jueves, enero 18, 2007

LA HORA DE DIOS



Ya estás sola con Dios, alma afligida,


su silencio amoroso, que te escucha,


te dice: ¡Corazón, viértete todo,


vuelve a tu fuente!




¿Qué tienes que decirle? ¡Vamos, habla!


Confiésate, confiésale tu angustia,


dile el dolor de ser, ¡cosa terrible!,


siempre tú mismo.




¡OH, Señor, mi Señor; no, nunca, nunca!


¿Qué es ante ti verdad? ¿Cómo saberlo?


¡Mejor que yo tú me conoces, sabes


tú mi congoja!




Si intentara mostrarte mis entrañas


mentiría, Señor, aun sin quererlo,


a tu silencio es el silencio sólo


debida ofrenda.




¡Soy culpable, Señor, no sé mi culpa;
soy miserable esclavo de mis obras;
no sé qué hacer de esta mi pobre vida;
tu voz espero!




¡Habla, Señor, rompa tu boca eterna


el sello del misterio con que callas,


dame una señal, Señor, dame la mano,


dime el camino!




Voy, perdido, Señor, ¿cómo encontrarte?


De tu mano el castigo es quien me enseña


que pequé, mas ¿en qué, dime en qué estriba,


Señor, mi culpa?




Soy culpable, lo sé, más no conozco


la culpa que me aflige y a que debo


este castigo tuyo que bendigo


por ser mi vida.




Merezco este dolor que como Padre


me mandas como a un hijo a quien deseas


hacer con los dolores todo un hombre,


todo un hijo tuyo.




Acepto este dolor por merecido,


mi culpa reconozco, pero dime,


dime, Señor, Señor de vida y muerte,


¿cuál es mi culpa?




Sí, yo pequé, Señor, te lo confieso,


culpable tu castigo me revela,


mi vida sin sufrir ya no es mi vida,


mas..., ¿por qué sufro?




Sufro el castigo de mi culpa y callo,


pero mira, Señor, ve cómo lloro;


¡de conocer la culpa del castigo


dame el consuelo!




¡Es tu hora, Señor, sobre la frente


del mundo se levanta silenciosa


la estrella del Destino derramando


lumbre de vida!




Por Miguel de Unamuno




























































No hay comentarios.: