sábado, marzo 14, 2009

Acabamos de estrenar un nuevo año!

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Idar Hidalgo

Terminamos un año, y nos invita el tiempo a reflexionar, a dar gracias por todos los beneficios que se nos ha dado. Ha sido un año con dificultades y situaciones difíciles que nos han hecho crecer como personas y como cristianos, porque Dios siempre nos da las cosas que necesitamos para que crezcamos, para que maduremos. Han sido 365 días que han tenido sus amaneceres y sus atardeceres, y todo ha tenido su encanto.
 Gracias a Dios porque ha sido bueno con nosotros y por ello estamos contentos. Pongamos en sus Manos misericordiosas el año que terminó, de todo aquello que hicimos mal, o cuando dejamos de hacer el bien. Todo lo hemos de poner en la misericordia de Dios, nuestras heridas, nuestros resentimientos, nuestras envidias, nuestra pereza para hacer el bien, nuestro orgullo frente a la vida... dejemos en Dios todo aquello que nos ató, aquello que nos esclavizó, y caminemos con la libertad de los hijos de Dios al encuentro del nuevo año que acabamos de estrenar.

Iniciar el nuevo año, con un corazón agradecido, porque si no valoramos el trabajo que Dios ha hecho por nosotros, entramos al nuevo año con la tristeza del pasado, con la angustia de lo que nos hizo sufrir, y el nuevo tiempo, se tornaría como el deseo de fugarse del presente para esperar algo nuevo y esperar algo bueno como si fuera fortuna, como si fuera la suerte... sin ser responsable de nuestra existencia.

Un nuevo año es tiempo de encuentro y por lo tanto de celebración, porque es encuentro de oportunidades; ha de ser celebrativo porque lo iniciamos con un corazón agradecido, ha de ser un tiempo de encuentro donde tenga cabida la sorpresa, el milagro, el estupor. No es una esperanza fortuita, ni producto de un juego de azar, sino es ir al encuentro del nuevo tiempo en la esperanza, de la realización plena del amor de Dios.

Si el año que terminó lo hemos puesto en las manos misericordiosas del Padre, pongamos en su Providencia el año que acabamos de estrenar, que todos nuestros días que están por venir estén confiados a
la Divina Providencia del Señor, que, bien sabemos, cada instante de nuestra vida depende totalmente de Dios. Es Él quien nos cuida, es Él quien nos protege, quien nos provee de lo necesario para cada día, pues cada día tiene lo necesario para que podamos descubrir Su amor y cada día tiene su propio afán.

El amor de Dios se complace en hacer nuevas todas las cosas, un amor que se regocija en compartirse en cada instante, es el mismo Amor que nos ha creado de la nada. Es Dios mismo que se comparte con nosotros en cada instante especialmente en
la Eucaristía. Por eso, podemos aventurarnos ya desde este momento a desear y esperar un buen año y...¡Que se realice como nuestro Padre Dios lo haya dispuesto!  

La noche de los Reyes Magos

Fuente: Catholic.net
Autor: Ma Esther De Ariño

Noche de Reyes...

Noche mágica y misteriosa...

Noche que hace palpitar aceleradamente los corazones infantiles y que al cerrar sus ojos para dormir, los hará soñar con la tierna ilusión de una muñeca o de un tren de bonitos colores. Porque a pesar de que ahora los juguetes han alcanzado perfecciones insospechadas y técnicas admirables, nada podrá igualar al maravilloso encanto y tierna sencillez de una muñeca "vestida de azul" o de un tren de alegres y vivos colores.

Sueñan los niños y porque sus almas son inocentes y tienen fe, encontrarán sobre sus zapatitos, que esta noche brillan de tan limpios que están, los juguetes anhelados... "porque se portaron bien" y escribieron una carta que siempre empezó así: Queridos Reyes Magos....y los mágicos personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, vendrán al conjuro de esos deseos ingenuos, con sus hermosas capas, con dos coronas y un turbante, para dejar sus regalos.

De tanto pensar en ellos, sienten los niños que en el silencio de esta noche han oído como un rumor de pasos, roce de sedas, terciopelos y brocados... Son los tres Reyes Magos que han pasado. Y ojalá que esos niños guarden para siempre la ilusión y magia de esta noche tan singularmente bella para que, cuando adultos, en sus nuevos hogares, siempre haya una "noche de Reyes". ¡Qué bonito sería pensar que esta noche todos los niños duermen con esta espera maravillosa!

Pero el cuadro tiene su claro-oscuro. Las sombras que nos estrujan el corazón de miles y miles de niños que esta noche no pondrán sus zapatitos porque no los tienen, porque sus pies caminan descalzos sobre la tierra de este Planeta. Que no pedirán ni un tren ni una muñeca sino un mendrugo de pan para tener algo que comer en esta noche de Reyes. Estos niños nos están gritando con el grito silencioso de su presencia, que de nada sirven los tecnicismos de esta era si a los hombres se nos ha endurecido el corazón. Pobre humanidad, envanecida y orgullosa...¡de qué podemos estarlo! si los hombres se matan y los niños tienen hambre.

Hacer a los niños felices sería el mejor regalo y más aún para nuestras conciencias. Que la mejor meta al llegar el año 2009 sería que no existiera un solo niño sobre la faz de la tierra, en la calle, con hambre y descalzo.

Será sin duda el mas severo juicio al que seremos sometidos ante el Creador, porque estuvieron a nuestro lado y no los quisimos ver, tuvieron hambre y no les dimos de comer, tuvieron sed y no les dimos de beber...

Esta noche, noche de Reyes, la humanidad entera y cada uno de nosotros, tendríamos que convertirnos en un Rey Mago, abrazar contra nuestro pecho a un chiquitín, besar sus mejillas sucias, sus ojos tristes y caer de rodillas y pedirles perdón 

Queridos Reyes Magos ¡Feliz fin de viaje!

Fuente: Catholic.net
Autor: P Idar Hidalgo

Queridos Reyes Magos:

Se muy bien que desde que han visto la estrella aparecer en el firmamento y después de consultar sus mapas de astronómicos, y sobre todo sondear su corazón, se han puesto en camino con gran docilidad para ir al encuentro del Rey hecho niño, del Salvador del Mundo.

Y llevan sus regalos, que han elegido de una manera extraordinaria, Oro, Incienso, y Mirra; porque lo reconocen como Rey, como Dios, y como hombre. Y se han puesto en camino dejándose guiar por aquella estrella, que solo se deja ver por las noches… y les va marcando el rumbo y les va orientando sus pasos.

Y ustedes con gran alegría, venciendo el cansancio y la sed de tanto caminar, el calor y el frío del desierto, han continuado su camino y están por llegar. También venciendo innumerables dificultades, como los engaños de Herodes, que sabiamente han podido burlar, siendo obedientes al ángel.

Estamos celebrando el día de
la Manifestación del Señor… así que ¡ánimo! El día de encontrar lo que están buscando ha llegado.

Gracias por su fidelidad, por su obediencia, y por esos regalos que llevan en sus manos. Pero más agradezco el signo que nos regalan a toda la humanidad de que la salvación es para todos los pueblos.

Desde que ha empezado el tiempo de Adviento, he pensado en ustedes, y en la carta que habría de escribirles para pedirles, como lo hice cuando era niño, algunos regalos. Pero el tiempo se ha pasado tan rápido, entre posadas,
la Fiesta de Navidad, Fin de año, Fiesta de Nuestra Santísima Madre… que es hasta este momento en la solemnidad de su venida que les escribo mi carta. De todas maneras tengo la confianza que les llegará a tiempo porque le pediré a mi Ángel de la Guarda que se las haga llegar en forma prioritaria.

Les pido, con humildad que me compartan:

La sencillez para saber distinguir en los signos de los tiempos la presencia de la Buena Noticia, para saber observar desde la fe todas la realidades tanto de la tierra como del cielo.

Que puedan compartir conmigo
la docilidad a las divinas inspiraciones del alma, y seguir el camino que me marque la estrella. A ustedes los ha guiado una estrella en el cielo, para mi esa estrella que me lleva a Jesús es María, por eso pido tener esa docilidad de ustedes para saber descubrirla en todo momento, para no perder el rumbo que conduce al Salvador de todas las naciones, al Rey de todos los Pueblos.

Valentía para hacerme al camino, para saber dejarlo todo y lanzarme a la aventura de un camino, a desinstalarme con frecuencia para vivir de la fe y no de la seguridad de mis reinos, de mis posesiones. Confiar que, dejando todo, es la única forma de encontrar El Todo.

Obediencia a las guías que tengo en el camino, obediencia a lo que se cree, a lo que se espera, a lo que se ama. Obediencia humilde a las inspiraciones y a los ángeles, especialmente a mi Ángel de la Guarda, para que no pierda el camino, y tenga la alegría de que todo se me ha dado como regalo, confiando y dependiendo totalmente en Aquel que me ha llamado a un encuentro.

Alegría de un encuentro, del encuentro que más se desea: encontrarse con Dios, por eso ese encuentro es una Celebración. Porque es el encuentro de la criatura con su Creador, alegría de encuentro porque es la manifestación de Dios hecho hombre como Dios, como Rey, y como hombre. Quiero, tener esa alegría de encuentro que para mi se realiza en cada Eucaristía, en cada sacramento, en cada encuentro con el más necesitado. Alegría de encuentro, que es una gran celebración, porque cuando el encuentro esta tocado por el amor solo puede ser celebrativo, y toda nuestra vida es encuentro y toda nuestra vida es celebración si lo vivimos en la dimensión del amor.

Abusando de su generosidad, pido
la paciencia para seguir en el camino, para que el cansancio no me haga desistir, para que las dificultades no resten el ánimo, para que los obstáculos del camino solo sean oportunidades de crecimiento, que sean retos que me permitan crecer como persona, como cristiano, como discípulo del Maestro.

Que no pierda la esperanza del encuentro, que no pierda la esperanza que la promesa se hará realidad.

Que no pierda la esperanza que en el camino no se anda solo, que ángeles, estrellas y hermanos caminamos juntos. Tener siempre y cada día, la esperanza de que es posible vivir la caridad entre los hermanos que caminamos en comunidad como lo hicieron ustedes, que se acompañaron hasta el final.

Todo lo anterior no lo pido solo para mi, lo pido para poder compartirlo con todos mis hermanos, quiero descubrir en cada hermano a Cristo, quiero descubrirlo especialmente en los más pobres, en los más necesitados, los enfermos, los encarcelados, los que están solos o se sienten solos; quiero reconocer al Rey en aquellos que llevan con humildad la cruz de cada día, en los que se esfuerzan por dar testimonio del amor, en las personas que perdonan y aquellos que se niegan a recibir el perdón, recocerlo en los amigos y también en los enemigos.

Quiero compartir todo lo que les he pedido con todos aquellos que se acerquen a mi vida, y quiero ser yo el que se ponga en camino hacía el encuentro. Me gustaría, ser el primero que tienda un puente por donde el otro se pueda acercar a mi, y por donde yo me pueda acercar a él.

Todo lo que les he pedido, también se los pido para todos mis amigos, familiares y benefactores… para que todos seamos instrumentos de paz. Para que todos busquemos el reino de Dios, sabiendo que si Dios reina en nuestros corazones, reinará en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestras ciudades, y en nuestras naciones.

Les deseo a ustedes queridos Reyes Magos, feliz fin de viaje. Y me despido agradecido por la ilusión que guardaron en mi cuando era un niño.

Gracias porque un día los espere con la ilusión de niño y hoy los puedo esperar con la ilusión de sacerdote.

Con afecto, en el Señor que buscamos y que encontramos en
la Eucaristía. 

Sigue la estrella que brilla para ti

Fuente: Catholic.net
Autor: Pedro García, Misionero Claretiano


Todos hemos oído contar la leyenda del joven escalador, que aquel fin de semana se echó la mochila a la espalda y se fue a caminar, a caminar lejos... Sube a las alturas y descubre horizontes cada vez más vastos, más lejanos, y también más encantadores y maravillosos. ¡Adelante, adelante!, se dice a sí mismo. Llega ya el anochecer, y se encuentra en la cima de una montaña altísima. A sus pies, un abismo inmenso que le detenía los pasos.

¡Bueno! Me quedaré aquí. En esta altura pasaré la noche, y mañana veremos.
Desenrolla su tienda de campaña, y a dormir. De repente, al querer despedirse de las estrellas que van a velar su sueño, contempla en la lejanía una estrella de singular belleza. Nunca había visto una estrella semejante. Le pareció que había explotado una estrella novísima, y se dijo:
¡Esa estrella será mía! ¡Yo no me la pierdo! Voy a clavar allí mis pies, mejor que una bandera, y esa estrella no me la quita nadie. ¡Esa estrella será mía, será mía!...

Pero no podía esperar al día siguiente. El camino de una estrella sólo se puede seguir de noche. Y antes había contemplado el abismo inmenso que tenía a sus pies. ¿Quién lo podía saltar? Era un imposible. ¿Qué camino seguir para vadearlo? No se veía ninguno. Y la estrella seguía allí en el horizonte, donde se juntan casi el cielo y la tierra, llamándole como un desafío:
¡Ven! ¡Acércate hacia aquí! Y después, sube, sube...

Ante el imposible, el muchacho empieza a llorar calladito, como si se avergonzara de sus lágrimas. Cuando, de repente, ve a su lado un niño luminoso, que le pregunta:
¿Por qué lloras?

Porque quiero llegar hasta aquella estrella y no puedo, no puedo pasar este abismo y acercarme allí.

¡Si es muy fácil cruzar este abismo! Si quieres, te llevo yo.

¿Tú? ¿Tú, un niño tan pequeño, me llevas hasta aquella estrella? Pues, ¿quién eres tú?

Aquella estrella es Dios, y yo soy la oración ¿Quieres que te lleve yo en un instante?...

La leyenda hermosa no necesita explicación ninguna, porque es clarísima la lección que de ella se desprende.

Dios, ese Dios en quien pensamos como término de todas nuestras ilusiones, se nos presenta, igual que al joven escalador, como algo grande y deslumbrador, de hermosura singular y término de todas nuestras aspiraciones. ¡Dios tiene que ser mío! Hasta que descanse en Él, no estaré nunca en paz, nos decimos tantas veces. Pero, ¿está Dios tan lejos que no lo podremos alcanzar nunca?

Es cierto que entre Dios y nosotros existe un abismo insondable, porque Dios está sobre todas las cosas. Y, sin embargo, en nuestras manos tenemos el poder para agarrarlo, para asirnos a Él, para meternos en Él, para no soltarlo nunca.

La oración, que en nuestros días es un signo inequívoco de renovación en
la Iglesia, es para nosotros algo ya tan familiar, que, gracias a Dios, pronto no vamos a saber prescindir de ella.

La oración, que nos puede salir del corazón y de los labios en cada momento, si nosotros queremos, nos une con nuestro Dios y nos hace vivir en Él más que en nosotros mismos.

La oración es la respiración de la vida cristiana. ¿Quién tiene mejor salud que quien respira bien, con unos pulmones siempre oxigenados, con una sangre siempre pura?

La oración es un consuelo singular en medio de las dificultades. ¿Quién triunfa en la vida como aquel que siempre cuenta con Dios?

La oración es unión con Dios. ¿Quién tiene más segura su salvación, que aquel que no hace más que hablar con Dios, y se sumerge de continuo en la vida divina?

La oración, por otra parte, no es privilegio de algunos nada más. La oración es de todos.

Es del niño, que le habla a Dios con candor de ángel.

Es de la persona adulta, que se siente tanto más pequeñita ante Dios cuanto más crece.

Es de esa persona santa, que no sabe vivir sin su Dios día y noche.

Es de esa persona que siente sobre sí toda la carga insoportable de la culpa, y descubre que Dios, y sólo Dios, es quien la comprende, la sigue amando y la quiere salvar.

La oración no es una ciencia misteriosa que necesite de muchas explicaciones. Lo sería, si Dios no la hubiera hecho tan fácil para nosotros. Y digo para nosotros, los cristianos, que desde nuestro Bautismo llevamos dentro el Espíritu Santo, cuya acción dentro del alma se manifiesta precisamente por la oración.

El Espíritu Santo es quien nos enseña a orar, a dirigirnos a Dios nuestro Padre, a clamar continuamente por el Señor Jesús. San Pablo lo dice con palabras que llegan a emocionar, cuando nos asegura que nosotros no sabríamos ciertamente cómo dirigirnos a Dios, pero el Espíritu Santo ora de continuo en lo más secreto del corazón con gemidos inenarrables...

Llevar una vida de oración es llevar una vida escondida en Dios.

Es hacerse con el Dios creador de las estrellas.

Y dirigir una oración a Dios cuesta menos, mucho menos, que escalar una alta montaña y vadear un abismo muy hondo.
Elevar una oracioncita a Dios no cuesta nada, nada.

Ahora mismo lo podemos hacer, y lo hacemos, cada uno de nosotros. 

La celebración eucarística y el misterio de la cruz.

Fuente: Catholic.net
Autor: SS Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

(...) Hoy podemos meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz.

En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la "hora" de la muerte en la cruz ―escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia― «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (n. 4).

Por tanto,
la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por eso, la señal de la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano.

Hacer la señal de la cruz ―como hacemos con la bendición― es pronunciar un sí visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo.

Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás, llena de asombro, puede repetir: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28).

La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc 24, 26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso, la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al mundo!

María, presente en el Calvario junto a la cruz, está también presente, con
la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (cf. Ecclesia de Eucharistia, 57). Por eso, nadie mejor que ella puede enseñarnos a comprender y vivir con fe y amor la santa misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la sagrada comunión también nosotros, como María y unidos a ella, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación, y pronunciamos nuestro "amén", nuestro "sí" al Amor crucificado y resucitado.

MEDITACIONES

La noche vieja

Fuente: Catholic.net
Autor: Ma Esther De Ariño

Suenan las campanas en el reloj.

Son las 12. Las 12 de la noche.

Parece que los meses del año que termina, con sus días y sus horas se columpian en cada una de ellas... Doce meses, doce campanadas. El año se va. El año se acaba. Se esfuman los doce meses como en un conjuro de tiempo y eternidad. Los tuvimos en nuestras manos paro ya no volverán.

Fueron instantes nuestros, únicos e irrepetibles, vividos dentro de nuestro libre albedrío, hora tras hora y ahora se van, perdiéndose en la noche última del año. La noche vieja.

El poeta dice:

El indivisible tiempo
lo hemos dividido en años
y así decimos que pasa
cuando nosotros pasamos.


Así es, decimos que el tiempo se va cuando somos nosotros los que nos vamos. Decimos que el tiempo corre, que el tiempo vuela, pero los que corremos, los que volamos sobre el tiempo somos nosotros. El tiempo siempre está, el tiempo ni tiene tiempo, ni es joven ni viejo, nosotros si.

Las 12. Es Noche Vieja. Un año nuevo está por comenzar.

Las 12 horas del 31 de diciembre. ¿Qué hicimos con estos trescientos sesenta y cinco días? ¿Qué dijimos, qué pensamos una noche como esta pero del año pasado? ¡Cuántos planes, cuántas promesas, cuántos propósitos! ¿Somos los mismos de aquella noche de otras muchas noches o sentimos que fuimos limando las aristas de nuestro carácter, rellenando "baches" en los que caíamos una y otra vez, quitando obstáculos, que quizá amábamos pero que nos hacían tropezar en nuestro plan de ser mejores como seres humanos en nuestra plenitud y dignidad? ¿Qué pasó con aquellos deseos vehementes que brotaron en nuestro corazón al terminar de oír las doce campanadas y nos hicieron decir: "¡Ahora sí, este año nuevo sí!

Poco a poco se nos fueron aminorando las fuerzas, el entusiasmo, y llegó esa desgana o indiferencia por las cosas. La bruma de la rutina nos envolvió en sus días grises y nos heló el corazón y el coraje.

