento de su venida y la hora de su retirada". ¿Por qué este discernimiento? Para dar gracias cuando la oración se presenta y para desearla cuando se ausenta.Parece que en el momento que se repite la invocación "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores", la oración irrumpe en nuestro corazón. La oración que se inscribe aquí abajo en nuestras pobres palabras humanas repercute en la oración de la Virgen en el cielo. Somos muy conscientes de que María ha tomado el relevo de nuestra oración y que intercede por nosotros junto a Jesús, siendo aún más conscientes de que no hay más que una intercesión: la de Jesús al Padre (Heb 7,25). María, en la gloria del cielo, intercede por nosotros y nos hace experimentar las arras de la oración del Espíritu. Algunos días, tenemos como la intuición de compartir su oración del corazón y que nos parece bueno estar allí sencillamente con ella. Otras veces repasamos en la memoria del corazón el hilo de los acontecimientos de la jornada y descubrimos los humildes pasos del Señor, sus llamadas discretas y también los rechazos que le hemos opuesto haciéndonos los sordos.Como las cuentas del Rosario, estos acontecimientos forman un todo que presentamos al Señor en la acción de gracias y el arrepentimiento. A veces, en fin, esta oración del corazón se identifica con el silencio y el descanso bajo la mirada del Padre.Que María nos conceda el acoger la oración del Espíritu en nosotros como Dios quiere, tanto en la alegría como en la sequedad.
En ocasión de un retiro o unos ejercicios, pregúntate si oras de verdad, es decir: ¿cuando entras en una Iglesia o haces oración en tu cuarto, te pones verdaderamente de rodillas? Si es así, vuelve a empezar lo más a menudo posible y déjate penetrar por esa actitud; conseguirá hacer de tí un hombre invadido por la oración, envuelto en la luz de Dios, en una palabra un hombre ebrio de Espíritu, pues el fin de la oración es precisamente la adquisición del Espíritu Santo.Dice San Juan Crisóstomo: "La Sagrada Escritura llama a la gracia del Espíritu Santo unas veces fuego, otras agua, dando a entender que estos nombres indican no la sustancia, sino la operación. Fuego, para mostrar el ardor y la fuerza de la gracia, agua para señalar que refresca y purifica el alma de los que la reciben." La Misericordia de Dios nos arranca del corazón un grito que toca el corazón de Dios. No tienes excusa alguna para no querer o no lanzar ese grito, pues aquí, querer y poder, son la misma cosa. Entonces, antes de cualquier oración, ponte de rodillas despacio y conscientemente, proclamando que no estás en primer plano, aunque tengas dudas sobre Dios, que es quien está en primer lugar. Si encuentras resistencias que te impiden hacerlo, no insistas. Pide con sencillez la gracia de estar de rodillas: Dios mío, muéstrame tu rostro y enséñame aceptar estar en segundo plano. Si de verdad estás convencido de todo esto, tu vida de oración no podrá continuar como hasta ahora. Entre tanto, si ni siquiera consigues orar de esa manera, pero tienes el deseo de hacerlo, pide a los que pueden orar que lo hagan por tí. Hay hombres y mujeres cuya vocación es suplicar en el nombre de sus hermanos.Lo que caracteriza a esta oración, es que no hay que esforzarse para entrar en ella porque te impregna y te envuelve por todas partes. Es en verdad un baño en el agua viva de la oración. Si estás en la soledad, busca un lugar donde esté la Eucaristía y entra en la oración de Cristo. Puedes también deslizarte en la oración de María, que perseveró en el Cenáculo en la intercesión o entra en la oración de los santos.El que puede orar un cuarto de segundo puede orar todo el tiempo. Es una cuestión de costumbre y de fidelidad.
A propósito de la mujer adúltera, que se quedó sola ante Cristo, San Agustín hace esta magnífica reflexión: "No hay más que dos cosas, la miseria y la misericordia". A mí me gusta añadir: en medio está el grito silencioso de esta mujer que agita violentamente el corazón de Cristo y le mueve a compasión.Lo mismo le pasa a la oración frente al misterio insondable de la Santísima Trinidad. Es ciertamente una oración de adoración, pero ésta no es posible sino a partir de un grito de súplica que es la confesión de tu miseria. Dios te hace toda clase de regalos y crees que te ama por esos dones, siendo así que es tu miseria lo que le regocija y seduce. Así se desvela un misterio muy extraño, accesible únicamente a los pobres: te enseña el arte de considerar tu miseria como si fuese una perla preciosa, dificil de encontrar y digna de la búsqueda más apasionada.El Espíritu Santo (don de ciencia) te sugiere, haciéndotelo saborear delicadamente con que ternura Jesús ama tu miseria y te aconseja que la acojas, no con la lucidez despiadada sugerida por el demonio, sino en la lucidez más profunda del Espíritu Santo. Cuando el demonio te muestra tu miseria, te desesperas, mientras que el Espíritu Santo lo hace con dulzura y descubres con estupor que tiene todo poder sobre el corazón de Dios, pues le seduce.En la oración, hay que tener la mirada perdidamente fija en su amor misericordioso para presentir que tu miseria es amable. No temas desplegarla bajo su mirada porque tan pronto como se ha iniciado este movimiento, comienza la caza que te precipita hacia el encuentro en el que te espera Cristo.Viendo a Dios cara a cara, te ves tal como eres tú y comprendes cuanto se complace Dios viendo el esplendor de tu pobreza. Cuanto más te coloques en el fondo de tu miseria tanto más podrás gritar hacia El, es entonces cuando te arrancará de los bajos fondos. Ahí esta el secreto de la oración continua. Las tentaciones y las pruebas te enseñarán a orar.No es tu grito el que toca el corazón de Dios, sino es él el que ahonda tu corazón en profundidad para que puedas escuchar el grito de Dios. Dios llama a la tierra y tú le das diferentes respuestas. Y él continúa llamando hasta el día en que tú le respondes: "Aquí el pobre que te llama y tiene necesidad de tí, porque no puede más...", entonces Dios está cerca del pobre, del corazón quebrantado que le invoca de verdad.
A propósito de la mujer adúltera, que se quedó sola ante Cristo, San Agustín hace esta magnífica reflexión: "No hay más que dos cosas, la miseria y la misericordia". A mí me gusta añadir: en medio está el grito silencioso de esta mujer que agita violentamente el corazón de Cristo y le mueve a compasión.Lo mismo le pasa a la oración frente al misterio insondable de la Santísima Trinidad. Es ciertamente una oración de adoración, pero ésta no es posible sino a partir de un grito de súplica que es la confesión de tu miseria. Dios te hace toda clase de regalos y crees que te ama por esos dones, siendo así que es tu miseria lo que le regocija y seduce. Así se desvela un misterio muy extraño, accesible únicamente a los pobres: te enseña el arte de considerar tu miseria como si fuese una perla preciosa, dificil de encontrar y digna de la búsqueda más apasionada.El Espíritu Santo (don de ciencia) te sugiere, haciéndotelo saborear delicadamente con que ternura Jesús ama tu miseria y te aconseja que la acojas, no con la lucidez despiadada sugerida por el demonio, sino en la lucidez más profunda del Espíritu Santo. Cuando el demonio te muestra tu miseria, te desesperas, mientras que el Espíritu Santo lo hace con dulzura y descubres con estupor que tiene todo poder sobre el corazón de Dios, pues le seduce.En la oración, hay que tener la mirada perdidamente fija en su amor misericordioso para presentir que tu miseria es amable. No temas desplegarla bajo su mirada porque tan pronto como se ha iniciado este movimiento, comienza la caza que te precipita hacia el encuentro en el que te espera Cristo.Viendo a Dios cara a cara, te ves tal como eres tú y comprendes cuanto se complace Dios viendo el esplendor de tu pobreza. Cuanto más te coloques en el fondo de tu miseria tanto más podrás gritar hacia El, es entonces cuando te arrancará de los bajos fondos. Ahí esta el secreto de la oración continua. Las tentaciones y las pruebas te enseñarán a orar.No es tu grito el que toca el corazón de Dios, sino es él el que ahonda tu corazón en profundidad para que puedas escuchar el grito de Dios. Dios llama a la tierra y tú le das diferentes respuestas. Y él continúa llamando hasta el día en que tú le respondes: "Aquí el pobre que te llama y tiene necesidad de tí, porque no puede más...", entonces Dios está cerca del pobre, del corazón quebrantado que le invoca de verdad.
¡ INVOCA A MARIA Y RECURRE A ELLA DIARIAMENTE !ESTARA SIEMPRE A TU LADO
El silencio de Dios es la realidad más dificil de llevar al comienzo de la vida de oración y sin embargo es la única forma de presencia que podemos soportar, pues todavía no estamos preparados para afrontar el fuego de la zarza ardiendo. Es preciso aprender a sentarse, a no hacer nada delante de Dios, sino a esperar y gozarse de estar presente al Presente eterno.Esto no es brillante, pero si se persevera, irán surgiendo otras cosas en el fondo de este silencio e inmovilidad. ¿Qué sucede en el interior de este silencio? Tan sólo una bajada cada vez más vertiginosa hacia las profundidades de nuestro corazón, donde habita ese misterio de silencio que es Dios. Por eso hay que callarse, mirar, escuchar, con un amor lleno de deseo. Si supiéramos tan sólo mirar con toda la profundidad de nuestro ser el rostro de Cristo, ese rostro invisible que no podemos ver sino volviéndonos hacia nuestra propia intimidad, y viéndole emerger de ella, quedaríamos deslumbrados ante ese rostro que no se parece a nada a lo que nosotros podemos imaginar. La perseverancia en la oración, no tiene pues, como objeto enseñarnos ese rostro desde fuera, sino hacernos excavar más profundamente para que surja de nuestra propia profundidad. "La oración no está fundada en verdad cuando Dios escucha lo que se le pide. Lo es, cuando el que ora continúa rezando hasta que sea él mismo el que escuche lo que Dios quiere. El que ora de verdad no hace más que escuchar".La oración excava nuestro corazón de piedra y hace saltar un la bemol que toca el corazón de Dios. La oración perseverante nos hace alcanzar la verdad de nuestro ser. Para que esta oración brote sinceramente del corazón de un hombre, son necesarios con frecuencia muchos años, porque es la oración de un niño. Se comprende porqué Cristo nos manda hacernos como niños. Si un niño exige alguna cosa a sus padres, ellos no se lo dan o no deberían dárselo mientras no cambie de actitud; pero si lo pide con dulzura, diciendo: -si os parece bien-, no con los labios, sino desde el fondo del corazón, entonces no se podrán resistir. "Dios resiste, porque exigimos". El día en que no lo hagamos, lo conseguiremos todo. Nos mostrará su rostro y empezaremos a amar ese rostro. Expliquémonos todavía un poco más sobre este misterio de la súplica, pues es la tela de fondo sobre la cual está tejida toda la enseñanza de Jesús sobre la oración continua. Cuando Jesús nos pide que oremos sin cesar, sin desanimarnos nunca y cuando nos presenta el ejemplo del amigo inoportuno o la parábola del juez que se hace rogar largo tiempo, elige situaciones límites en las que la perseverancia consigue ablandar el corazón del amigo y del juez."Dios está siempre al lado del que es duro de oído". Y lo traslada inmediatamente al plan del Padre: "Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a El día y noche, y les va a hacer esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?"En el misterio de la fe y de la confianza radica todo el secreto de la oración continua. Existe un grado inaudito de confianza y humildad que Dios espera de nosotros para ablandarse. Quiere encontrar corazones humildes y confiados que lleguen hasta el extremo, para ablandarse en la misma medida de su confianza. "Pedid y recibiréis... Todo lo que pidáis en mi nombre, lo conseguiréis".
Cuando ores al Espíritu Santo, no trates de sabes quien es, ni que hace; no tiene rostro y es tan impalpable como la brisa ligera. Todo esfuerzo de la imaginación o de la mente, al comienzo de la oración, tiene peligro de convertirse en un atajo. No se define un movimiento, "se entra dentro de él". No se aprende el amor en los manuales, sino en las relaciones cotidianas y concretas.Mira como la liturgia te hace orar al Espíritu:¡Ven, ven, ven!, en cada línea de la secuencia aparece un verbo en imperativo. Que tu oración comience siempre por un grito de llamada, como una flecha que lanzas al corazón de Dios, pero que atraviesa primero tu propio corazón para dejar que broten ríos de agua viva. No dejes de llamarle con una sola palabra, pues si cambias continuamente los términos de referencia de tu oración, caerás en la dispersión. Pero una vez que el Espíritu ha surgido en tí por la paz, la dulzura y el silencio que derrama en tu corazón, "no le sigas llamando, descansa en El"El hombre es un pobre que necesita pedirlo todo a Dios, decía el cura de Ars. Nunca aprenderás a gritar a Dios si no descubres que eres un pobre. El pobre no puede apoyarse en sí mismo, su única riqueza es Dios. ¿comprendes por qué al Espíritu Santo se le llama "Padre de los pobres"?.Existen dificultades a las que no puedes resistir humanamente, no temas poner al Espíritu Santo entre la espada y la pared, diciéndole: ""Sálvame, que perezco!""¿Has caído en la cuenta de que después de haber invocado al Padre de los pobres, llamas al dispensador de los dones, no para que esos dones vengan a colmar tu pobreza, sino para que la ahonden todavía más? Habitualmente el cara a cara con tu debilidad y tu pobreza te desconcierta, a veces no puedes soportarlo y te derrumba. Y sin embargo, es el único aspecto de tu ser que agrada a Dios, que ha venido para los pobres y los pecadores. Puedes decir entonces: ¡Ven lumbre de los corazones! Pides al don de consejo que venga a sugerirte lo que debes hacer en la vida. El pobre es aquel que no tiene ni plan ni programa, se deja guiar únicamente por la palabra de Dios, interiorizada en la oración. Un día, Dios pide a Abraham que le entregue su hijo, al día siguiente le pide otra cosa. Importa muy poco que es lo que pide en definitiva; lo que cuenta, es la prontitud y la delicadeza para no rehusar nada a Dios. Sábete que necesitas esta moción muy fina y muy delicada del Espíritu Santo para percibir lo que Dios te pide.Ten la seguridad que el Espíritu no te abandona a tus propias luces, te guía como un padre que toma a su hijo de la mano.El Espíritu Santo es el "dedo del Padre" porque te enseña el camino para ir hacia él, en obediencia.Si posees demasiadas cosas, no podrás pasar por la puerta estrecha. Las sugerencias del Espíritu son un llamamiento a tu amor."Mirad, que voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre. Por vuestra parte permeneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto"" (Lc. 24,49
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