O no fue así... y sentimos que sí ha habido un cambio positivo. Que el sol del amor nos arropa y podemos repartir el calor que hay en nuestra alma a los demás. Que estamos en pie de lucha, que las 12 campanadas resuenan en nuestro corazón como el tañer de las campanas de la ermita invitándonos a orar.


Que cada campanada se un:

Perdón y gracias, Dios mío, me estás regalando otro año para crecer en la fe y en el amor a Ti y a los demás. El tiempo pasado está en Tus manos , el que comienza en las mías, pero quiero que Tu me acompañes a vivirlo!.


Y con el año que se va y el nuevo que comienza, en esta Noche Vieja, la más vieja del año, recordamos al poeta que nos dice:

Un año más, no mires con desvelo
la carrera veloz del tiempo alado
que un año más en la virtud pasado
un paso es más que te aproxima al cielo.


Y siguiendo con los versos terminaremos esta pequeña reflexión con uno que una noche como esta me inspiro:

Esta noche es "noche-vieja"
y yo hago un alto en mi camino,
sentada bajo la luna
abro mi alforja y la miro.
¿Qué es lo que tengo en ella?
Oro y plata:-Te lo cambio
por la sonrisa de un niño.

Quiero caminar descalza
por lo prados con rocío
quiero soltar mis amarras
y extender libre mis alas
y sentir mi poderío.

Poderío y libertad
olvidando el claro-oscuro
de ambiciones que esclavizan
tan pesadas como un yugo.

Esta noche es "noche vieja"
tengo el alma transparente,
cuando llegue el año nuevo
que me encuentre en la vereda
como quién vuelve a nacer,
sin sandalias ,sin alforja,
con la piel limpia de luna
las estrellas en mi pelo
y cantando el "aleluya".

Esta noche es noche vieja,
y yo tengo el alma nueva...
¡quién lo pudiera creer!

 

domingo, febrero 08, 2009

54. ¿Qué es eso de Justicia? En Pablo, continuamente

En las cartas de San Pablo, sobre todo a los Gálatas y a los de Roma, encontramos muchas veces las palabras “justicia”, “justificación” y “justo”. Son importantísimas. ¿Hacemos un esfuerzo para entenderlas?... Porque se trata de algo capital al leer y estudiar a San Pablo.

Hemos de partir de algo que es fundamental.
Dios crea a Adán y Eva en su amistad, los eleva a la vida del mismo Dios y los destina a su misma gloria. Fue todo pura gracia, puro regalo. Dios no les debía nada, porque no debe nada a nadie. Por desgracia, vino el pecado, y Dios podía castigar sin remedio; pero usó misericordia con el hombre y la mujer pecadores en el paraíso, a los cuales prometía un Salvador.

¿Y cómo iba Dios a eliminar ese obstáculo del pecado, que quitaba la paz y la amistad de Dios? Fue por la muerte de Jesucristo en la cruz, porque Jesucristo intercedió por nosotros, y pagó la deuda que nosotros teníamos contraída con Dios.

Pablo es clarísimo:
“Todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios. Y son justificados gratuitamente del todo, en virtud de la redención obrada en Cristo Jesús. (Ro 3,23-24)

La justificación se realizó por esta muerte de Jesús en la Cruz. El pecado quedaba per-donado, como lo dice San Pablo con unas palabras grandiosas:
“A Jesucristo, que no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, a fin de que nosotros viniéramos a ser justicia de Dios en él” (2Co 5,21)

Es decir, Jesús inocentísimo tomó sobre Sí todos los pecados, como si Él fuera el grande y único pecador de la humanidad. Pero, como estábamos todos metidos en Jesucristo nuestro hermano, en Jesucristo nos perdonó Dios a todos. Fue una justificación totalmente de balde.

La muerte de Jesús quitaba el pecado. Y con su resurrección, al darnos el Espíritu Santo, Dios nos devolvía su vida, su amistad, su paz, su amor, y quedábamos transformados totalmente en justos, en santos. La justificación nuestra se realizaba de modo completo. ¡Y todo gratis!...

Quitado ese estorbo del pecado, y recibido el Espíritu Santo por la fe y el bautismo, el cristiano queda convertido en justo, y se establece la paz y la amistad entre Dios y nosotros, con la esperanza firme en la gloria futura, pues sigue San Pablo:
“Justificados por la sangre de Jesús, seremos también salvados por medio suyo” (Ro 5,9)

Sigue Pablo diciendo a los Romanos con aire casi triunfal:
“Antes eran esclavos del pecado. Pero ahora, liberados del pecado, han quedado esclavos de la justicia” (Ro 6,16-18)

Pablo usa una comparación interesante. El esclavo que quería la libertad iba ahorrando dinero, y cuando tenía la cantidad requerida la depositaba en el templo del dios que fuera. Llevaba allí a su dueño, que recibía el dinero y entregaba el esclavo a la divinidad. El dios dejaba entonces en libertad al esclavo, y éste se convertía en un “liberto del dios”.

Los lectores de Pablo entendían esto perfectamente. Insolventes nosotros, Jesucristo con su sangre pagó al Padre nuestra deuda, el Padre nos dejaba libres del pecado y de la condenación, y nosotros pasábamos a ser esclavos de Dios, con libertad de hijos, pero deudores de la justicia, de la santidad.

¡Bendita nuestra esclavitud actual! ¡Esclavos de la santidad! ¡A ser santos ahora, así como antes éramos pecadores!...

¿Qué significan, entonces, esas tres palabras que hemos dicho al principio??

  • “Justicia” es la paz que hay entre Dios y el hombre.
  • “Justificación” es el acto con Dios perdona la deuda, y hace las paces con el pecador.
  • “Justo” es el que vive y está en paz con Dios.

    ¿Cuál era la vida de aquellos paganos del Imperio Romano antes de convertirse? Pablo los describía así:
    “Impuros, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, ultrajadores, explotadores”.

    Y les añade a los de Corinto, aunque sin ofenderles:
    “Y esto eran algunos de ustedes” (1Co 6,9-10) Hasta que se les echó encima santidad de Dios y los convirtió en santos.

    ¿Qué les toca ahora? Con la comparación de antes, hay que decir: ¡Cambiar de dueño!
    Antes eran esclavos de la culpa y de Satanás. Ahora son esclavos de la santidad y de Dios. Todas las energías que antes gastaban sirviendo al mal, ahora las gastan en servir a todas las virtudes cristianas.
    Antes, esclavos de la culpa, ¡qué pena!
    Ahora, esclavos de la santidad, ¡qué gloria!

    Esto es la justicia: es estar en paz y amistad con Dios, porque ya no existe entre Dios y el hombre la valla o el muro que los separaba.

    Es un caminar por la santidad bajo la mirada complacida de Dios. Es un esperar con seguridad y con gozo la gloria futura, la salvación completa, pues sigue diciendo Pablo:

    “Así como reinó el pecado para muerte, así reina la justicia para la vida eterna, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro 5,21)

    En San Pablo, una idea fundamental, importantísima, sobre la justicia de Dios, es ésta:

    La justificación es totalmente gratuita. Dios no nos debía nada. Estábamos perdidos sin remedio. Pero Dios, “rico en misericordia”, nos justificó, nos santificó, absolutamente de balde.

    La santidad que nos comunicó fue un completo regalo. No se debió a ninguna obra buena que nosotros hubiéramos hecho. Por eso se llama “gracia”, “regalo” “don”
    Pero viene después otra cosa.

    Una vez justificados, nosotros aumentamos la justicia, la santidad, con nuestras obras. Obras que hacemos con la ayuda de Dios. Es la fe que actúa movida por el amor (Ga 5,6) *

    De esta manera, Pablo se atreve a decir a cada uno, igual que a su discípulo más querido:
    “Corre detrás de la justicia, de la fe, de la caridad, de la paz con cuantos invocan al Señor con puro corazón” (2Tm 2,22)

    ¡Hay que ver lo que significa esta palabra, “justicia” en la mente de San Pablo! Bondad inmensa de Dios, que todo nos lo da gratis, con fidelidad a su propia palabra. Fe y confianza en Dios, que nos amó cuando aún éramos injustos y pecadores (R 5,8-9) Generosidad nuestra, para responder con nuestras obras a lo que exige la fe.

    ¡Dios justo, Dios santo! ¡Haznos justos, haznos santos por Jesucristo!

    ¡Y guárdanos en tu justicia, en tu santidad, hasta la vida eterna!... 

  • 53. ¿Arrancar del pecado? Extraño, pero es así

    Aquel sacerdote profesor de Biblia, explicando la carta de San Pablo a los Romanos, un día se metió con el “pecado”, y una alumna linda y buena, interrumpió:

    - ¡Uff, qué palabra! Qué mal pega en medio de tanta gracia, de tanto amor, de tanta vida cristiana, de tanta belleza sobre Jesucristo. ¿No la podría pasar por alto, Padre?...

    El profesor le sonrió cariñosamente:
    - Precisamente por eso la traigo. Porque Pablo en esta carta, ya desde la primera página, arranca de esta palabra tan tenebrosa y tan tétrica para llegar a la Gracia y a Jesucristo.

    Al mundo moderno hay que meterle la noción de pecado que ha perdido. Y hay que hacerlo, como lo hace Pablo y lo queremos hacer nosotros, así: sustituyéndola definitivamente por la gracia, por Jesucristo.

    En el grupo se hizo silencio, y continuó el sacerdote por donde quería acabar, con pala-bras del mismo San Pablo:

    Saben que “la paga del pecado es la muerte” (Ro 6,23) Pero ahora, libres del pecado y esclavos de Dios, ustedes fructifican para la santidad, cuyo fin es la vida eterna.

    Es muy gráfica esta comparación del pecado y la muerte. Pablo ve a los pecadores, que lo éramos todos, como los soldados en fila, firmes, esperando la “soldada”, es decir, el jornal que el comandante en jefe del ejército les pagaba por el servicio prestado. Aquí el pecado es el general que paga a cada uno lo suyo. Va pasando por sus soldados en fila, y les va entregando a cada uno su salario:

    - ¡Toma, la muerte! Esta es mi paga…

    Ante esta actitud del pecado, que paga el sueldo con la muerte, Pablo mira a Dios que va diciendo a cada uno de los suyos:

    - ¡Toma, la vida eterna! Esta es mi paga para los que están en mi Gracia por Cristo Jesús.

    Por extraño que nos parezca, el tema del que arranca toda la gran Epístola de Pablo a los Romanos es el pecado, desgracia suma del hombre, que no tenía remedio alguno. Menos mal que vino la gracia de Dios, totalmente gratuita, merecida por Jesucristo, y con ella la salvación.

    Una salvación tan asombrosa que hace exclamar a Pablo con voz de triunfo: “Todos pecaron y todos están necesitados de la gracia de Dios” (Ro 3,23).
    “Pero donde abundó el delito sobreabundó la gracia” (Ro 5,20)

    Por lo mismo, la misericordia de Dios fue inmensamente mayor que nuestra malicia.
    Dios se empeñó en salvarnos a toda costa.

    La muchacha del “¡Uff, qué palabra!” fue la primera en aplaudir al profesor:
    -¡Qué bien! ¡Siga! Esto es magnífico…

    Y el profesor siguió.

    Ante todo, ¿qué es el pecado tal como lo ve el Apóstol? Lo que sabemos todos. Es el obstáculo, el estorbo, el muro que nos separa de Dios. Amistad con Dios y pecado son dos cosas imposibles, que jamás pueden ir juntas.

    El pecado, tantísimo pecado -el personal como el de toda la colectividad humana-, había debilitado de tal modo la naturaleza y había enrarecido tanto el ambiente moral del mundo, que el pecado se convirtió en la actividad normal del hombre y de la mujer.

    El pecado se había hecho universal, reinaba en el mundo entero, hasta poder asegurar lamentablemente Pablo:
    “Todos nosotros vivíamos así sumidos en los pecados y éramos por naturaleza hijos de ira” (Ef 2,1-3)

    La humanidad vivía en el pecado como en su ambiente normal. A un pecado seguía otro y otro en cadena interminable hasta constituir una situación de desespero.

    Se lee el capítulo primero de la Carta de Pablo a los Romanos, y hace estremecer el cuadro que presenta. Así era el mundo. Así lo veía Dios. ¿Y qué iba a hacer?... ¿Ira sobre ira, castigo sobre castigo, hasta parar todos en una condenación irremediable?...

    Dios, “el rico en misericordia”, como lo llama Pablo, no iba a perdernos a nosotros como podía hacerlo en justicia, dando de esa manera la victoria a Satanás por quien entró el pecado en el mundo.

    Y entonces, en vez de aplicarnos una desgracia inmensa, prosigue Pablo,
    “cuando estábamos nosotros muertos por los pecados, nos vivificó con la gracia de Cristo, por la cual hemos sido salvados” (Ef 2,4-5)

    Se vislumbra el triunfo de Dios. Pablo habla con el lenguaje de la Biblia y se remonta al primer pecado del paraíso. Satanás había triunfado de momento. Pero la maldita serpiente tuvo que oír allá en el jardín:
    “Un hijo de la mujer te machacará la cabeza” (Gn 3,15)

    Vendrá ahora Pablo, y clamará triunfalmente:

    “Así como por el delito de uno solo, Adán, todos los hombres quedan reos de condenación, así por la justicia de uno solo, Jesucristo, todos los hombres alcanzan la justificación, que es vida” (Ro 5,18)

    Ya tenemos aquí desplegadas las banderas de la victoria. Contemplando a la humanidad caída, todo eran lamentaciones inútiles, dice Pablo:
    “Las pasiones de los pecados actuaban en nuestros miembros para llevarnos a la muerte” , “Porque la muerte es la paga del pecado” (Ro 7,5; 6,23)

    Ante semejante desgracia, grita el pecador en el desespero:
    “¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de pecado y de muerte?”…

    Y viene la respuesta gloriosa:
    “¡La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro!” (Ro 7,24-25)

    Ante esto, ¿quién se va a perder en adelante?... ¡Nadie! Se pierde sólo el que no quiera aprovechar la Redención de Jesucristo. Sólo el que no acepte el perdón que le ofrece Dios por la sangre de su Hijo.

    San Pablo lo dice con dos frases triunfales:

    “¡Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia!”.
    “¡Y gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro!”
    (Ro 5,20 y 7,25)

    ¿Le damos o no le damos la razón a Pablo cuando nos dicta esas palabras triunfales?...



    Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo en esta dirección.
    Y en www.evangelicemos.net

  • Preguntas o comentarios al autor P. Pedro García Cmf 
  • 52. ¡Fe! Vivir de la fe. El tema de toda la carta

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano

    El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

    En las meditaciones de los
    lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.


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    Hubo un Santo en nuestro tiempo, clavado horas y más horas del día en el confesonario, que repetía convencido y machacón a todos sus penitentes: -¡Fe, fe!

    ¡Mucha fe!...

    ¿Se equivocaba San Leopoldo Mandiç, el sacerdote capuchino que pasó su vida oyendo confesiones?... San Pablo, desde el Cielo, le debía aplaudir cada vez que lo aconsejaba. Porque Pablo afirma categóricamente:
    “El justo vivirá de la fe” (Ro 1,17)

    Pase lo que pase, “quien tiene fe está plenamente convencido de lo que espera”, sin dudar jamás, porque Dios lo ha dicho y con esto es bastante, aunque no se vea nada (Hb 11,1)

    Fe en el Dios que nos ama.
    Fe en Dios que nos perdona.
    Fe en el Dios que nos salva.

    Quien tiene fe, alimenta una confianza inquebrantable en que Dios no le va fallar en ninguna de sus promesas:
    “Porque es fiel el que los ha llamado y es él quien lo hará” (1Ts 5,24), asegura Pablo, porque sabe que Dios cumplirá su palabra.

    Quien tiene fe, “la cual actúa por la caridad” (Gal 5,6), no se amodorra en la inacción ni le deja a Dios que lo haga todo Él, sino que se pone en la mano de Dios para realizar siem-pre obras que agradan a Dios y con las cuales alcanza la perfección cristiana.

    Quien tiene fe, está plenamente convencido de que “Cristo habita por esa fe en nuestros corazones, arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 17), y entonces deja traslucir a Cristo en todo lo que hace.

    Todo esto dice que la fe profesada por el cristiano es una convicción profunda en la palabra de Dios, y no un simple sentimiento que le hace dejar a Dios de una manera vaga el problema de la salvación.

    La fe enseñada y exigida por Pablo es el motor que lleva al cristiano a cumplir siempre la ley del Evangelio,
    “abundando en toda obra buena” (2Co 9,8), de manera que su fe no es algo muerto, sino vida de su misma vida.

    Para San Pablo, todo el misterio de la fe recae sobre la Persona de Jesucristo, el cual encierra toda nuestra esperanza, la gloria que nos aguarda en herencia, la grandeza inconmensurable de su gloria.
    ¿Y cómo se va a conocer todo esto, que supera todo el poder del entendimiento humano?

    San Pablo lo dice muy bellamente a los de Éfeso:
    “Porque Dios ilumina los ojos de sus corazones” (Ef 1,18)

    La Biblia de Jerusalén lo comenta con mucho acierto:

    - Dios conoce el corazón, y el cristiano ama a Dios con todo el corazón;
    - Dios ha depositado en el corazón del cristiano el don del Espíritu Santo;
    - Cristo por la fe habita en nuestro corazón;
    - los limpios de corazón, los sencillos, los humildes, conforme a la palabra de Jesús, verán a Dios, porque están abiertos sin limitaciones a la presencia y a la acción de Dios.

    La fe tiene y tendrá siempre misterios, pero esos ojos del corazón de que habla Pablo, sencillos y puros, escrutan mucho en las profundidades de Dios. Alma limpia y corazón que ama tiene unos ojos mucho más avizores que el cerebro…

    San Pablo pide un esfuerzo para llegar a la firmeza de la fe,
    “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” (Ef 4,13)

    Porque esos ojos del corazón, por muy claro que vean, siempre tienen por delante la os-curidad.
    “A Dios no lo ha visto nadie nunca”, dice Juan apenas abre su Evangelio (Jn 1,18) Por eso la fe se basa en la palabra de Dios, que ni se engaña ni puede mentir.

    Podrán venir dudas de fe, como las han experimentado los mayores Santos. Resulta trágico leer las vidas de Vicente de Paúl, Teresa del Niño Jesús, o la Madre Teresa de Calcuta… Metidas sus almas en una noche oscurísima, les venía a la mente:

    - ¡No existe nada! ¡Todo es mentira!

    ¡Después de la muerte sólo está el vacío! ¡Es inútil todo lo que hago!... A estas expresiones podemos reducir lo que se decían esos gigantes de la santidad. El mismo Pablo confiesa de sí mismo:
    “Me vi abrumado sobre todas mis fuerzas de tal manera que me daba hastío hasta el vivir” (2Co 1,8)

    Sin embargo, estos Santos nunca fallaron en la fe. ¿Por qué?... Porque una cosa tenían clara, clarísima: -¡Dios lo ha dicho! ¡Dios lo quiere!...

    Y con su palabra tenían bastante. Todos ellos se decían lo de Pablo:
    “Sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy seguro de que me conservará fiel hasta el fin” (2Tm 1,12)

    La fe no trata de “comprender” lo que Dios ha dicho, porque el entendimiento humano nunca llegará a ello; sino que trata de “aceptar” lo que Dios dice, aunque pareciera un absurdo.

    Pablo se gloriaba de la fe activa de sus discípulos, como los de Tesalónica, una Iglesia tan querida suya:
    “Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre el obrar de su fe”.

    Unas obras de fe que no debían ser tan fáciles, cuando les añadía:
    “Conozco el trabajo difícil de su caridad y la tenacidad de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1Ts 1,3)

    Aquí se ve cómo el creer es de valientes y generosos. El entendimiento acepta sin titubeos ni dudas la fe que Dios le propone. Y entonces la voluntad, movida siempre por el amor, convierte la fe en abundante cosecha de obras agradables a Dios.

    Todos los testimonios de San Pablo hacen ver clara una cosa, fundamental en el cristianismo, a saber: - La fe no es una confianza vaga en un Cristo que nos va a salvar sin hacer nosotros nada.

    Muy al contrario, la fe es una fuerza incoercible, imposible de resistir, que lleva al amor, el cual impulsa al cristiano a actuar siempre, a abundar en obras de santidad. Si se cree en Cristo, se quiere hacer algo por Él. Si se ama a Cristo, el amor de Cristo no deja estar quietos.
    Fe dormida es una fe muerta.

    La luminosa carta a los Hebreos dirá que
    “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11,1) Y al revés, la fe es una satisfacción inmensa que se le tributa al Dios a quien no se ve. ¡Hay que ver la gloria que se le da a Dios cuando se le puede decir: ¡No veo, pero creo!

    ¡Hay que ver el mérito que encierra el profesar: ¡No veo, pero creo sin titubeos!
    Y así las cosas, nos convencemos de la razón que tenía aquel Santo cuando repetía a to-dos hasta cansarlos: “¡Fe! ¡Fe! ¡Mucha fe!”... 

    51. La carta magna a los Romanos. Lo mejor de lo mejor

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano

    El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

    En las meditaciones de los
    lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.



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    ¡Roma, Roma!... El sueño dorado y más metido en la cabeza de Pablo, el cual se va diciendo a todas horas:

    - Ya no me queda nada que hacer por estas regiones; desde Jerusalén hasta la Iliria lo he llenado todo con el Evangelio de Cristo. Es la hora de ir a Roma. ¡Roma, Roma!...

    En el apacible invierno del 57 al 58 que pasa en Corinto, pacificada del todo su Iglesia y apegados los fieles a Pablo, el Apóstol aprovecha el tiempo para escribir con calma la que será su carta magna, como una presentación de la visita que quiere hacer a la Capital del Imperio. La carta más pensada, más serena, más rica de todas las que salieron de su pluma.

    - ¡Cuántas ganas que tengo de verlos, amigos! Y creo que ahora ha llegado la ocasión. Acabada la misión que debo hacer en Jerusalén, y de camino para España, voy a poder realizar el viaje tan esperado y pasar por ustedes para visitarlos. Porque su fe es alabada en el mundo entero, y tengo enormes deseos de conocerles para compartir con ustedes la alegría de nuestra fe común.

    ¡Gracia y paz a ustedes, llamados por Jesucristo, a los que Dios amó y convocó para ser santos!...

    Desde el principio se ve que esta carta va a ser totalmente diferente de las otras: efusión del corazón, mucha doctrina, ninguna reprensión, estímulos grandes para la vida cristiana.

    Ya en las primeras líneas descubre Pablo todo su pensamiento:

    - ¡Vivan de la fe! ¡Entréguense a Dios por la fe! Porque el justo vive de la fe.

    Mira Pablo al mundo pecador, y traza un cuadro negro como una noche. Todos han caído en una esclavitud nefanda, lo mismo los griegos paganos que los judíos a quienes Dios se había revelado. Tan pecadores los unos como los otros, todos están necesitados de la gracia de Dios si quieren salvarse. A los griegos no les vale nada su sabiduría. A los judíos les resuelta inútil la Ley de Moisés.

    Es inútil que paganos y judíos quieran salvarse por sus propias fuerzas. Cuando hayan visto que no hay nada que hacer, gritarán:

    - ¿Quién me librará de esta situación irresistible en que me tiene mi cuerpo mortal y de pecado?...

    Entonces se darán cuenta del remedio único que Dios les brinda, y exclamarán esperanzados y gozosos:
    -¡La gracia de Dios por el Señor Jesucristo!...

    A esto se reducen esos siete capítulos primeros de esta carta magnífica:

    Es cierto que cuesta seguir toda la exposición de Pablo, que parece la hubiera escrito sólo para estudiosos que habrían de discurrir mucho.

    En estos primeros capítulos, dentro de su dificultad, ha ido soltando Pablo sentencias y consejos luminosos.

    “Dios dará a cada cual según sus obras. A los que perseveran en el bien buscando su gloria, les revestirá de gloria, honor e inmortalidad en una vida eterna”.

    ¡Adelante, por lo mismo, pues vale la pena trabajar!...


    “Nuestra esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”.

    Esperanza y amor. Con tales sentimientos en el corazón, ¿quién no v a ser feliz?...


    “La prueba de que de Dios nos amó está en que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros”.

    Con un Dios así, con un Redentor de tal categoría, ¡qué poco miedo puede dar un Dios tan bueno!...


    “Cristo, resucitando de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio alguno sobre él; porque el morir por el pecado fue de una vez para siempre, mientras que, resucitado, vive eternamente con Dios y para Dios”.

    Jesucristo, el triunfador total. Todos los enemigos son puros muñecos en sus manos…

    Acabados esos capítulos, llegaremos al incomparable capítulo octavo de esta carta. Es lo más sublime, ardiente y triunfal salido de la pluma de Pablo:

    “Somos hijos de Dios, y clamamos siempre: Abbá! ¡Padre! ¡Papá!”...
    “El Espíritu Santo ora dentro de nosotros con gemidos inenarrables”…
    “A nosotros, a los que Dios predestinó, los llamó, los justificó, los glorificó”…
    “¿Y quién nos separará del amor de Cristo? ¡Nada ni nadie podrá arrancarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro!”…


    Termina aquí Pablo la exposición doctrinal de su grandiosa carta y le sale al encuentro el problema judío:
    - ¿Qué va a ser de Israel? ¿Perdido para siempre ante Dios?...

    En medio del dolor, Pablo viene a entonar un himno de esperanza:
    - ¡Tranquilidad¡ ¡Paz! Israel es el pueblo elegido, y su grandeza es la más encumbrada a que haya subido nación alguna.

    Llegará el momento en que el pueblo judío creerá, su entrada en el mesianismo será en masa, “y todo Israel será salvo, porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevoca-bles”.


    Todo lo que sigue después en la carta y hasta el final es una calurosa exhortación, facilísima de leer y entender, sobre la vida cristiana:

    -¡Ofrézcanse al Señor como hostias agradables de sacrificio espiritual!
    -¡Sean humildes!
    -¡Sean constantes en la oración!
    -¡Ámense cordialmente los unos a los otros!
    -¡No te dejes vencer por el mal, sino vence al mal con el bien!
    -¡Acójanse unos a otros, como Cristo los acogió para gloria de Dios!
    -¡Sométanse con gusto a las autoridades!
    -¡Luchen conmigo en sus oraciones, rogando a Dios por mí!
    -Y no olviden esto: que ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni tampoco nadie muere para sí mismo. Porque si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Porque Cristo murió y resucitó para esto: para ser el Señor de los vivos y de los muertos.

    Por medio de Pablo, Dios nos hizo un regalo inmenso con esta carta, foco de luz indeficiente, y que acaba de manera también solemne:

    “¡A Dios, el único sabio, por Jesucristo, sea dada la gloria por los siglos de los siglos! Amén”.

    50. En la Cruz de Cristo. Sin altas teologías

    Fuente: Catholic.net
    Autor: Pedro García Misionero Claretiano

    El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

    En las meditaciones de los
    lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos. Pedro García Misionero Claretiano.


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    Si tomamos en la mano cualquier estudio sobre la Cruz de Cristo, tal como lo expone San Pablo, nos quedamos sorprendidos por la profundidad que encierra semejante misterio...

    No lo entenderemos nunca, desde luego. Un Dios que se hace hombre para morir en una cruz…, eso no cabe en ninguna cabeza. Pero así fue. Dejemos a los teólogos que discurran y discurran. Nosotros vamos a hacer otra cosa.

    Miramos las veces que Pablo suelta de su pluma la palabra “Cruz” y, sin darnos cuenta casi, habremos adivinado intenciones secretísimas de Dios sobre ese hecho incomprensible de un Dios que muere en el último de los suplicios. Hablemos sin orden especial alguno.

    Empieza Pablo escribiendo a los de Corinto:
    No quise saber entre ustedes otra cosa sino a Jesucristo, y Jesucristo Crucificado (1Co 2,2)

    Para Pablo, la ciencia suprema es Jesucristo. Pero, ¿por qué precisamente Crucificado? Porque en la Cruz manifestó Dios su sabiduría, inimaginable para el mundo.

    Nos colocamos en el mundo de entonces, ¿y cómo juzgan los hombres a ése que cuelga de un madero, y es anunciado como Salvador?

    Los judíos comentan:
    - ¿Jesús?... ¡Un maldito de Dios! La Biblia lo dice bien claro:
    ¡Maldito quien cuelga de un madero! (Dt 21,23). Pablo, con ese Cristo vete a otra parte…

    Los griegos se ríen:
    - ¿Un Dios ajusticiado en la cruz? Tu, charlatán: anda con ese cuento y esa necedad a predicar a tontos. A nosotros, no.

    Pero Pablo se mantiene en las suyas:
    -
    Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles. Pero para nosotros, los llamados a la fe, tanto judíos como paganos, el Cristo de la Cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que todos los hombres juntos (1Co 1,23-25)

    Por eso cayeron en la trampa los jefes del pueblo al entregar a Jesús a la muerte de cruz. A pesar de lo listo que es, se engañó el mismo Satanás, que manejaba los hilos.
    De haberlo sabido el demonio y los jefes - pero no podían comprenderlo-,
    “nunca hubieran crucificado al Señor de la Gloria” (1Co 12,8)

    De aquí viene la decisión de Pablo, contra el parecer de griegos y judíos:
    -
    ¿Saben por qué no hice alarde de elocuencia al anunciarles el Evangelio? ¡Para no restar fuerza a la cruz de Cristo! Si hubiera predicado con elegancia retórica, hubieran hecho caso a mis palabras bonitas, no la verdad de Dios. (1Co 1,17)

    A otros predicadores presumidos, Pablo les echa en cara:
    ¡Se acabó el escándalo de la cruz!”. Con su manera de predicar, anuncian a un Cristo adulterado, al adulterar la palabra de Dios. (Gal 5,11; 2Co 4,2)

    Y explica bien claro lo que le ocurrió en Corinto:
    Por eso, hermanos, cuando llegué a ustedes, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciarles el misterio de Dios, pues no quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado. Y me presenté ante ustedes débil, tímido y tembloroso. Y así mi palabra y mi predicación no se apoyaban en persuasivos discursos de sabiduría, a fin de que su fe se fundase, no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios. (1Co 2,1-5)

    A los fieles de Galacia, que creyeron a aquellos predicadores embusteros, Pablo les echa en cara:
    ¡Gálatas insensatos! ¿Quién les ha fascinado a ustedes, a cuyos ojos fue presentado Je-sucristo crucificado?. ¿Tan necios son, que se van detrás de otro Cristo falsificado, predicado por esos que son, “y lo digo llorando, enemigos de la cruz de Cristo, destinados a la perdición?” (Gal 3,1; Flp 3,18-19)

    Pablo desenmascara a los evangelizadores que no se apoyan en la Cruz de Cristo.
    -
    ¿Saben por qué lo hacen? Actúan así “con el único fin de evitar la persecución por la cruz de Cristo. (Gal 6,12)

    Aquí está la razón suprema de todos los enemigos de Cristo. La Cruz estorba, naturalmente. Quien ama a Cristo Crucificado, se abraza también con la propia cruz.

    Si el mundo busca comodidad y placer…; si va detrás de la vanidad y el orgullo…; si rehuye todo lo que signifique sacrificio…, entonces, lo mejor es no mirar la Cruz, trae más cuenta olvidarla, y, si es preciso, destruirla como han hecho todas las revoluciones sociales anticristianas.

    Pablo, que lo sabe muy bien, hace y enseña hacer todo lo contrario: enamorarse de la Cruz de Cristo. Sus palabras, para el pensar del mundo, resultan desconcertantes. Como cuando dice:

    ¡Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de mi Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo! (Gal 6,14)

    Mi hombre viejo, lo que yo era antes de mi conversión, “ha sido crucificado con Cristo, para que el pecado quede destruido. (Ro 6,6)

    ¿Qué me importa entonces el mundo, si me puede perder?
    ¿Y que le importo yo al mundo, si voy siempre contra corriente de lo que él hace?
    El mundo me interesa sólo para llevarlo a Cristo.
    Digo con toda verdad: “Yo, Pablo, estoy crucificado con Cristo… Porque los que son de Cristo han crucificado la propia carne con sus concupiscencias”
    (Gal 2,19; 5,21). *

    Pablo mira la Cruz con una simpatía enorme.
    ¿Por qué no? Por ella nos vino la salvación, al hacerse Cristo obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz. (Flp 2,6)

    En la Cruz de su Hijo, “Dios clavó y dio por anulada la escritura de condenación que pe-saba contra nosotros”, y “por la sangre de Jesús concedió la paz a un mundo que estaba dividido” (Col 2,14; 1,10)

    Ahora, en la Cruz de Cristo, todos los hombres se sienten hermanos.

    Realmente, mirando la Cruz podemos decir, más que nunca, que nuestros pensamientos no son los pensamientos de Dios. El misterio de la Cruz se entiende sólo cuando se la mira con ojos de fe.

    Y amar la Cruz, ¡por difícil que sea! solamente se consigue cuando en el corazón hay un amor grande a Jesucristo.